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  Diario pinchado
Mercedes Halfon

117 páginas; 16,5x12 cm.
Entropía, 2020
ISBN: 978-987-1768-59-2
   
     
   
     
 

Culpa de becarios como Morábito, Frisch, Chaves y Gombrowicz, no hay (casi) escritor que no se haya traído de Berlín su versión “diario íntimo” de la ciudad. Esa tradición es la que Mercedes Halfon recoge en su Diario pinchado con la sensibilidad de una observadora oportuna, que habla de sí cuando habla del mundo y viceversa. Y lo hace asumiendo un doble desafío: acá la diarista –como el futuro– es mujer, y no es la titular de la beca sino la novia del becario. De novia esperada, ansiosa, entusiasta, la diarista pasa pronto, muy pronto, a ser una insistencia, un lastre y, por fin, una especie de apéndice malhumorado que el novio, demasiado absorto en sus cositas de poeta, deja suelto en Berlín, sin intuir el error que comete.

Crónica a la vez triste y risueña, Diario pinchado degrada a su víctima y al mismo tiempo la redime, transformándola –nietzscheanamente– en eso que siempre fue: una outsider (una anti etnógrafa). Alguien a quien las cosas no le salen como esperaba y de un día para el otro, varada en una ciudad poco amable, debe arreglárselas con lo que tiene: talento para ser invisible, para ocupar espacios laterales que no quiere nadie, para inventarse vidas suplentes, complicidades artesanales, felicidades frágiles, modestas, de las que no teníamos noticias y que nos conmueven.

Alan Pauls

Contratapa
     
   

Sábado 9 de mayo, noche

Momento favorito del día: cuando llega la noche. Vine a esta ciudad a tener una epifanía doméstica frente a la góndola de los quesos en el supermercado. La multiplicidad, la calidad ¡y los precios! Vengo de un país esencialmente agrícola-ganadero pero es acá donde pruebo auténticos lácteos de excelencia sin tener que dejar mi sueldo en la caja. También los panes son ricos, hay variedad de cereales y texturas. Después preparo, combino los elementos. Busco llamarte la atención con la comida, a veces lo consigo. 

 

Domingo 10, mañana

Me dijiste que tenías trabajo para la beca, que necesitabas concentrarte, que no te iba a alcanzar el tiempo, que a fin de mes tenías que entregar un informe de tu proyecto de escritura, que además ya habías visto los lugares turísticos cuando llegaste, que no te daban ganas de verlos otra vez, que por qué no intentaba salir sola esta semana y no preguntarte todo a vos, que no fuera tan casera, tan capricorniana, que hiciera un esfuerzo por orientarme en la ciudad, que si me llegaba a perder podía preguntar, que no era tan difícil hacerse entender, ¿no? 

Pero los dos sabemos que lo más difícil de todo es eso: hacerse entender. 

 

Tarde

Descartada la opción de visitar los lugares con vos, tengo que asumir un problema. Carezco de ese dispositivo mental o quizá corporal que permite crear rápidamente puntos de referencia para orientarse en un lugar nuevo. 

Me pasa hasta en ciudades a las que fui toda la vida, como algunas en el sur de la Argentina o en la costa atlántica. No me ubico. Es algo más que ser despistada o no ver bien. Es un sentido que me falta. 

Sé que hay modos de suplir esa carencia natural y hago grandes esfuerzos: analizar mapas en papel, virtuales, gps, Google Street View, pero a veces ni eso es suficiente. En los mapas hay demasiadas líneas de colores, demasiados puntos, demasiados niveles, demasiadas siglas. Hace un rato estuve intentándolo, pero no hay caso. El idioma tampoco ayuda. Creo que el problema principal es que no puedo relacionar lo que veo en los lugares reales con la síntesis que hacen los mapas. Me detengo en cosas que no son las centrales. Fugas, detalles inconducentes, pavadas. No puedo sintetizar. 

Intento sobrevivir así, por eso no soy aventurada. Todavía no me siento en condiciones de ir lejos o tomarme medios de transporte. Pero a pie y en distancias cortas, me atrevo. De cometer algún error se puede retroceder: a esa velocidad un cambio de rumbo no es del todo dramático. 

 

Fragmento
     
   

Autora

 

Foto de solapa:
Catalina Bartolomé
 
                     

Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980) es periodista cultural y curadora en artes escénicas. Ha publicado textos breves de narrativa, una novela en colaboración y poesía. Su libro El trabajo de los ojos (Editorial Entropía, 2018) fue publicado en Chile (Lecturas ediciones) y en España (Las afueras).Dirigió junto a Laura Citarella el film Las poetas visitan a Juana Bignozzi (2019).

 


   

Reseñas

Revista Ñ
(Martín Kohan)

Radar Libros
(Mariano Dorr)

La Voz del Interior
(Demian Orosz)

Otra Parte
(Diego Peller)

Brando
(Noelia Rivero)

Agencia Paco Urondo
(Inés Busquets)

Entrevistas

Tiempo Argentino
(Mónica López Ocón)

Télam
(Ana Clara Pérez Cotten)


[Revista Ñ]

Escombros en Berlín

Por Martín Kohan

¿Por qué viaja de Buenos Aires a Berlín alguien que, según dice, odia viajar? ¿Y por qué lleva un diario de viaje si, una vez ahí, confirma lo que ya sabía: que los viajes para ella están sobrevalorados? El Diario pinchado que compone Mercedes Halfon no tiene la marcación abrupta de las revelaciones, sino la tristeza suave de lo que se intuye y se confirma. Berlín no va a ofrecerle en principio otra cosa que incomprensión y desorientación, ajenidad y días grises. Sin espíritu de aventura ni sentido de la curiosidad, sin esos dos combustibles primarios del buen viajero, la narradora no puede sino entregarse a la metódica cadencia de los días que se suceden. Esa que un diario expone, ante todo, por su forma.

