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Hidrografía doméstica
Gonzalo Castro
192 páginas
 
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[Revista VIVA, 5 de Diciembre de 2004]


Dos amigas en un jardín

Por Beatriz Sarlo


Chloé tiene once años, casi doce, y vive en el quincho de la casa de sus padres. Ha cubierto con colchones y almohadas los veinte metros cuadrados del piso y para entrar hay que sacarse los zapatos. Chloé cocina a la parrilla o, cuando sus padres insisten en invitarla, pasa por el comedor de la casa principal para divertirlos durante dos horas. Va a la escuela, habla por teléfono, lee el Corán, una obra de Ionesco o algún poema de Miguel Hernández, recibe a su amiga Daphnis.
Comparada con Chloé, Daphnis es una chica más del montón, más empeñada en reproducir algo del mundo de los adultos, que Chloé trata con amistad y una ironía tolerante. Pero las dos chicas hablan como si se pudiera discurrir a los costados de las frases hechas.
Los padres de Chloé desearían que ella volviera a dormir en casa, pero tampoco pueden convencerla. En todo, Chloé es maravillosamente extraña, pero también normal, si es que normal quiere decir algo. La televisión no forma parte de su vida (lo cual casi parece una anormalidad), y eso la vuelve interesante e inesperada. A los once años Chloé no está histéricamente sexualizada, como si se tratara de una especie de mujer en miniatura. Más bien parece una chica de hace varias décadas, preocupada por algún compañero de escuela, sin apuro para enamorarse, independiente de las ropas de marca, las modas y las ondas. Es original precisamente porque no está anudada por las convenciones que los niños y los padres importan de los medios y los shoppings. Pasa por ser una alumna excelente, pero se las arregla para copiarse en las pruebas aprovechando la batería de machetes plastificados (sí, plastificados para que no se manchen con la merienda) que preparó uno de sus compañeros. Chloé parece una chica de los años cincuenta con la libertad de una del 2000. Esta mezcla curiosa la convierte en alguien casi irreal y, sin embargo, nada inverosímil. Una tarde, Chloé descubre que puede llegar a desplegar fuerzas excepcionales, sin saber de donde las ha sacado: sorprende a cuatro chicos atacando a un amigo suyo y se transfigura. Minutos después, ante la directora del colegio, despierta de una especie de trance hipnótico para enterarse de que les ha quebrado un hueso y roto algunos dientes.
Esto es misterioso, pero esas cosas pasan con el cuerpo de las chicas de once años, cosas imprevisibles y desconocidas. Quizá por eso, Chloé ha decidido no tener espejos en su casa de almohadones y, cuando necesitaba ver todo su cuerpo, recurre a una polaroid, que le devuelve una imagen borrosa, tranquilizadora en su falta de detalles.
Con su papá y su amiga Daphnis, Chloé va a una playa. En realidad, no se trata de verdaderas vacaciones, sino de una especie de viaje de negocios al que las chicas han llevado sus bikinis deportivas y sus mocasines destrozados. Tiradas en la arena o en las gigantescas camas del hotel, se divierten sin exageración, pelean amistosamente, van al cine o se emborrachan con clericó. En la arena, la conversación de Chloé con su padre tiene la soltura displicente que se sostiene en la inteligencia: "Papá, tenemos que ir a salvar a Daphnis, que se está ahogando en el océano", dice Chloe. "Andá vos primero y fijáte qué podés hacer. Cualquier cosa, si es imprescindible, vos me avisás oportunamente", contesta el padre. Daphnis y Chloé también salen de paseo solas, pequeñas exploraciones. Una vez van a la costanera en colectivo.
Daphnis quiere volver a ver un gato que su familia abandonó allí. Entre los matorrales y las piedras, cree reconocerlo, pero, claro, después de tanto tiempo, no puede estar segura. De pronto, Daphnis sospecha de unos tipos que las están mirando. Las chicas corren hasta encontrar las puertas de un museo. No ha pasado nada, pero Daphnis sintió una amenaza. Hay una grieta en el futuro, así como hay un mundo más allá del jardín de Chloé.
La historia de Daphnis y Chloé la leí en un libro que se llama Hidrografía doméstica y que escribió Gonzalo Castro. Es una novela, claro, y hace pensar que la literatura, a veces, puede golpear la superficie lisa de la repetición.