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El trabajo de los ojos
Mercedes Halfon
80 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2017
ISBN: 978-987-1768-44-8

       
       
             
           
           
 

¿Qué es lo que se ve? Puntual e inabarcable, esa podría ser la pregunta sin articular que se hace la mujer que escribe en El trabajo de los ojos, que es además la mujer que escribe El trabajo de los ojos. Podría ser también lo que se pregunta Kerouac en la cita que abre el libro, cuando habla del  centro de interés, que es como decir “el interés del interés”. “El ojo dentro del ojo”, dice Kerouac.

La mujer que escribe ha perdido al oculista de toda su vida, a través del cual ha establecido una relación particular con sus enfermedades. Claro que todas las relaciones son particulares, aunque tal vez haya que tener una enfermedad para entender qué significa eso.

De la historia de las enfermedades, de los ojos y sus declinaciones, de la vida familiar, de la escritura, del mundo del trabajo, de la maternidad, del fantasma de la ceguera: lo que El trabajo de los ojos observa es la observación misma. Como ensayando, con cuidada delicadeza, un texto que es a su vez relato y metáfora, Halfon busca lo específico de la observación para encontrar, por momentos, en lo discontinuo, como epifanías, el tiempo dentro del tiempo.

Ezequiel Alemian

Contratapa
                 
 
           
               
                   
Fragmento

I

El año pasado murió mi oculista. Balzaretti era especialista en niños, una orientación que suelen tener los que tratan el estrabismo. Es una de las enfermedades que tengo y, como a todos los que la padecen, me apareció en la infancia. Hoy la acompañan el astigmatismo y la hipermetropía. Como uso lentes de contacto y me toco los ojos continuamente, es común que tenga conjuntivitis. Virales, inflamatorias, papilares, con gigantismo. Las enfermedades oculares se reproducen. Cuando hay una es muy probable que la descompensación que genera cause otra. Hace poco tuve blefaritis, una inflamación de la que no había escuchado hablar nunca. Me desperté con los ojos vidriosos y desbordados, como si hubiera llorado días enteros. Fui a una guardia temiendo algún virus serio, pero me explicaron que se trataba de una hinchazón en la raíz de las pestañas. El tratamiento consistía en untarme un gel que me dejaba mirando a través de una nube densa. Como si me hubiesen recetado un estado de melancolía. 

Supe de la muerte de Balzaretti después de llamar a su consultorio durante semanas y que atendiera un contestador, hasta que una secretaria de otro médico me lo confirmó. Quedé largo rato impactada, pensando en lo que iba a significar su ausencia. Lo recordé enfundado en trajes ocres con leve perfume a naftalina, rectilíneo, adusto pero amable. En su consultorio, más allá de la caja luminosa con letras colgada de la pared, no había instrumentos. Prácticamente no revisaba, su modo de formular diagnósticos era distante, abstracto, parecido a la adivinación. 

En mi familia, tanto mi madre como mi hermano mayor se operaron el estrabismo de niños. Cuando llegué a la edad en que se recomienda practicar esa intervención, Balzaretti se negó a realizármela. Todo el dilema con la cirugía ocurrió en un momento de mi vida del que tengo sólo recuerdos difusos y debo confiar en lo que me contaron. Yo era una nena bizca de tres años a quien sus padres cuidaban como a una perla ovalada. Peregrinaron por la ciudad con su objeto precioso y averiado buscando una solución. En una escalada de doctores llegaron a Siansia, el zar del estrabismo en los ochenta en Buenos Aires. Él y todos los demás consideraron que la mejor alternativa para mi caso era la vía quirúrgica. No sé por qué, y ya es tarde para preguntárselo, Balzaretti se opuso. Después de deliberar, mis padres decidieron seguir su consejo. No me operaron. Debe haber sido un alivio para ellos no tener que pasar otra vez por una cirugía, ese bautismo de ojos sanguinolentos y vendados que los sacudía generación tras generación. 

Balzaretti tenía razón. A partir de mi adolescencia, el ojo que querían enderezar se fue para afuera. La desviación se hizo divergente sin intervención alguna. Si me hubieran operado, no sé hacia dónde apuntaría ese ojo. Hacia un ángulo del cielorraso. Lo que es seguro es que no hacia la pantalla de la laptop que tengo delante. 

 

     

Autora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto:
Catalina Bartolomé

   


Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980). Se dedica a la práctica e investigación de artes escénicas y literatura. Ha publicado textos breves de narrativa, una novela en colaboración y poesía.

 
 

Reseñas

Radar Libros
(Paula Pérez Alonso)

Tiempo Argentino
(Mónica López Ocón)

Revista Ñ
(Mauro Libertella)

Revista Noticias
(Elvio Gandolfo)

Infobae Cultura
(Hinde Pomenariec)

La lectora provisoria
(Quintín)

Entrevistas

Télam
(Emilia Racciatti)

[Radar Libros]

Ver para creer

Por Paula Pérez Alonso

La cita de Kerouac, “El centro de interés es una piedra preciosa. El ojo dentro del ojo”, anticipa la tensión entre lo más cercano y lo más misterioso de lo que se ve y la posibilidad del extravío.