Pero Berlín no es el objeto de este viaje, apenas su escenario. ¿Cabrá seguir aquí, según los giros del género, esta consigna reformulada: “cherchez l’homme”? Se hace este viaje por amor (pero el amor no impone un sacrificio, se impone como necesidad). No por nada entre las referencias de este diario consta otro, Diario de Moscú de Walter Benjamin, el de un berlinés arrojado a su propia extrañeza detrás de una mujer, Asja Lacis, con la que va, a un mismo tiempo, a encontrarse y desencontrarse.

Esta novela en forma de diario tiene algo de eso mismo. Si la narradora va hasta Berlín es porque ahí se encuentra su novio, quien ha comprado, con una beca, tiempo libre para escribir (aunque la beca paradójicamente le impone plazos, algo que la escritura de por sí, no tiene; y así el tiempo, en vez de sobrarle, le falta). El diario de viaje resulta entonces más bien una crónica de amor. Y ajustando algo más los términos, la crónica de un desamor. Porque el desamor es a menudo una parte del amor, una etapa en su historia, y no meramente su antítesis o apenas un desenlace exterior. El desamor es a veces un trance que hay que pasar, no menos que el amor, todavía con el otro. Mercedes Halfon anota en Diario pinchado: “Pero mucho más difícil que la distancia es la cercanía”. Y hace falta esa cercanía, hace falta el viaje a Berlín, para verificar, en presencia, esa forma brutal de la ausencia: que el otro está ahí, con nosotros, pero ya no nos quiere (no nos quiere y no nos lo dice, probablemente porque ni siquiera lo sabe).

Tampoco esto es una revelación, sino más bien una comprobación, y Halfon acierta con el tono sereno que le imprime a su novela. Está el amor a primera vista y está el desamor a última vista. Que puede tramarse de a dos, extrañamente de a dos, en cierto modo. No hay estallidos en el desenlace. Es igual que esos cementerios bombardeados de los que se habla en algún momento: destrucción de lo que ya estaba muerto. O es igual que el proceder de esos escuadrones de mujeres que se ocuparon, en Berlín, de remover los escombros de la guerra; la imagen de la portada del libro las convoca; las mujeres, dice Halfon, “sabemos qué hacer con los restos”.

Diario pinchado se integra en forma notable a toda una serie de narradoras en Alemania, con La habitación alemana de Carla Mailandi (2017) y La lengua alemana de Julieta Mortati (2018), y aun cabe retrotraerse a La ingratitud de Matilde Sánchez (1990). Mailandi escribía: “Todo lo siento ridículo ahora. Ridículos los adornos con que intento cubrir las ruinas” (está en Heidelberg, “una de las pocas ciudades alemanas que no han sido bombardeadas”). Mortati escribía: “En Vluyn hay una montaña artificial donde se guardan los restos de la guerra: los escombros de las casas destruidas por las bombas, por ejemplo”.

Pero las “trümmefrauen” que invoca Halfon no se ocupan de cubrir ruinas ni tampoco de amontonarlas hasta formar una montaña: se ocupan de retirarlas, se ocupan de hacerlas a un lado. Las tres mujeres que pueden verse en la tapa de Diario pinchado sonríen a la cámara mientras remueven escombros, porque saben “qué hacer con los restos”. La narradora, aunque transida de melancolía con los restos de un desamor, va en procura de una sonrisa semejante, está tratando de hacerla posible.

El diario se acaba cuando se acaba el cuaderno en el que se lo va escribiendo (la novela también). Suena simple: “Este cuaderno se termina, le quedan muy pocas hojas, pero lo voy a escribir hasta el final”. El final de un amor puede resultar más incierto, no está tan claro cómo es que se termina, tampoco cuándo, puede que tampoco por qué. Ocurre como ocurren algunos viajes. Llega como llega un día, después de otro que no necesariamente lo anunciaba.

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[Radar Libros]

Pinche Berlín

Por Mariano Dorr

En “París, capital del siglo xix”, Walter Benjamin explicó que cada época sueña la siguiente, y que esos sueños están hechos con retazos de una protohistoria -una sociedad sin división de clases- que adquieren la forma de la utopía. Lo nuevo se entremezcla con lo remoto, con huellas de miles de vidas y configuraciones del pasado. En Diario pinchado -una novela breve, pero también un cuaderno de notas, una carta abierta, una colección de fragmentos de prosa poética, una cartografía de la pérdida- Berlín aparece como “capital del siglo xxi”. Esto -como en Benjamin- no es de ningún modo un elogio hacia la ciudad. Antes bien, es una crítica estético-política. No hay una romantización del viaje ni de la ciudad; mucho menos del amor. Pero sí hay una búsqueda en las fuentes del romanticismo alemán (que Benjamin estudió en detalle y Halfon también). Porque el romanticismo alemán -si seguimos pensando en la misma línea- es la época que nos soñó a nosotros que, a la vez, estamos soñando el futuro. ¿Y cómo nos soñó el romanticismo? Con una estaca en el corazón. Destruidos por la poesía. Presas de un amor que no hace otra cosa que separarnos cada día un poco más, como a Berlín, dividida durante treinta años por un muro electrificado de cuarenta y cinco kilómetros.

