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  Diario pinchado
Mercedes Halfon

117 páginas; 16,5x12 cm.
Entropía, 2020
ISBN: 978-987-1768-59-2
   
     
   
     
 

Culpa de becarios como Morábito, Frisch, Chaves y Gombrowicz, no hay (casi) escritor que no se haya traído de Berlín su versión “diario íntimo” de la ciudad. Esa tradición es la que Mercedes Halfon recoge en su Diario pinchado con la sensibilidad de una observadora oportuna, que habla de sí cuando habla del mundo y viceversa. Y lo hace asumiendo un doble desafío: acá la diarista –como el futuro– es mujer, y no es la titular de la beca sino la novia del becario. De novia esperada, ansiosa, entusiasta, la diarista pasa pronto, muy pronto, a ser una insistencia, un lastre y, por fin, una especie de apéndice malhumorado que el novio, demasiado absorto en sus cositas de poeta, deja suelto en Berlín, sin intuir el error que comete.

Crónica a la vez triste y risueña, Diario pinchado degrada a su víctima y al mismo tiempo la redime, transformándola –nietzscheanamente– en eso que siempre fue: una outsider (una anti etnógrafa). Alguien a quien las cosas no le salen como esperaba y de un día para el otro, varada en una ciudad poco amable, debe arreglárselas con lo que tiene: talento para ser invisible, para ocupar espacios laterales que no quiere nadie, para inventarse vidas suplentes, complicidades artesanales, felicidades frágiles, modestas, de las que no teníamos noticias y que nos conmueven.

Alan Pauls

Contratapa
     
   

Sábado 9 de mayo, noche

Momento favorito del día: cuando llega la noche. Vine a esta ciudad a tener una epifanía doméstica frente a la góndola de los quesos en el supermercado. La multiplicidad, la calidad ¡y los precios! Vengo de un país esencialmente agrícola-ganadero pero es acá donde pruebo auténticos lácteos de excelencia sin tener que dejar mi sueldo en la caja. También los panes son ricos, hay variedad de cereales y texturas. Después preparo, combino los elementos. Busco llamarte la atención con la comida, a veces lo consigo. 

 

Domingo 10, mañana

Me dijiste que tenías trabajo para la beca, que necesitabas concentrarte, que no te iba a alcanzar el tiempo, que a fin de mes tenías que entregar un informe de tu proyecto de escritura, que además ya habías visto los lugares turísticos cuando llegaste, que no te daban ganas de verlos otra vez, que por qué no intentaba salir sola esta semana y no preguntarte todo a vos, que no fuera tan casera, tan capricorniana, que hiciera un esfuerzo por orientarme en la ciudad, que si me llegaba a perder podía preguntar, que no era tan difícil hacerse entender, ¿no? 

Pero los dos sabemos que lo más difícil de todo es eso: hacerse entender. 

 

Tarde

Descartada la opción de visitar los lugares con vos, tengo que asumir un problema. Carezco de ese dispositivo mental o quizá corporal que permite crear rápidamente puntos de referencia para orientarse en un lugar nuevo. 

Me pasa hasta en ciudades a las que fui toda la vida, como algunas en el sur de la Argentina o en la costa atlántica. No me ubico. Es algo más que ser despistada o no ver bien. Es un sentido que me falta. 

Sé que hay modos de suplir esa carencia natural y hago grandes esfuerzos: analizar mapas en papel, virtuales, gps, Google Street View, pero a veces ni eso es suficiente. En los mapas hay demasiadas líneas de colores, demasiados puntos, demasiados niveles, demasiadas siglas. Hace un rato estuve intentándolo, pero no hay caso. El idioma tampoco ayuda. Creo que el problema principal es que no puedo relacionar lo que veo en los lugares reales con la síntesis que hacen los mapas. Me detengo en cosas que no son las centrales. Fugas, detalles inconducentes, pavadas. No puedo sintetizar. 

Intento sobrevivir así, por eso no soy aventurada. Todavía no me siento en condiciones de ir lejos o tomarme medios de transporte. Pero a pie y en distancias cortas, me atrevo. De cometer algún error se puede retroceder: a esa velocidad un cambio de rumbo no es del todo dramático. 

 

Fragmento
     
   

Autora

 

Foto de solapa:
Catalina Bartolomé
 
                     

Mercedes Halfon (Buenos Aires, 1980) es periodista cultural y curadora en artes escénicas. Ha publicado textos breves de narrativa, una novela en colaboración y poesía. Su libro El trabajo de los ojos (Editorial Entropía, 2018) fue publicado en Chile (Lecturas ediciones) y en España (Las afueras).Dirigió junto a Laura Citarella el film Las poetas visitan a Juana Bignozzi (2019).