El doctor Balzaretti muere y deja a la narradora en estado de errancia. Cuando era una niña de tres años y por un estrabismo evidente –el mismo que sufrían su madre y su hermano mayor– sus padres consultaron a varios zares de la oftalmología, el especialista fue el único que se opuso a la intervención quirúrgica. Y tuvo razón: tal como él vaticinó, en la adolescencia la desviación se corrigió sola. Al enterarse de su muerte, queda impactada; lo recuerda “enfundado en trajes ocres con leve perfume a naftalina, rectilíneo, adusto pero amable. En su consultorio, más allá de la caja luminosa con letras colgada en la pared, no había instrumentos. Prácticamente no revisaba, su modo de formular diagnósticos era distante, abstracto, parecido a la adivinación”. La acecha la duda de si encontrará remplazo a su salvador.

Desde las primeras páginas, El trabajo de los ojos hace de una anomalía una experiencia singular. A los treinta años, la joven reconce que esta enfermedad, “que implica la imposibilidad de fijar la mirada de ambos ojos en el mismo punto del espacio y que puede afectar la percepción de la profundidad, el tamaño y la distancia”, la ha desplazado a un lugar de extrañamiento. ¿De qué manera el estrabismo la desubicó y, al mismo tiempo, condicionó su vida y su visión, su relación con el mundo? ¿Puede extraviarse del todo en la ceguera? Sabe que puede perder la vista de ese ojo porque siempre está mirando para cualquier lado y el esfuerzo lo hace el otro. Sin ningún énfasis, la protagonista adopta una distancia, no como una estrategia ni un gesto defensivo sino más bien como una intermediación en el modo japonés que describe el antropólogo Michitaro Tada; esa distancia habilita una observación de la observación que se despliega y repliega sin un objetivo concreto (que anularía toda la gracia). En japonés el término “gesto” se denomina shigusa, que significa un movimiento corporal controlado y, en particular, marcado por la suavidad. La intermediación también es la que describe la analogía entre ver y fotografiar, cuando recuerda a su padre en las vacaciones, que los hacía quedar quietos a los gritos en la playa (“el viento metiéndonos arena en la boca”), en el desfasaje entre lo que se cree ver y lo que la cámara toma. Esa imperfección es lo que más le gustaba a ella, esa pequeña diferencia inaccesible.

Mercedes Halfon narra con precisión y ligereza una trama que navega entre la ficción y el ensayo. Mirar y escribir están íntimamente relacionados y ese vínculo se anuda en el lenguaje por debajo de la superficie de las cosas. La protagonista lo sabe porque escribe desde muy chica. Su mirada extrañada deja una huella anímica cuando refiere a la infancia, la relación con su madre, la llegada a la doctora Horvilleur y su tratamiento experimental; la vida en pareja y la maternidad; hasta que una tarde la deriva la lleva hasta a la guardia del Hospital Santa Lucía en la avenida San Juan y, para su sorpresa, cree ver a su madre entre los que esperan a ser atendidos; la diferencia, sí, pero también se reconoce una como tantos.

La dificultad se inscribe, nada se da por sentado. ¿Qué es ver?, ¿cómo se ve?, ¿cómo se construyen las imágenes?, ¿cómo se traducen? Son preguntas que subyacen en un texto que hace de lo breve una estética y despoja a la prosa de todo espesor cosmético. Las palabras nombran aquello que se desconoce y que se intuye como una resistencia. Lo inasible. El texto nunca se cierra sobre sí mismo, es poroso, abierto al hallazgo. Un ojo para adentro y un ojo para afuera. Y es por esto que las historias sobre ojos que va desgranando sobre Joseph–Antoine Plateau, un físico que a mediados del siglo XIX definió el principio de persistencia retiniana; George Bartisch, padre de la oftalmología moderna y autor de Ophtalomodouleia (en griego “Bajo observación”), un voluminoso manual (con textos e imágenes) para cirujanos de ojos; la emocionante de Louis Braille, el ciego que inventó el primer sistema de lectura y escritura no visual basado en la sonografía; la de la ciega de Chaplin en City Lights: Homero, Tiresias, Cortázar, Borges, Joyce, Sartre, Paul Nizan y Néstor Kirchner revelan algo interior.

La cruza entre ficción y ensayo no es nueva, ha producido libros que no se pueden clasificar bajo las etiquetas habituales. Sin embargo, tal vez sean los más contemporáneos y los más vitales, justamente porque rehúyen las claves previsibles que responden a un género, proponen otra posibilidad que no tranquiliza al lector. A pesar de su suavidad y sutileza, de la duda que está implícita en su búsqueda y en sus derivas, de la naturaleza melancólica de su temperamento, El trabajo de los ojos adquiere una enorme potencia narrativa. En la segunda página dice: “Yo era una nena bizca de tres años a quien sus padres cuidaban como a una perla ovalada”, y el lector intuye que no quedará atrapada en la valva de nácar. Desde la molestia que siente la perla en el caparazón, encuentra su fortaleza y su transformación; la negatividad de la enfermedad se atribuye una cualidad. No se puede mirar siempre para el mismo lado.