Halfon (autora de otro libro imprescindible: El trabajo de los ojos, 2018) encuentra en la forma breve una poderosa construcción dramática que nunca abandona los bordes del ensayo. Las “entradas” del Diario son apenas unas líneas, pero nos llevan a obras visuales, piezas teatrales, libros sobre libros, galerías: “Los museos son como novelas. Y como en las novelas, hay al menos dos conflictos”. En la novela, en el museo, no estamos perdidos, pero sí obligados a orientarnos, a seguir un camino, un hilo conductor, aun sabiendo que siempre hay otra manera de leerla, de recorrerlo. Las anotaciones estéticas, la filosofía del arte en Halfon, proponen lecturas y hasta escrituras. Cuando se lee el Diario pinchado se tiene la necesidad de escribir, de seguir escribiendo, además de seguir leyendo. Es una máquina de pensar la escritura metida en un relato detallado de la indiferencia que ejerce un novio poeta “becado” en Berlín. Aquí la pareja funciona al modo del “miembro fantasma” del que escribió Merleau-Ponty en su Fenomenología de la percepción. El otro -en realidad- no está ahí donde sin embargo siento o percibo que está. El otro es como una pierna o un brazo amputado en el que, a pesar de ya no ser parte de nosotros, sentimos claramente una caricia, una picazón o un pinchazo. Si el otro es como un fantasma que me constituye, es también el cadáver de sí, un desdoblamiento de la mismidad: “Sueño que estoy en mi cama de Buenos Aires, al lado también estoy yo, pero muerta”. Por eso hay que abandonar al muerto para internarse en las sendas perdidas o caminos de bosque, donde los recorridos son siempre nuevos y la belleza suspende la necesidad de la palabra. Es lo que hará con su amiga Franziska, una carpintera que conoció diez años atrás en Córdoba.

Al revés que el paseante baudelaireano que llamó la atención de Benjamin por su talento para perderse en medio de la multitud y la ciudad que se recorre como quien observa un panorama, la caminante de Halfon en Berlín combate la desorientación en la que vive para transformarse en una deconstructora de la orientación como tal. Tener un norte, una dirección, un sentido, un rumbo, estar alineada, ajustada, navegar, localizarse, hacer un sondeo, asesorarse, consultar, deliberar, trazar líneas, regiones, rasgos, estimar distancias, lejanías y cercanías. Todo eso es orientarse para la narradora de Halfon, que tiene más de un mapa pero prefiere una brújula y es capaz de estar cuatro horas sola en una obra de Ibsen hablada en alemán aunque no entienda una sola palabra. Entiende otra cosa: que todo se divide en dos. Que los que gritan siempre parecen soldados. Y observa la puesta en escena con una atención que la deja extenuada, al borde del colapso: “orientarse es para mí poder ir a lo desconocido y poder volver después”. Es lo que hace con la obra de Ibsen. Va y vuelve. También lo hace en el bosque de Grunewald. Lo hace consigo misma. Aunque no sabe exactamente qué hace en Berlín a setenta años de la capitulación de Alemania con un becario que solo es capaz de desearla cuando otro poeta latinoamericano -con una beca más importante y consagratoria- le hace un comentario sobre ella. La guerra y las becas son el único motivo por el que se conocen diarios escritos en Berlín. La beca es la continuación de la guerra por otros medios: “Tantos escritores juntos y a la vez tan poco para decir. Supongo que si están acá es porque son buenos poetas, de los mejores, o los que mejor representan a su país, pero no estoy muy segura de eso. ¿Qué son los poemas que escriben los latinoamericanos residentes en Berlín? ¿Son poemas latinoamericanos? ¿Son poemas escritos por esta ciudad o por la ciudad de la que vienen? ¿Hay algo que sea la poesía de un continente? ¿Y de un país? ¿Y de una ciudad? ¿Para quién son las palabras que escribo en este cuaderno? ¿Siempre se escribe para alguien? ¿Toda literatura es epistolar?”, se pregunta tras una velada en la que varios de los poetas becados se reúnen para leer sus textos como en un concierto. La narradora de Halfon nota que “eran versos importantes, escritos con palabras nobles, como forjadas en bronce. Como si para impresionar a los locales hubiera que decir cosas de peso”. El bronce aparece también en una plaza: es un monumento a Bertolt Brecht, sentado en una silla con las manos en la entrepierna: “¿Por qué lo habrán hecho así? ¿Sería la posición que adoptaba para dirigir? ¿Hay que sospechar también de él? ¿Sospechar de quien ante todo ejerció la sospecha? ¿Por qué lo representa una estatua de bronce? ¿Por qué está sentado habiendo tanto por hacer?”, se pregunta Halfon. Luego redime al gran dramaturgo citando un poema genial cuyo último verso dice, precisamente, “tantas preguntas”.

Una brújula y dos postales de Walter Benjamin son las reliquias que guarda en la valija, que es también un lugar para apoyar la cabeza y seguir soñando. En ningún momento del Diario pinchado deja de sorprender que el texto se dirija en forma directa a una segunda persona, a un “vos” que es el poeta indiferente, una figura sin nombre propio, ahogado en un individualismo esteticista y extremo que Halfon desmantela como a una máquina obsoleta. 

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[La Voz del Interior]

Diario (inventado) de una desilusión

Por Demian Orosz

Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980) hizo un viaje a Berlín en 2015 y llevó un registro íntimo de sus peripecias durante la estadía. Con ese antecedente, se podría pensar que Diario pinchado, su nuevo libro, es una crónica de esos días. Se trata en cambio de una criatura anfibia, que toma distancia del género intimista por definición, aunque retiene algunos sucesos vividos.

Este diario de viaje escrito por la poeta, crítica de teatro y periodista cultural, autora también de El trabajo de los ojos (2018), es una bitácora de ficción, que se abre como esperanza de encuentro y termina como retrato estallado de una relación, buscando las esquirlas de un amor roto.

“La cercanía es más difícil que la distancia”, escribe la narradora de Diario pinchado, una chica que deja su hogar en Buenos Aires para visitar a su novio, un poeta argentino que disfruta de una beca en la capital alemana y que no demuestra mucho entusiasmo en romper sus rutinas y su concentración. Se muestra más bien distante, aceptando la visita con una frialdad creciente.

