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El trabajo de los ojos
Mercedes Halfon
80 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2017
ISBN: 978-987-1768-44-8

       
       
             
           
           
 

¿Qué es lo que se ve? Puntual e inabarcable, esa podría ser la pregunta sin articular que se hace la mujer que escribe en El trabajo de los ojos, que es además la mujer que escribe El trabajo de los ojos. Podría ser también lo que se pregunta Kerouac en la cita que abre el libro, cuando habla del  centro de interés, que es como decir “el interés del interés”. “El ojo dentro del ojo”, dice Kerouac.

La mujer que escribe ha perdido al oculista de toda su vida, a través del cual ha establecido una relación particular con sus enfermedades. Claro que todas las relaciones son particulares, aunque tal vez haya que tener una enfermedad para entender qué significa eso.

De la historia de las enfermedades, de los ojos y sus declinaciones, de la vida familiar, de la escritura, del mundo del trabajo, de la maternidad, del fantasma de la ceguera: lo que El trabajo de los ojos observa es la observación misma. Como ensayando, con cuidada delicadeza, un texto que es a su vez relato y metáfora, Halfon busca lo específico de la observación para encontrar, por momentos, en lo discontinuo, como epifanías, el tiempo dentro del tiempo.

Ezequiel Alemian

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Fragmento

I

El año pasado murió mi oculista. Balzaretti era especialista en niños, una orientación que suelen tener los que tratan el estrabismo. Es una de las enfermedades que tengo y, como a todos los que la padecen, me apareció en la infancia. Hoy la acompañan el astigmatismo y la hipermetropía. Como uso lentes de contacto y me toco los ojos continuamente, es común que tenga conjuntivitis. Virales, inflamatorias, papilares, con gigantismo. Las enfermedades oculares se reproducen. Cuando hay una es muy probable que la descompensación que genera cause otra. Hace poco tuve blefaritis, una inflamación de la que no había escuchado hablar nunca. Me desperté con los ojos vidriosos y desbordados, como si hubiera llorado días enteros. Fui a una guardia temiendo algún virus serio, pero me explicaron que se trataba de una hinchazón en la raíz de las pestañas. El tratamiento consistía en untarme un gel que me dejaba mirando a través de una nube densa. Como si me hubiesen recetado un estado de melancolía. 

Supe de la muerte de Balzaretti después de llamar a su consultorio durante semanas y que atendiera un contestador, hasta que una secretaria de otro médico me lo confirmó. Quedé largo rato impactada, pensando en lo que iba a significar su ausencia. Lo recordé enfundado en trajes ocres con leve perfume a naftalina, rectilíneo, adusto pero amable. En su consultorio, más allá de la caja luminosa con letras colgada de la pared, no había instrumentos. Prácticamente no revisaba, su modo de formular diagnósticos era distante, abstracto, parecido a la adivinación. 

En mi familia, tanto mi madre como mi hermano mayor se operaron el estrabismo de niños. Cuando llegué a la edad en que se recomienda practicar esa intervención, Balzaretti se negó a realizármela. Todo el dilema con la cirugía ocurrió en un momento de mi vida del que tengo sólo recuerdos difusos y debo confiar en lo que me contaron. Yo era una nena bizca de tres años a quien sus padres cuidaban como a una perla ovalada. Peregrinaron por la ciudad con su objeto precioso y averiado buscando una solución. En una escalada de doctores llegaron a Siansia, el zar del estrabismo en los ochenta en Buenos Aires. Él y todos los demás consideraron que la mejor alternativa para mi caso era la vía quirúrgica. No sé por qué, y ya es tarde para preguntárselo, Balzaretti se opuso. Después de deliberar, mis padres decidieron seguir su consejo. No me operaron. Debe haber sido un alivio para ellos no tener que pasar otra vez por una cirugía, ese bautismo de ojos sanguinolentos y vendados que los sacudía generación tras generación. 

Balzaretti tenía razón. A partir de mi adolescencia, el ojo que querían enderezar se fue para afuera. La desviación se hizo divergente sin intervención alguna. Si me hubieran operado, no sé hacia dónde apuntaría ese ojo. Hacia un ángulo del cielorraso. Lo que es seguro es que no hacia la pantalla de la laptop que tengo delante. 

 

     

Autora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto:
Catalina Bartolomé

   


Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980). Se dedica a la práctica e investigación de artes escénicas y literatura. Ha publicado textos breves de narrativa, una novela en colaboración y poesía.

 
 

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