¿Qué hace escritor a un escritor? Seguramente su relación con el lenguaje y, necesariamente, la mirada, y, si es estrábica, mejor. La flecha lanzada da en el blanco. Mercedes Halfon, poeta y narradora, ya se había destacado con sus notas periodísticas sobre artes escénicas. En este libro inquietante, un relato de imposibilidad extraordinario, enriquece las fronteras literarias y deslumbra con un mundo propio.

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[Tiempo Argentino]

Una mirada estrábica sobre el mundo

Por Mónica López Ocón

“El año pasado murió mi oculista. Balzaretti era especialista en niños, una orientación que suelen tener los que tratan el estrabismo. Es una de las enfermedades que tengo y, como a todos los que la padecen, me apareció en la infancia. Hoy la acompañan el astigmatismo y la hipermetropía. Como uso lentes de contacto y me toco los ojos continuamente, es común que tenga conjuntivitis. Virales, inflamatorias, papilares, con gigantismo. Las enfermedades oculares se reproducen.” Así comienza El trabajo de los ojos (Entropia) de Mercedes Halfon (1980), un libro breve cuya clasificación -¿nouvelle?, ¿tratado?, ¿historia clínica literaturizada?, ¿ensayo? o acaso todas estas cosas a la vez- es menos importante que la capacidad de la autora para transformar una enfermedad ocular en materia poética. 

La narradora pasa revista a su enfermedad heredada, a los escritores ciegos de la historia, al sistema creado por Louis Braille, al miedo a que el hijo herede su enfermedad, el fantasma de la ceguera…Es decir, recorre el tema hasta agotarlo, o al menos hasta agotar lo que en el marco de su texto está destinado a formar un todo. Si hay algo para destacar del libro es, precisamente, la capacidad de la autora para sortear el riesgo de la enumeración de catálogo. Por el contrario, logra un enfoque que hace que la enfermedad ocular adquiera un interés universal. 

El libro sorprende y atrapa porque narra y reflexiona a la vez de forma tal que el lector puede corroborar una vez más que es la mirada –y aquí la palabra intensifica su sentido- la que le confiere interés a las cosas y no las cosas mismas. “Existe una vinculación entre mirar y escribir. Estoy segura. Mi laptop parpadea” dice la autora en un brevísimo capítulo que consiste sólo en esa frase. Por otro lado, como si se tratara de una asociación libre en el diván del analista, logra que la dispersión adquiera de pronto un sentido. 

La sensación que queda luego de la lectura es de perplejidad, de haber incorporado al repertorio propio de sorpresas y revelaciones una que hasta el momento no se tenía. Quizá no sea casual que Halfon haya escrito un libro que refiere a la enfermedad ocular aunque su sentido sea mucho más amplio que lo que suele llamarse “tema”. Nació en el país cuyo escritor más renombrado se fue quedando ciego de manera paulatina. También la suya era una enfermedad heredada. Como ya lo demostró Freud, además, una historia clínica puede ser un relato apasionante, sobre todo en un país tan psicoanalizado como la Argentina. Por otra parte, la enfermedad es un tópico cotidiano de conversación tan difundido como el estado del tiempo, sólo que más apasionante. ¿Quién no asistió alguna vez a la narración pormenorizada de una operación, a un concurso de males en el que cada integrante quiere lograr el premio máximo? ¿Y no es acaso el parto y sus posibles complicaciones el discurso épico-fisiológico por excelencia, el que narra la epopeya del cuerpo materno? 

Existe, además, una tradición de la enfermedad convertida en literatura. Basta citar al neurólogo Oliver Sacks autor, entre muchos otros, de un libro de título tan literario como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. En Un antropólogo en Marte afirmó: “Hay defectos, alteraciones, enfermedades y trastornos que pueden desempeñar un papel paradójico, revelando capacidades, desarrollos, evoluciones, formas de vida latentes, que podrían no ser vistos nunca, o ni siquiera imaginados en ausencia de aquellos.” Quizá por eso cuando se tiene el talento para detectar y contar, como sucede con Halfon, la enfermedad se convierte en revelación. Oliver Sacks, por su parte, afirmó que se había dedicado a la neurología luego de leer el libro del escritor y periodista rumano Frigyes Karinthy quien, sin ser neurólogo, a puro talento, convirtió la aparición y operación del cáncer cerebral que padeció en una joya narrativa, Viaje alrededor de mi cráneo, que rescató recientemente Juan Forn en la colección Rara avis de Tusquets.