Esa perspectiva desacomodada del lugar central o protagónico (el lugar de la novia del becario) deja a la autora del diario en una posición como de observadora entre bambalinas, que no puede evitar sentirse incluso como una compañía molesta, riéndose en los momentos equivocarevelación dos, prácticamente obligada a inmaterializarse, aunque logra cambiar la incomodidad por oportunidad de introspección y ocasión de un breve viaje espiritual.

Entre la desilusión casi inmediata y la disolución final (más que terminar, Diario pinchado se desinfla cuando llega a la última hoja del cuaderno de anotaciones), el relato entrecortado de los días en Berlín admite reflexiones sobre el ejercicio vital del mate en un sitio donde no existe nada parecido a una pava, una doméstica frente a la góndola milagrosa de los quesos alemanes o un beso furtivo con una amiga reencontrada hasta observaciones sobre el teatro y la poesía, la barrera idiomática, el arte de leer un mapa y su inversión exacta, el aprendizaje de perderse en una ciudad como uno se pierde en un bosque, siguiendo el consejo de Walter Benjamin.

La escritura diarística se fragmenta en pequeños rituales de desapego. En confirmaciones de que se puede, en compañía, estar más sola que un perro abandonado. En atisbos del tiempo intenso en el que todo empezó mezclados con preguntas sobre el tiempo perdido en un presente que se desvanece. En las horas estancadas de una separación que está en proceso pero no termina de producirse.

Como el colchón inflable que no deja de perder, donde la pareja se “afantasma” cada noche, Diario pinchado es el relato en cámara lenta de un amor que se va quedando sin aire, sin deseo, sin nada. Ni siquiera un drama. --------------------------------------------------------------------------------------------------------

[Otra Parte]

Intemperie y deslocamiento

Por Diego Peller

Uno de los mandatos más incontestables de nuestra época (al menos hasta la llegada del coronavirus) es ese que afirma que viajar debe ser siempre una experiencia dichosa. Se trata de un poderoso lugar común que atraviesa clases, culturas, géneros, edades. Hay viajes para todos los gustos, desde el hippie introspectivo a las ruinas de Machu Picchu, pasando por el noventoso a los shoppings de Miami hasta el cosmopolita urbano de las becas y las movilidades académicas. No todos podemos, pero todos queremos viajar. Son pocos quienes se animan a afirmar públicamente que preferirían no hacerlo. La literatura es uno de esos lugares excéntricos en que a veces toma cuerpo el lado B de los viajes: experiencias del desarraigo, siempre al borde de la disolución, que son en definitiva las que hacen que verdaderamente pueda valer la pena emprender uno. “Navegar es preciso, vivir no lo es” acaso quiera decir también eso: que sólo vale la pena emprender un viaje cuando este nos pone en el umbral de nuestra identidad. Si no, mejor quedarse por el barrio y no andar contaminando el planeta y desparramando virus por ahí.

Diario pinchado se inscribe en esa tradición que narra la experiencia del viaje desde la intemperie y el descolocamiento. Sucede en Berlín y eso lo sitúa en la serie de memorias dedicadas a retratar esa ciudad, pero en realidad su búsqueda lo acerca más al Diario de Moscú,en el que Benjamin registra sus experiencias en la Rusia bolchevique mientras relata, en tono de triste comedia de enredos, sus desencuentros amorosos con Asja Lacis, la actriz revolucionaria letona que es el verdadero motivo de su viaje. También en Diario pinchado, aunque aquí de manera más programática, el tema principal (un viaje a Berlín) es la excusa para contar otra cosa (el final de una relación). La diarista llega a Alemania para reencontrarse con su novio, luego de tres meses sin verse, y acompañarlo en el último tramo de su estadía. Lo que imagina como un reencuentro romántico rápidamente se transforma en una sucesión de malentendidos. Él está demasiado ocupado en la elaboración del informe final de su beca y en “hacer contactos” con personajes de la escena literaria latinoamericano-berlinesa como para poder prestarle un mínimo de atención. Ella debe recorrer Berlín sola. La ciudad es fría, gris, asfixiante, por momentos bella; le cuesta ubicarse, se pierde, no logra hacerse entender, está fuera de lugar. Esta experiencia de desorientación y desamparo es narrada, paradójicamente, en una prosa serena, con una sintaxis transparente. Las entradas son misivas destinadas a ese novio sin tiempo para leerlas: “Estoy llevando este diario mientras vos hacés una beca. Un diario de los días nublados, del cuerpo destemplado, del tiempo no remunerado por institución alguna, del tiempo no prestigiado, del tiempo perdido en Berlín”. Los desplantes que él le propicia son tan desagradables y recurrentes que resulta difícil imaginar un pasado en el que haya sido una persona querible. ¡Es un tarado, dejalo!, estamos tentados de decirle a la protagonista desde el primer momento. Pero también querríamos preguntarle cómo pudo engancharse con un tipo así. La pareja se desmorona irremediablemente ante nuestros ojos, pero resulta difícil lamentarlo. Nos falta ese detalle singular, ese punctum que nos haga presentir la magia de los primeros momentos míticos del enamoramiento. Sospechamos entonces que es probable que no se hayan amado nunca, y experimentamos cierta tristeza por algo que nunca fue, sí, pero no desgarramiento.

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[Brando]

Perderse en una ciudad como en un bosque

Por Noelia Rivero

El género diario íntimo nos acostumbró a ciertos caminos de lectura. Están los que vienen a desentrañar la vida de alguien consagrado. Otros testimonian una época, viajes a otras ciudades, la infancia. También existe una variante relativamente nueva: aquellos que varios escritores han encarado durante estadías en el exterior garantizadas por alguna beca para artistas, tradición a la que Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980) se arrima con la vocación decidida de una outsider en Diario pinchado (Entropía).