 


   

Reseñas

Revista Ñ
(Martín Kohan)

Entrevistas

Télam
(Ana Clara Pérez Cotten)


[Revista Ñ]

Escombros en Berlín

Por Martín Kohan

¿Por qué viaja de Buenos Aires a Berlín alguien que, según dice, odia viajar? ¿Y por qué lleva un diario de viaje si, una vez ahí, confirma lo que ya sabía: que los viajes para ella están sobrevalorados? El Diario pinchado que compone Mercedes Halfon no tiene la marcación abrupta de las revelaciones, sino la tristeza suave de lo que se intuye y se confirma. Berlín no va a ofrecerle en principio otra cosa que incomprensión y desorientación, ajenidad y días grises. Sin espíritu de aventura ni sentido de la curiosidad, sin esos dos combustibles primarios del buen viajero, la narradora no puede sino entregarse a la metódica cadencia de los días que se suceden. Esa que un diario expone, ante todo, por su forma.

Pero Berlín no es el objeto de este viaje, apenas su escenario. ¿Cabrá seguir aquí, según los giros del género, esta consigna reformulada: “cherchez l’homme”? Se hace este viaje por amor (pero el amor no impone un sacrificio, se impone como necesidad). No por nada entre las referencias de este diario consta otro, Diario de Moscú de Walter Benjamin, el de un berlinés arrojado a su propia extrañeza detrás de una mujer, Asja Lacis, con la que va, a un mismo tiempo, a encontrarse y desencontrarse.

Esta novela en forma de diario tiene algo de eso mismo. Si la narradora va hasta Berlín es porque ahí se encuentra su novio, quien ha comprado, con una beca, tiempo libre para escribir (aunque la beca paradójicamente le impone plazos, algo que la escritura de por sí, no tiene; y así el tiempo, en vez de sobrarle, le falta). El diario de viaje resulta entonces más bien una crónica de amor. Y ajustando algo más los términos, la crónica de un desamor. Porque el desamor es a menudo una parte del amor, una etapa en su historia, y no meramente su antítesis o apenas un desenlace exterior. El desamor es a veces un trance que hay que pasar, no menos que el amor, todavía con el otro. Mercedes Halfon anota en Diario pinchado: “Pero mucho más difícil que la distancia es la cercanía”. Y hace falta esa cercanía, hace falta el viaje a Berlín, para verificar, en presencia, esa forma brutal de la ausencia: que el otro está ahí, con nosotros, pero ya no nos quiere (no nos quiere y no nos lo dice, probablemente porque ni siquiera lo sabe).

Tampoco esto es una revelación, sino más bien una comprobación, y Halfon acierta con el tono sereno que le imprime a su novela. Está el amor a primera vista y está el desamor a última vista. Que puede tramarse de a dos, extrañamente de a dos, en cierto modo. No hay estallidos en el desenlace. Es igual que esos cementerios bombardeados de los que se habla en algún momento: destrucción de lo que ya estaba muerto. O es igual que el proceder de esos escuadrones de mujeres que se ocuparon, en Berlín, de remover los escombros de la guerra; la imagen de la portada del libro las convoca; las mujeres, dice Halfon, “sabemos qué hacer con los restos”.

Diario pinchado se integra en forma notable a toda una serie de narradoras en Alemania, con La habitación alemana de Carla Mailandi (2017) y La lengua alemana de Julieta Mortati (2018), y aun cabe retrotraerse a La ingratitud de Matilde Sánchez (1990). Mailandi escribía: “Todo lo siento ridículo ahora. Ridículos los adornos con que intento cubrir las ruinas” (está en Heidelberg, “una de las pocas ciudades alemanas que no han sido bombardeadas”). Mortati escribía: “En Vluyn hay una montaña artificial donde se guardan los restos de la guerra: los escombros de las casas destruidas por las bombas, por ejemplo”.

Pero las “trümmefrauen” que invoca Halfon no se ocupan de cubrir ruinas ni tampoco de amontonarlas hasta formar una montaña: se ocupan de retirarlas, se ocupan de hacerlas a un lado. Las tres mujeres que pueden verse en la tapa de Diario pinchado sonríen a la cámara mientras remueven escombros, porque saben “qué hacer con los restos”. La narradora, aunque transida de melancolía con los restos de un desamor, va en procura de una sonrisa semejante, está tratando de hacerla posible.

El diario se acaba cuando se acaba el cuaderno en el que se lo va escribiendo (la novela también). Suena simple: “Este cuaderno se termina, le quedan muy pocas hojas, pero lo voy a escribir hasta el final”. El final de un amor puede resultar más incierto, no está tan claro cómo es que se termina, tampoco cuándo, puede que tampoco por qué. Ocurre como ocurren algunos viajes. Llega como llega un día, después de otro que no necesariamente lo anunciaba.

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[Télam]

"Encontré un lugar con más sombra desde donde escribir"

Por Ana Clara Pérez Cotten

La poesía respira ahí donde encuentra oxígeno y la escritora Mercedes Halfon abre intersticios para que suceda en varios rincones de "Diario pinchado", una novela corta con formato de diario que desiste del encasillamiento de los géneros para contar la estadía de la novia de un poeta becado en Berlín.