En la contratapa dice el escritor Ezequiel Alemián: “(…) lo que El trabajo de los ojos observa es la observación misma.” Y es cierto. Nada más apasionante que la observación porque es la que “construye” la realidad. Por eso, ésta no tiene un sentido unívoco, sino uno particular para cada uno. Como puede deducirse del libro de Halfon, aunque no lo diga de forma explícita, es que se necesita una mirada estrábica sobre los seres y las cosas para hacer literatura.

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[Revista Ñ]

Yo no sé que me han hecho mis ojos

Por Mauro Libertella

El texto arranca con la muerte de un oculista. Así se podría descorrer el telón de una novela policial: un cadáver, una profesión marginal, un misterio inquietante. Pero no. La muerte del oculista con la que abre El trabajo de los ojos, de Mercedes Halfon, no desencadena una peripecia policial pero sí una trama familiar. El “mal de ojos”, en este breve relato de primera persona, es la garantía de una continuidad genética, porque si bien todas las familias son una mezcla alocada de síntomas y patologías individuales, siempre hay un elemento díscolo que se empecina en pasar de generación en generación, como una antorcha que nadie quiere agarrar porque su fuego quema. Esa antorcha, que es la que ilumina este texto, es la de los ojos, los problemas de visión, el terror a la ceguera y el estrabismo como un modo de estar en el mundo.

Cuando Mercedes Halfon se sentó a escribir estas páginas (¿relato? ¿ensayo? ¿memorias? ¿apostillas?), no lo hacía sola: la disfunción ocular tiene una gran tradición propia en la historia de la literatura y este texto en cierto modo se incorpora a ese linaje, derramando acá y allá algunos casos emblemáticos en esa relación problemática entre la falta de visión y la producción artística. Chaplin, James Joyce, Louis Braille, Homero o Sartre; de la ceguera absoluta al estrabismo –“un ojo que se extravía”, lo define la narradora–, lo que parece estar diciendo ese álbum de figuritas es que la producción artística, muchas veces, puede ser el efecto de una mirada imperfecta, apenas corrida de su eje. Los materiales con los que se hacen los libros son siempre los mismos (el amor, la muerte y un largo etcétera), pero lo que los vuelve experiencias únicas es justamente la cercanía o la lejanía con la que el artista “mira” esos objetos. Posiblemente, cuando los directores del festival de cine de Cannes le pusieron “Una cierta mirada” a la sección más personal de la competencia, estaban pensando en esta relación entre ojo y cultura que atraviesa la historia del arte.

La brevedad del libro de Mercedes Halfon, por qué no, también se podría leer bajo el arco radiactivo de su tema, que parece impregnarlo todo. ¿No es la brevedad, acaso, la coartada del que no ve? Cuando Borges quedó ciego, no tuvo más opción que refugiarse en las formas breves, las que podía memorizar, la única materia maleable para el que no puede ver la totalidad. En ese sentido, el texto breve operaría en oposición a la novela vasta, voluminosa, que es patrimonio del narrador omnisciente: ese narrador que, por definición, todo lo ve. Sin embargo, El trabajo de los ojos, a pesar de sus 78 páginas, tiene un largo recorrido interno. Con algunos saltos temporales, alternando entre los episodios más narrativos y los más ensayísticos o incluso im- presionistas, el libro cumple uno de los cometidos secretos del género: agotar un tema. ¿Se podrían haber escrito 200, 300, 400 páginas sobre el tema? Sí. Y sin embargo, en 78 el libro dice todo lo que tiene para decir y entonces la brevedad, al final del camino, ya no es tan breve.

El trabajo de los ojos, entonces, por su naturaleza salteada, es un libro que se sostiene sobre un castillo de naipes, que cualquier viento podría derribar. La prosa, en el sentido puramente estilístico del término, es clave en este sentido: el tono es lo que hibrida al conjunto, el hilo dorado que zurce lo que de otro modo estaría separado. Solo en primera persona se puede escribir un libro así, y si uno tuviera que recordar una sola cosa de este libro, lo que persiste es justamente ese tono, al mismo tiempo elegante e incisivo y que tiene un temperamento especial: la narradora, que sufre mil y un problemas oculares, nunca se queja.

Hacia el último tramo del libro, cuando todo parecía indicar que este sería un texto sin una trama demasiado nítida, en el sentido más convencional de una intriga que avanza, aparece un hijo. La narradora se embaraza y nace su hijo. ¿Va a heredar, ese niño, el mal familiar? ¿O se quebrará, por fin, el maleficio de la mirada imperfecta? Ella se lo pregunta, nosotros nos lo preguntamos. Así, El trabajo de los ojos, en un círculo cerrado, termina donde empieza: en la bitácora de una trama familiar.