Primera pinchadura. El diario es ficción, habita el género para construir una nouvelle que pueda detenerse en ese único personaje: una joven escritora que viaja a Berlín sin el financiamiento de ninguna institución. Va al reencuentro de su pareja, que reside allí hace tres meses, un becario sumamente concentrado, como dice Alan Pauls en la contratapa, "en sus cositas de poeta". El diario es, entonces, no del escritor sino de este personaje subalterno: segunda pinchadura. A lo Scarlett Johansson en Lost in Translation, esta compañera amorosa empieza a ser un estorbo para la eficiencia indolente de ese poeta en vías de profesionalización, y paulatinamente se va quedando sola en una ciudad un tanto inaccesible. Pero, a diferencia del personaje de la película de Sofia Coppola, esta protagonista escribe y se ocupa de hacerse las preguntas necesarias que la guíen en ese paisaje-pasaje adverso.

"Todos lanzaban risas sonoras, graves, de aprobación, fraternidad entre becarios de ayer y hoy. Escuché un poco las conversaciones sin lograr conectar con ninguna. Vos tampoco hiciste ningún esfuerzo por integrarme, al punto de darme ligeramente la espalda. Me fui a caminar por la casa con una copa de vino blanco en la mano. Husmeé los lomos de los libros en la enorme biblioteca. Me sorprendió encontrar algunos libritos de argentinos. También Heine, Novalis, Brecht. Pensé en robarme alguno pero lo descarté; por mi actitud altanera, iba a ser la principal sospechosa".

A la manera de los DJ, este diario sabe pinchar glosas y citas de buena literatura y arte. Vienen a la mente de la protagonista a cuento de forjar certidumbres, tanto para ella como para los lectores. La mención de la crónica de Ulrico Schmidl -Derrotero y viaje a España y las Indias- que da cuenta del fracaso de la expedición inicial al Río de la Plata forma las primeras nubes agoreras que se ciernen sobre su viaje a Berlín. Luego aparecen los cuadros de Friedrich, con sus personajes que dan la espalda y se enfrentan a horizontes brumosos. Adorno, Brecht y un muy amado Benjamin, que otorga una clave central de lectura, en la entrada escrita durante una madrugada sobre el colchón desinflado donde la pareja duerme.

Mercedes Halfon es escritora, periodista cultural y curadora escénica. Publicó, entre otros textos de narrativa y poesía, El trabajo de los ojos (Entropía, 2018), libro que ya cuenta con ediciones en España y Chile. Recientemente se estrenó el film Las poetas visitan a Juana Bignozzi, que dirigió junto a Laura Citarella. Este intenso trabajo dentro del campo cultural reverbera aquí, con cartografías de lecturas que generosamente comparte, preguntas sobre el peso de las palabras en la poesía y, sobre todo, en el deseo de escribir sin concluir. Evita cerrar sentidos -como Benjamin manda- para que se ramifiquen o aprendan a perderse en cualquier ciudad como en un bosque.

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[Agencia Paco Urondo]

Viaje a Berlín, viaje interior

Por Inés Busquets

No conozco muchos lugares del mundo, solo algunas capitales visitadas tan rápidamente que a veces tengo la sensación que más que haberlas caminado las contemplé desde un avistaje aéreo. Una panorámica general, sin detalles, solo algunas situaciones particulares. Al menos así me llegan a la memoria pasado el tiempo. De todos modos persiste en mí  la idea de conocer Berlín, la meca del arte, la ebullición de la juventud haciendo grafitis por las noches y pintando murales en los restos de un Muro simbólico con muchísimo significado, la celebración permanente del fin de la Guerra Fría. Tal vez atraída por los diarios y las bitácoras escritas sobre la gran ciudad.

De la misma manera también me convocó Diario pinchado, de Mercedes Halfon (Entropía, 2020). Entonces me pregunto: ¿Berlín es la garantía de la felicidad o lo es la persona y su contexto, esté donde esté? ¿Por qué será que construimos en nuestro imaginario un ideal? Algo parecido a elegir locaciones para las escenas de nuestras vidas. Inevitablemente pienso en Las alas del deseo o El cielo sobre Berlín de Wim Wenders y sobrevuelo lo tangible para ser parte de su propia atmósfera.

Aunque curiosamente Diario pinchado me remitió a otra película y a otra ciudad: Perdidos en Tokio de Lucía Coppola. La protagonista llega a Berlín como Scarlett  Johansson, con la ilusión de acompañar a su novio/marido/compañero a una aventura en la cual el encanto del lugar debería alcanzar.

Una vez situadas en estas metrópolis  deben lidiar con la desazón del encuentro, la distancia con la pareja y la gravedad de lo extraño, la soledad, la permanencia  en una Torre de Babel con la imposibilidad de comunicarse.

Diario pinchado empieza en un vuelo: “Aunque hay una frase, estar en las nubes, que considera este lugar una residencia posible.”

El cuerpo y el espacio se dirimen en la propia existencia. Un traslado que sugiere incertidumbre y miedo, pero que solemos tener naturalizado: “Azorada por la costumbre de los argentinos de aplaudir en el aterrizaje. No entiendo ese modo de exteriorizar sus miedos y alegrías.”

El vértigo de las listas de pertenencias, como diría Eco, el check-in y el encuentro.

El diario como parámetro temporal parte un 30 de abril y culmina a fines de junio, en este recorrido es importante dar cuenta de que la temperatura oscila entre la primavera y el verano.

Cada paso de la diarista se vivencia con la cercanía que solo este género puede lograr. De repente una se siente descubierta como el personaje, con un mapa y una brújula en un terreno desconocido.

Avizorar una llegada a tierra extranjera suele ser una promesa de bienestar, sin embargo en Diario pinchado se vuelve un desasosiego y a su vez una revelación. Encontrarse con una misma a veces también es pisar un territorio nuevo.