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[Revista Noticias]

Objeto inclasificable, pequeño, poderoso

Por Elvio Gandolfo

La brusca muerte de un especialista importante y constante (un cardiólogo, un odontólogo, un obstetra) puede ser un golpe al corazón para un paciente fiel. En el caso de la autora, se trató de un oculista, el Dr. Balzaretti, que le trataba el estrabismo, al que se agregaron el astigmatismo y la hipermetropía. El propio defecto múltiple de ese órgano importante, el ojo, filtro clave de la realidad entera, hacía sentir insegura (e intrigada) a la mujer. O la alegraba por un momento: “Sentí esa extraña clase de regocijo que confiere tener una enfermedad extraordinaria”. Ahora se le sumó la búsqueda de un reemplazo, que terminó por ser la doctora Horvilleur.

Los 47 fragmentos que constituyen el delgado librito no son diario, ni autobiografía, ni prosa fragmentaria, y son todo eso a la vez. Pertenecen a una colección que incluye una visión inolvidable de la plaza Once (o Miserere) de Edgardo Cozarinsky en “Niño enterrado”, apuntes e intuiciones sobre los cambios en la manera de escribir y leer en “Últimas noticias de la escritura”, de Sergio Chejfec o cruces diversos y originales en textos de Marcelo Cohen, Raúl Castro, Werner Herzog y Mario Bellatin. Como en Mercedes Halfon, se trata de objetos inclasificables (bautizados “apostillas” por la serie), que exhiben a la vez la condición de pequeños y de poderosos en sugestión o saltos mortales. En este caso, el lector incluso se ríe por momentos a carcajadas y no justamente en aquellos que Halfon consideraría adecuados. El cruce entre situaciones más bien banales o convencionales y caídas en el dolor, la desorientación o el sufrimiento provocan el humor inesperado, según han argumentado teóricos de la risa y la comicidad. Ella misma le dedica un fragmento a Charles Chaplin.

Dibujado apenas, hay un trayecto entre novelesco y aventurero. Pasan estrábicos famosos, como Néstor Kirchner y Jean-Paul Sartre. El estado de ánimo de la que escribe varía mucho. Hasta necesita consultarse a sí misma para distinguirse de los demás: “Todos dicen que puedo relajarme”, dice. “¿Estoy relajada?”, se pregunta. Y se contesta con una sílaba clara: “No”.

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[Infobae Cultural]

Todo lo que querías saber sobre los ojos rebeldes

Por Hinde Pomenariec

Pocas veces me sentí tan mal en mi vida como esa temporada en la facultad. Cada vez que hablaba con ella, cada vez que ella se acercaba al final de la clase para dialogar sobre alguna tarea, algún trabajo que los alumnos se llevaban para hacer en casa o simplemente para hacerme un comentario sobre el tema que habíamos estado tratando, mi boca no dejaba de emitir esos verbos malditos. Eran verbos usados regularmente en la vida cotidiana pero hasta entonces nunca había advertido que estaban todos relacionados con la vista, con la visión, con los ojos como reaseguro de la verdad o, al menos, de lo que entendemos que es correcto. Una tras otra, yo le decía frases del tipo: "Hacelo y vemos", "Fijate qué onda", "Veamos si funciona" o soltaba un "Mirá…", como introducción a cualquier cosa. En una práctica de autoflagelación, me mortificaba de manera salvaje pero no podía frenarme. Mientras tanto, ella seguía hablándome con tranquilidad, sin prestarle atención a mi lengua bruta. Mi alumna era inteligente, amable. Mi alumna era ciega.

La culpa me estrujaba el corazón semana a semana y aunque apelaba a mi voluntad para frenar el impulso de marcarle sin parar la importancia de la vista a Marcela (creo que así se llamaba), todo el tiempo hacía referencias impropias. Sin embargo, pese a mi angustia culposa, ella nunca pareció perturbada por mi crueldad o por lo que yo entendía que era crueldad y que, tal vez, era para ella algo naturalizado. Si bien yo nunca había estado tan cerca de una persona no vidente, ella, Marcela, mi alumna, era ciega de nacimiento.

Me acordé de este episodio en estos días, primero a partir de la historia de Hilario, el nene de dos años con problemas de visión que usa anteojos especiales y que fueron robados del bolso de la mamá en un vuelo a Bariloche, durante la Navidad. Mientras la familia de Hilario intentaba una búsqueda desesperada por todos los medios posibles, no podía dejar de pensar en ese mundo de formas y colores que a Hilario se le iba apagando. Pero más volví a recordar a mi alumna ciega la tarde en que leí de un tirón y fascinada El trabajo de los ojos, de Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980), un libro breve e inclasificable, de esos que provocan unas tremendas ganas de leer (más), de escribir y de recomendarlo a cada paso.

"El año pasado murió mi oculista. Balzaretti era especialista en niños, una orientación que suelen tener los que tratan el estrabismo", así arranca el libro de Halfon y así consigue retener al lector, que en una misma frase ya sabe que en esa lectura encontrará duelo, melancolía, ensayo, autoficción y también ciencia, en una modalidad de divulgación de alto rango.

El trabajo de los ojos (publicado por Entropía) está compuesto por 48 breves fragmentos que se articulan en un tejido delicado y pulido y que narran una historia de vida a partir de una debilidad, el estrabismo, debilidad compartida por la protagonista con su madre y su hermano mayor, quienes fueron operados en su momento de esa desviación que para los mayas -nos enteramos- era el non plus ultra de la elegancia. Nuestra protagonista, en cambio, no pasó por la cirugía pero sí por consultorios, exámenes, padecimientos, rutina de controles y miedos, muchos miedos, tremendos miedos de heredar la debilidad de ese ojo rebelde a su hijo, el que lleva en la panza.

La muerte de Balzaretti, el oftalmólogo, la golpea fuerte porque se trata del médico que la atendió desde pequeña, el mismo que aconsejó a sus padres cuando era una niña no operarla ("ese bautismo de ojos sanguinolentos y vendados") porque el ojo desviado con los años iba a corregirse solo, algo que efectivamente ocurrió. Balzaretti no solo cuidaba su salud, él llevaba consigo el secreto de su ojo, el saber sobre su ojo, una historia clínica que ni siquiera quedó registrada como ficha médica ya que como dejó de ir a la consulta cierto tiempo, no se digitalizó. (Interrumpo el relato. No puedo evitarlo: cada vez que muere alguien que ha sido dueño de un gran saber me pregunto qué queda de todo ese conocimiento a la hora de su muerte. Alguien muere y se lleva consigo cataratas de información acumulada que nunca nadie ya podrá obtener, como cuando pensamos por qué no les preguntamos a nuestros padres o a nuestros abuelos ciertas cosas, o por qué no les pedimos precisiones sobre la historia familiar que alguna vez, seguramente, vamos a querer conocer en detalle…)

"En toda casa hay cosas que se pierden para siempre. Estuvieron con nosotros y después no. Lápices negros, una media, hebillas del pelo, encendedores, paraguas, llaves. A veces creo que la vista es un bien de ese tipo. Algo que existe de forma irrefutable, muchos lo poseen, pero hay un punto oscuro, un precipicio rocoso desde donde cae a un fondo de pantano inaccesible", escribe Halfon.

"La vida nos compensa dándonos la presbicia para no ver en qué nos vamos convirtiendo", decía a la vendedora con sonrisa pícara el otro día una mujer ya grande, mientras se probaba un vestido en un local de Belgrano. De pie frente al espejo, posiblemente veía bien los colores del vestido y las formas de su perfil acariciado por el género de la prenda. Seguramente prefería ni adivinar el coro de arrugas alrededor de los ojos y la boca, los pliegues voluptuosos del cuello o la laxitud de los músculos de sus brazos, huérfanos y desnudos en el diciembre porteño. Es ese punto oscuro del que habla Halfon, quien cuenta en su libro que tiene sueños recurrentes en los que pierde los anteojos, no la cartera como soñamos la mayoría de las mujeres. Y sin cartera siempre se puede volver pero sin anteojos… podemos perder el camino a casa, dice.

En su libro/ensayo, Mercedes Halfon describe su vínculo con la mirada, su relación con el ver y con el mirar y también su relación con su madre, quien como los que volvieron de la guerra, no logra recordar exactamente cómo fue la cirugía que enderezó su ojo. La autora, una conocida periodista cultural y crítica de teatro, repasa también con verdadera gracia anécdotas vinculadas con los ojos, cuenta cómo hasta el siglo XIX los ciegos "estaban destinados a ser adivinos, rapsodas, magos o -en la mayoría de los casos- mendigos" y narra historias como las de Braille, creador a los 14 años del sistema que lleva su nombre, la de Joseph-Antoine Ferdinand Plateau, un científico de la visión que hizo aportes revolucionarios y que terminó ciego por mirar fijamente al sol sin protección y la de de George Bartisch, el padre de la oftalmología moderna, durante el siglo XVI.

Jean Paul Sartre, Joyce y Néstor Kirchner también pasan por las páginas del libro: sus ojos errantes fueron características de sus personalidades y del modo en que eran vistos por los demás. Borges, un ciego con los ojos desviados, también tiene ganado su espacio, por supuesto. "Tengo la impresión de que la disminución visual, cuyo último eslabón es la ceguera, es una caída hacia adentro de la persona", arriesga Halfon. El estrabismo es diferente, explica: "Los ojos pueden ver, pero están extraviados, no saben hacia dónde dirigirse".

El trabajo sobre los ojos es un ejercicio reflexivo, una muestra exquisita de literatura del yo y de literatura de todos. Hay una larga lista de fuentes y relaciones con este libro singular que se podrían enumerar, desde Edipo y sus ojos arrancados hasta Oliver Sacks con sus ciegos al color, pasando por las preciosas reflexiones acerca de la vista y el acto de mirar de John Berger: una vez concluida la lectura, el lector puede jugar a buscar por dónde seguir. Pieza preciosa, lectura cálida, el libro de Halfon es, sobre todo, un maravilloso ensayo sobre la luz, esa que nos despierta cada mañana o que nos falta, hasta dejarnos sin aire, cada vez que decimos adiós.