¿Cuántas cosas sostienen nuestra estabilidad? Un lugar fijo donde vivir, una constelación de vínculos de contención, el conjunto de objetos personales, un universo propio que constituye una tranquilidad. La lógica de la certeza  que muchas veces nos permite obviar algunas incomodidades. Salir de la zona de confort tiene sus riesgos, pero también esconde su costado epifánico.  

En Diario pinchado la narradora se deja atravesar por el acontecimiento. No está sujeta a una planificación, no tiene un programa predefinido, ni siquiera la seguridad del techo hasta el fin de su estadía (que tampoco es fija). Un novio poeta becado en Berlín que en un momento viaja y se vuelve un espectro, una ausencia, un vacío que ella va llenando con la construcción de su propia experiencia. Un camino basado en la intuición y en la observación que deslumbra por su resiliencia.

Mercedes Halfon con cadencia poética muestra imágenes  de un mundo en exploración, a veces el del personaje, otras lo que la rodea.

Una crónica que supone un viaje a Berlín, pero que transmuta en un viaje interior. Una mujer  varada en cualquier parte, que  logra reinventarse y transformar el extravío en su mejor orientación.  

 

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[Tiempo Argentino]

"Me atraen los relatos laterales, los personajes secundarios, los decorados antes que las figuras"

Por Mónica López Ocón

La mirada, siempre al sesgo, parece constituir uno de los rasgos distintivos de Mercedes Halfon. En 2017 deslumbró con El trabajo de los ojos (Entropía) en la que la narración se construía a partir de una mirada estrábica –en su sentido más literal- sobre el mundo. En su último libro, Diario pinchado (también de Entropía) el procedimiento es similar. En este caso, hay una mirada extranjera, extrañada, que le permite a la protagonista mirar su propia relación de una manera distinta.

Halfon se mete en la tradición del diario escrito durante una beca que se le concede a un escritor precisamente para escribir, pero solo que en su caso, hay un desplazamiento: la becaria no es ella, sino su novio.

Tal como dice Alan Pauls en la contratapa, “De novia esperada, ansiosa, entusiasta, la diarista pasa pronto, muy pronto, a ser una insistencia, un lastre y, por fin, una especie de apéndice malhumorado que el novio, demasiado absorto en sus cositas de poeta, deja suelto en Berlín, sin intuir el error que comete.”

En esta nota, Halfon dialoga con Tiempo Argentino acerca de su último trabajo.

-Que un libro se autodeclare como “diario” desde la tapa lleva al lector a suponer que el narrador de la historia y el autor o autora son la misma persona. Sin embargo, podría tratarse perfectamente de una ficción. ¿Hubo algún interés especial de tu parte en esa ambigüedad?

-Claro, que la palabra diario aparezca en el título y que el texto esté estructurado como tal, puede generar la confusión de que se trata de un registro autobiográfico. Pero no lo es. Hice un viaje en 2015 a Berlín donde llevé un diario y algunos episodios están tomados de ahí, sobre todo los paseos por la ciudad, las visitas a los museos y los teatros. Después pasó el tiempo, me olvidé de muchas cosas, tuve que investigar o recurrir a amigos que vivían allá. Introduje otros elementos de los que me interesaba escribir, como la separación de una pareja joven, la sensación de estar perdido en una ciudad, ser extranjero y no comprender el idioma, algunas reflexiones en torno a la poesía y más cosas. Me interesaba el género diario de viaje, que me permitía un tono menor, íntimo, estar pegado a la voz de alguien sin tener noción de lo que ocurre por fuera de ese personaje, son palabras como dichas en voz baja. Estás leyendo lo que alguien percibió en un momento determinado, con días y horas puntuales, lo que se piensa en la madrugada probablemente sea descartado a la mañana siguiente, pero en un diario queda plasmado así, como un registro de sensaciones y estados de cierta ambigüedad o confusión. 

-En tu diario hay ciertos paralelismos que hacen pensar en una ficción. Me refiero, por ejemplo, al “pinchado” de título y al colchón “pinchado”sobre el que duermen la narradora y y su novio. Por otro lado, no está escrito por una becaria sino por la novia de un becario. Desde un principio se plantea como un lugar modesto de observación. ¿Por qué te interesaba ese punto de vista?

-En general me atraen los relatos laterales, los personajes secundarios, los decorados antes que las figuras. Hay una reserva de autenticidad ahí, en lo que no estaba preparado para ser iluminado. Y esto es un poco o que le pasa a la narradora. Está rodeada de poetas premiados, remunerados y ella se siente un poco acomplejada con el entorno. En ese momento ella no está escribiendo poesía, lo que está escribiendo es su diario, que es una escritura sin valor agregado, que se escribe para no ser vista, es más como un espacio de meditación o un compañero de aventuras. Sin embargo hay algunos momentos en que lo que ella vive, lo que experimenta en sus paseos por la ciudad o por el bosque, podría parecerse a la poesía. En el sentido de pensar la poesía como un recorrido marginal, apartado del gran relato, del gran mercado y de las luces de los protagonistas.

-Tu diario rompe con ese criterio tan arraigado de que un viaje necesariamente debe ser feliz, al punto que ser infeliz durante un viaje genera culpa. ¿Estaba esta idea en tu escritura o solo es una conclusión que puede sacar un lector?

-Creo que una de las cosas que más incómoda del diario es que la protagonista esté en Europa, pero no pueda pasarla bien. Dan como ganas de cachetearla, no? Pero al mismo tiempo, como vos decís, el disfrute muchas veces funciona como una imposición, un deber, más cuando se trata de algo tan codiciado y que cuesta tanto esfuerzo como un viaje largo. Eso está en el libro y a la vez no, porque lo único que sabemos es lo que le pasa a ella, que no es una muy buena turista. Hace poco hablaba con un amigo de que a nuestra generación de profesionales de clase media nos ocurrió que con nuestro trabajo nunca vamos a poder comprarnos una casa, pero sí vamos a poder conocer Europa. Es uno de los pocos logros materiales que nos están permitidos y resulta muy antipático no poder abrazarlo. Pero también es válido. Hay gente, como ella, a la que no le resulta tan fácil viajar. 