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[La lectora provisoria]

Reseñas convalecientes

Por Quintín

El trabajo de los ojos forma parte de un género que se podría llamar autobiografía Petete: el libro gordo te enseña, el libro gordo entretiene. Se usa mucho ahora. Halfon (Buenos Aires, 1980) era bizca de chica, después encontró una oculista que le corrigió la desviación y siempre se interesó por el tema. Igual que la mexicana Verónica Gerber Bicecci, cuya Conjunto vacío es otra autobiografía Petete oftalmológica. Allí se ocupa de la ambliopía, trastorno que consiste en tener un ojo perezoso o que se va para cualquier lado y que el paciente no usa para ver. No sé si Bicecci es ambliope o simplemente habla del tema a partir de terceros. Es que lo leí, lo reseñé y me lo olvidé. Lo recuerdo, eso sí, como un libro más highlife que el de Halfon, como vanguardista y un poco pretencioso. Halfon habla también de la ambliopía (¿será un homenaje oculto a Gerber B.?).

Halfon es más modesta en sus ambiciones (después de todo, el estrabismo no es tan espectacular como la ambliopía) y no apunta a ser una estrella de las artes como Gerber Bicecci. Es investigadora pero dice que le gustaría tener más tiempo para escribir (¿dice eso o lo inventé?). En 57 capítulos breves cuenta su vida sin entrar en demasiados detalles mientras nos ilustra sobre cuestiones de la vista. Por ejemplo, la biografía de Joeph Plateau, que descubrió la persistencia retiniana y se quedó ciego mirando un eclipse, o la de Braille, que se quedó ciego de muy chico y hoy tiene un monumento en Plaza Francia. Es raro cómo lo cuenta Halfon: “En Buenos Aires, en la plaza que lleva por nombre su país natal, hay un busto de Louis”. ¿Por qué esa perífrasis? Un tercer héroe francés de la oftalmología en el libro: la doctora Horvilleur, la que la cura mediante un paulatino ajuste de las dioptrías en los anteojos.

Mientras nos ilustra en cuestiones científicas e históricas, Halfon cuenta su infancia o su maternidad y se acuerda de la Chilindrina, con la que se identificaba de chica. Y así, entre pequeñas confesiones y datos precisos, el libro se termina y deja una impresión de prolijidad, elegancia y discreción. Es un poco frío, aunque toma un poco de temperatura cuando Halfon se refiere a sus héroes en el mundo de los bizcos: Jean-Paul Sartre y Néstor Kirchner.

Una lectura agradable, a pesar de ese desliz.

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[Télam]

"Los ojos son trabajadores calificados"

Por Emilia Racciatti

En "El trabajo de los ojos", Mercedes Halfon traza un itinerario de interrogantes y reflexiones sobre la mirada, sobre cómo el desplazamiento y la condensación implicados en ese ejercicio construyen un estilo y una identidad, que en este caso toma cuerpo a partir del estrabismo de la escritora.

En "El trabajo de los ojos", editado por Entropía, la narración empieza cuando muere el oculista de la protagonista y eso dispara un recorrido por sus vínculos familiares, desde las enfermedades y cuidados heredados hasta el fantasma de lo que puede pasar con la vista de su hijo, sin dejar de pensar en la mirada como insumo para su trabajo de periodista, crítica de teatro y escritora.

"¿Hasta qué punto los anteojos me generaron entonces una «forma de ver»? ¿Hasta qué punto generaron además una narrativa de mí misma?", se pregunta Halfon durante la entrevista, en la que asegura que "los ojos son trabajadores calificados".

—¿Cómo surgió el trabajo del libro?

—Hace ocho años me invitaron a un ciclo de lecturas organizado por Cecilia Szperling donde la propuesta consistía en producir un texto que diera cuenta de algo privado, íntimo, una confesión. Se me ocurrió escribir sobre mi estrabismo. Un tema que me daba pudor nombrar. Mis problemas en la vista siempre fueron varios, tengo astigmatismo e hipermetropía en escalas elevadas desde los tres años, pero el estrabismo es el que rige todo lo demás. El uso de anteojos desde antes de tener una "forma de ser" me resultaba intrigante.¿Hasta qué punto los anteojos me generaron entonces una "forma de ver"? ¿Hasta que punto generaron además una narrativa de mi misma? Había algo ahí. Toda la cuestión me incomodaba.

—¿Cómo fue el proceso de escritura?