-Me parece que estar sola en una ciudad que no es la propia genera una soledad muy profunda, sobre todo cuando uno está en una ciudad de la que no conoce el idioma. ¿La escritura en este caso es un terreno familiar en medio de lo extraño?

-Hay un gran extrañamiento con el que una ve cuando está de viaje, que es para mí una situación de por sí literaria, todo está un poco fuera de foco, es una estado muy interesante para escribir. Recuerdo una frase de Enrique Vila Matas que era algo así como Cuando uno viaja de a dos los extraños son los otros, en cambio cuando uno viaja solo, el extraño es uno. Lo que le pasa al personaje de Diario pinchado es que está con otro, viaja para estar con otro, pero igual no puede evitar sentirse extraña. En ese momento de desamparo aparece el diario, que como te decía antes funciona como un par, un compañero de viaje, donde ella puede volcar toda esa inadaptación y a la vez esa rareza que no puede evitar ver en todos lados.

-En tu texto decís que siempre se escribe para alguien. ¿Para quién ese escribe en el caso de tu diario?

-El texto está escrito en bastantes tramos en segunda persona. No es una marca muy notable, pero gran parte del discurso está apuntando en una dirección. Ella le escribe, obviamente, a su pareja, con quien no está pudiendo tener un dialogo fluido por vía directa. En ese sentido hay una suerte de trama epistolar, de la que sabemos solo una mitad, la de ella. Esto se vincula también con una de las acepciones del adjetivo “pinchado” del título. Porque por un lado se trata de un diario –o la ficción de un diario-- pero al mismo tiempo está intervenido, abierto, lo podemos leer.

-¿El viaje que narras es un viaje de revelación? Quiero decir que puesta en otro contexto –ya se trate de algo real o no- la relación reveló lo que no había revelado antes?

-El viaje que se narra es más de transición que de revelación. Ella está demasiado aturdida por la extranjería, por el derrumbe de la relación, como para tener la holgura necesaria para que sobrevenga una revelación. Sí hay pequeños momentos de sorpresa o algunas certezas que van llegando hacia el final, pero creo que este diario es la preparación para que si tiene que ocurrir algo así, ocurra al finalizar el libro. Probablemente cuando el personaje se quede solo y ya nadie lo narre, llegue esa epifanía.

-¿Que alguien se haya incorporado a otra lengua como el alemán de la que la protagonista queda excluida es una de las formas del desencuentro? ¿Un desencuentro es, precisamente, hablar lenguas distintas? El becario parece haber optado por otra lengua que no era la lengua común que manejaba con su novia.

-Creo que todas las familias, las parejas y los grupos de amigos tienen hacia adentro un lenguaje común. Es lógico construir un repertorio que acerque sentidos entre los que se tienen confianza. Un léxico familiar, como escribió Natalia Ginzburg. Esos usos específicos son de las cosas más hermosas que tiene el lenguaje. Pero muchas veces cuando estos vínculos empiezan a fallar es porque este lenguaje se vuelve opaco, se contamina de unos sentidos que ya no permiten la comunicación plena. Todo está cargado de un lastre, como un subtitulado por debajo de lo que se dice, que no permite la comprensión mutua. Eso es un poco lo que le pasa a la pareja del libro. Ya no están de acuerdo en las palabras, lo que significan para cada uno y se impone un silencio que ya no se puede romper.

-¿El desamor es una forma de la extranjería?

-Puede ser, no lo había pensado. Eso es algo que pasa con la literatura, porque los textos están vivos, están de algún modo inacabados, vuelven lecturas que dicen algo que quien escribe no había pensado, van tomando nuevas formas en la lectura y eso es algo que no se puede predecir.

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[Télam]

"Encontré un lugar con más sombra desde donde escribir"

Por Ana Clara Pérez Cotten

La poesía respira ahí donde encuentra oxígeno y la escritora Mercedes Halfon abre intersticios para que suceda en varios rincones de "Diario pinchado", una novela corta con formato de diario que desiste del encasillamiento de los géneros para contar la estadía de la novia de un poeta becado en Berlín.

Halfon (Buenos Aires, 1980) es periodista cultural, crítica de teatro y poeta. En "El trabajo de los ojos" (2017), también editada por Entropía al igual que esta novela, delineó un breve tratado narrativo sobre su estrabismo y el oficio de mirar. Algo de esa subjetividad sobre el punto de vista vuelve a resonar en "Diario pinchado". "Encontré un lugar con más sombra desde donde escribir", sostiene la autora durante la entrevista con Télam.

En su inmersión en la ciudad, la protagonista reconoce padecer eso que bautiza como "el vicio del turista intenso", una inducción permanente, hacer de todo una definición. Sobre esa etnografía del detalle, Halfon edifica una trama que se inscribe en una tradición de diarios y novelas sobre estadías y extrañamientos en la capital alemana.
"Que sea un diario puede prestarse a la confusión sobre el registro autobiográfico y no lo es. Me interesaba el género diario de viaje, que me permitía un tono íntimo, estar pegado a la voz de alguien sin tener una panorámica de lo que pasa por fuera de eso, son palabras como dichas en voz baja", cuenta sobre por qué eligió retomar esa tradición pero desde otro pacto de lectura.

- Télam: ¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿En qué momento se convirtió en algo más que el registro de un viaje a Berlín?

- Mercedes Halfon: Lo escribí durante varios años, mientras hacía otras cosas. Hubo momentos más intensos de escritura y otros en que lo dejé descansar. No es un registro temporal de un viaje a Berlín porque hay una construcción ficcional, el personaje no soy yo sino, como se suele decir, alguien que se parece a mí, pero con otras características que lo diferencian. Hice un viaje en 2015 a Berlín donde llevé un diario y algunos episodios están tomados de ahí, sobre todo los paseos por la ciudad, las visitas a los museos y los teatros. Después el tiempo pasó y me olvidé de muchas cosas. Tuve que investigar, recurrir a mapas, libros, consulté a amigos que viven allá, como Natalia Laube, para refrescar esos datos más "espacio-temporales". E introduje elementos de los que me interesaba hablar, como la separación de una pareja joven, la sensación de estar perdido en una ciudad, ser extranjero y no comprender el idioma, algunas reflexiones en torno a la poesía y más cosas.

- T: ¿Dialogaba con los otros diarios de Berlín mientras escribía el propio? ¿Alguno de ellos la interpeló más? ¿Qué cuestiones distintivas le interesó plantear?

-M.H: Leí varios novelas como "Adiós a Berlín" de Christopher Isherwood, o "Berlín también se olvida" de Fabio Morábito, y otros relatos de viaje que no eran sobre Berlín como "Mi descubrimiento de América" de Mayakovski. Recuerdo sobre todo el de Morábito porque es un diario de un escritor en esa ciudad, que va contando su día a día, pero en un momento toma distancia de eso y cuenta situaciones imaginarias o que me parecieron invenciones. Se permitía abandonar el registro realista e ir hacia cosas que podrían haber ocurrido aunque fueran delirantes. Eso me gustó mucho, me dio una idea que era la de empezar a avanzar hacia zonas posibles aunque irreales, que es a donde terminó yendo mi texto. Otra cosa que pasaba es que casi todos los diarios de escritores de Berlín con los que me topé eran de becarios hombres. Hay un texto de Alan Pauls y otro de Luis Chaves, que leí después, cuando ya había terminado el mío. Y lo que yo estaba contando no era el diario de una becada, sino de la novia del becario. Eso me dio un punto de vista, un lugar con más sombra desde donde escribir.

- T: ¿Establece continuidades entre "El trabajo de los ojos" y "Diario pinchado" alrededor de la mirada?

M.H: Puede ser, no lo pensé así, supongo que habrá conexiones porque son textos míos y que escribí con poco tiempo de diferencia. Quizás algo de ese extrañamiento con el que una ve cuando está de viaje, que es una situación de por sí literaria, ya todo está un poco fuera de foco. Recuerdo una frase de Enrique Vila Matas que leí cuando estaba escribiendo (y que después no pude volver a encontrar) que era algo así "Cuando uno viaja de a dos los extraños son los otros, en cambio cuando uno viaja solo, el extraño es uno". El personaje de "Diario pinchado" está con otro, viaja para estar con otro, pero igual no puede evitar sentirse extraña y creo que ese es un poco el problema.

-T: La búsqueda alrededor de la orientación, de perderse y de encontrarse en un mapa tiene cierto correlato en la voz de la narradora y en lo que le sucede. El diario está pinchado. ¿Qué encuentra la narradora cuando la expectativa se desinfla?

-M.H: Y, se encuentra en un lío. Tiene que vérselas con sus propias dificultades, su incapacidad, atravesar lo que no está totalmente perdido, sino que está en un momento previo. Encontrar formas de supervivencia en esos períodos grises de transición de la vida creo que es lo más difícil. Esa es la búsqueda del personaje a lo largo del texto. Hay un libro que me acompañó durante la escritura que es "Infancia en Berlín" de Walter Benjamin, lo leía constantemente y en un momento empecé a poner fragmentos. Ahí hay una pasaje que dice: "Así, no era lo que se avecinaba lo que pesaba tan terriblemente sobre uno, tampoco la despedida del pasado, sino lo que todavía continuaba, lo que duraba; lo que todavía se armaba, incluso en esta primera etapa del viaje". Eso está en el libro, porque me parecía que expresaba muy bien este estado.

-T: "Que la poesía pueda estar hecha de cualquier cosa no quiere decir que cualquier cosa pueda ser poesía". ¿El registro poético del diario es su marca distintiva?

-M.H: No sé si hay un registro poético, o en todo caso no es algo que haya sido buscado o que haya estado en el centro de mis preocupaciones cuando lo escribía. Supongo que como escribo poesía y la leo y la pienso casi todo el tiempo, esas cosas se pueden colar. En todo caso, es lindo pensar que no hay nada tan estático en los géneros, que la escritura es algo que se domina a medias, que se filtran cosas impensadas y que siempre vuelven lecturas que dicen algo de los textos que quien escribe no los había pensado.

-T: El libro, el diario de un viaje, se publica ahora que estamos encerrados, que las fronteras se reforzaron y que viajar se convirtió en un recuerdo o un anhelo. ¿Eso cambia la lectura y la recepción?

-M.H: La cuarentena me permitió leer más que nunca. Leí más que en todo el año pasado y el anterior junto, en estos seis meses. Entre todo eso que leí está "Mirarse de frente" de Vivian Gornick, donde ella habla sobre caminar por la ciudad. Lo hace en un ensayito que se llama "Vivir sola" en el que defiende ese lugar tan complejo que es resistir la propia soledad y no salir a buscar pareja, amigos o lo que sea que nos disipe esa aspereza de la mañana o esa melancolía de la noche estando sola. Me resultó muy revelador, justamente en medio de la pandemia, en el que la idea de los paseos, de ver el mundo, de encontrarse en medio de una multitud está cancelada. Obviamente caminar es hermoso y viajar también lo es, pero ese ensayo me permitió pensar en qué otras maneras se pueden encontrar para convivir con una misma. Algo nuevo se me apareció con esa lectura, algo que estaba en el libro y a la vez no, que se sumó por leerse en este contexto. Creo que eso pasa siempre con la literatura, los textos están vivos, de algún modo inacabados, siempre van tomando nuevas formas en la lectura y eso es algo que nadie puede predecir.