—Me costó escribir, encontrar las palabras, ir al fondo y por eso mismo me di cuenta de que existía un núcleo al que tenía que acceder lentamente. Ese texto tenia cuatro páginas y a partir de ahí pasaron muchas cosas. Tuve distintas hipótesis de lo que el texto podía ser, tuvo momentos en que la ficción era más fuerte, después eso fue como adelgazando y otros aspectos se fueron robusteciendo, fui encontrando un tono, una forma, una estructura. Y a la vez fui leyendo sobre oftalmología, nutriéndome de un lenguaje específico. Mientras estaba en ese trabajo fui madre y abandoné el texto algún tiempo. Después también atravesé la cursada de la Maestría de escritura creativa de Untref donde seguí pensando el texto desde distintos enfoques. Un año después de terminar la maestría quedó esta versión.

—La narradora dice que existe una vinculación entre mirar y escribir. Hay algo de eso que persiste en el libro.¿Cómo explicás esa relación?

—Creo que todo el libro intenta responder esa pregunta. En realidad esa afirmación nace de mi dificultad para mirar y la reflexión sobre por qué, siendo que me cuesta ver, lo que quiero hacer es eso: mirar, leer, escribir, cosas que se hacen con los ojos. Mientras estaba escribiendo este texto, leí en algún lado que el estilo nacía de la debilidad. Todo lo contrario de lo que el sentido común indicaría: que la posesión de un estilo en el arte sería alcanzar una cierta perfección en la ejecución de las formas. Acá se proponía pensar que el estilo está en la falla, en el síntoma, el error convertido en programa, y la escritura como lo que hace cuerpo ese error. La idea me resonó profundamente por el modo en que se inició el proyecto de escritura de este texto, el estrabismo, una falla que me había marcado desde siempre. Esa debilidad constitutiva de mi cuerpo había sido el motor de mi escritura.

—¿Por qué elegiste la cita de Kerouac como introducción? ¿Puede funcionar como anticipo del cruce entre el relato y el ensayo que propone el libro?

—La cita la elegí porque me encanta ese poeta y cuando leí la frase me pareció que anticipaba un poco la idea de obsesión que está en el libro. El ojo dentro del ojo, la piedra dentro de la piedra. Es uno de "sus principios", una lista de 30 ideas sobre literatura que está en el libro, La filosofía de la Generación Beat. Cuando la leí me resultó muy inspiradora, muy graciosa esa lista, principios para abrir, para estimular, no para cerrar nada. Lo cierto es que yo soy poeta, es de ahí de donde vengo y lo que leo la mayor parte del tiempo. No sé si este libro haya terminado siendo de "prosa poética" como en algún momento pensé, pero sin duda la estructura se da por suma, por adición de elementos disímiles, más que por consecución. La narración adelgazada, la metáfora como modus operandi permanente sobre la visión, son elementos que traigo de la poesía, mis armas, digamos, para abordar el texto.

—¿Lo definirías como un ensayo?

—No creo que sea un ensayo, pero sí que tiene elementos ensayísticos, también algunos de crónica, autoficción, otros ficcionales. La verdad es que el género de este libro es un poco misterioso, por eso también los editores de Entropía decidieron publicarlo en la colección Apostillas que sencillamente no responde a esa pregunta, si no que ubica cosas raras, un poco inclasificables, experiencias literarias donde el horizonte es más bien la disolución de los géneros.

—¿Cómo hiciste el título?

—Apareció al final. Como dicen los poetas: bajó. Releyendo uno de los capítulos, el dedicado a Georg Bartisch, de pronto me apareció en relieve esa frase. Porque el trabajo de los ojos ¿cuál es? mirar, analizar, distinguir, ubicar, orientar, percibir/se, conectar, leer, tal vez también escribir. Igual se puede escribir sin ver. Se puede leer sin ver. Pero no siempre fue así. Los ojos realizan un trabajo que es natural, fisiológico, pero también es cultural, emocional e individual. Los ojos pueden dejar de cumplir alguna de sus funciones. Cada ojo puede apuntar a un lugar diferente. Uno puede funcionar y el otro no. Los ojos son trabajadores calificados.

—Trabajás como periodista, poeta y crítica teatral, entre otras labores con las letras ¿Cómo definís tu relación con la escritura?

—Antes me peleaba con esa dispersión, esa condición híbrida, envidiaba a los que podían hacer una cosa y abocarse totalmente, pero al final acepté que eso no me iba a salir nunca. Igualmente creo que en las artes no hay caminos separados y paralelos. El periodismo es mi profesión y me encanta, porque fue lo que a lo largo de los años me permitió seguir investigando, pensando y vinculándome con las cosas que más me interesan. Claro que mi relación con la escritura es central, es siempre el principio y el final de las cosas que hago, el medio por el que mejor me expreso, pero tampoco tengo una idea muy conclusiva de eso. Periodismo, narrativa, poesía se contaminan. Por ejemplo, en mi poesía también está ?-quizás estuvo- muy presente la idea de registro, lo documental. Claro que los procedimientos poéticos ahogan cualquier atisbo de realidad palpable, pero detrás de ellos está lo verdadero, lo auténtico, lo confesional. Me costaría mucho hacer una poesía puramente lúdica, pero nunca se sabe.