Halfon (Buenos Aires, 1980) es periodista cultural, crítica de teatro y poeta. En "El trabajo de los ojos" (2017), también editada por Entropía al igual que esta novela, delineó un breve tratado narrativo sobre su estrabismo y el oficio de mirar. Algo de esa subjetividad sobre el punto de vista vuelve a resonar en "Diario pinchado". "Encontré un lugar con más sombra desde donde escribir", sostiene la autora durante la entrevista con Télam.

En su inmersión en la ciudad, la protagonista reconoce padecer eso que bautiza como "el vicio del turista intenso", una inducción permanente, hacer de todo una definición. Sobre esa etnografía del detalle, Halfon edifica una trama que se inscribe en una tradición de diarios y novelas sobre estadías y extrañamientos en la capital alemana.
"Que sea un diario puede prestarse a la confusión sobre el registro autobiográfico y no lo es. Me interesaba el género diario de viaje, que me permitía un tono íntimo, estar pegado a la voz de alguien sin tener una panorámica de lo que pasa por fuera de eso, son palabras como dichas en voz baja", cuenta sobre por qué eligió retomar esa tradición pero desde otro pacto de lectura.

- Télam: ¿Cómo fue el proceso de escritura? ¿En qué momento se convirtió en algo más que el registro de un viaje a Berlín?

- Mercedes Halfon: Lo escribí durante varios años, mientras hacía otras cosas. Hubo momentos más intensos de escritura y otros en que lo dejé descansar. No es un registro temporal de un viaje a Berlín porque hay una construcción ficcional, el personaje no soy yo sino, como se suele decir, alguien que se parece a mí, pero con otras características que lo diferencian. Hice un viaje en 2015 a Berlín donde llevé un diario y algunos episodios están tomados de ahí, sobre todo los paseos por la ciudad, las visitas a los museos y los teatros. Después el tiempo pasó y me olvidé de muchas cosas. Tuve que investigar, recurrir a mapas, libros, consulté a amigos que viven allá, como Natalia Laube, para refrescar esos datos más "espacio-temporales". E introduje elementos de los que me interesaba hablar, como la separación de una pareja joven, la sensación de estar perdido en una ciudad, ser extranjero y no comprender el idioma, algunas reflexiones en torno a la poesía y más cosas.

- T: ¿Dialogaba con los otros diarios de Berlín mientras escribía el propio? ¿Alguno de ellos la interpeló más? ¿Qué cuestiones distintivas le interesó plantear?

-M.H: Leí varios novelas como "Adiós a Berlín" de Christopher Isherwood, o "Berlín también se olvida" de Fabio Morábito, y otros relatos de viaje que no eran sobre Berlín como "Mi descubrimiento de América" de Mayakovski. Recuerdo sobre todo el de Morábito porque es un diario de un escritor en esa ciudad, que va contando su día a día, pero en un momento toma distancia de eso y cuenta situaciones imaginarias o que me parecieron invenciones. Se permitía abandonar el registro realista e ir hacia cosas que podrían haber ocurrido aunque fueran delirantes. Eso me gustó mucho, me dio una idea que era la de empezar a avanzar hacia zonas posibles aunque irreales, que es a donde terminó yendo mi texto. Otra cosa que pasaba es que casi todos los diarios de escritores de Berlín con los que me topé eran de becarios hombres. Hay un texto de Alan Pauls y otro de Luis Chaves, que leí después, cuando ya había terminado el mío. Y lo que yo estaba contando no era el diario de una becada, sino de la novia del becario. Eso me dio un punto de vista, un lugar con más sombra desde donde escribir.

- T: ¿Establece continuidades entre "El trabajo de los ojos" y "Diario pinchado" alrededor de la mirada?

M.H: Puede ser, no lo pensé así, supongo que habrá conexiones porque son textos míos y que escribí con poco tiempo de diferencia. Quizás algo de ese extrañamiento con el que una ve cuando está de viaje, que es una situación de por sí literaria, ya todo está un poco fuera de foco. Recuerdo una frase de Enrique Vila Matas que leí cuando estaba escribiendo (y que después no pude volver a encontrar) que era algo así "Cuando uno viaja de a dos los extraños son los otros, en cambio cuando uno viaja solo, el extraño es uno". El personaje de "Diario pinchado" está con otro, viaja para estar con otro, pero igual no puede evitar sentirse extraña y creo que ese es un poco el problema.

-T: La búsqueda alrededor de la orientación, de perderse y de encontrarse en un mapa tiene cierto correlato en la voz de la narradora y en lo que le sucede. El diario está pinchado. ¿Qué encuentra la narradora cuando la expectativa se desinfla?

-M.H: Y, se encuentra en un lío. Tiene que vérselas con sus propias dificultades, su incapacidad, atravesar lo que no está totalmente perdido, sino que está en un momento previo. Encontrar formas de supervivencia en esos períodos grises de transición de la vida creo que es lo más difícil. Esa es la búsqueda del personaje a lo largo del texto. Hay un libro que me acompañó durante la escritura que es "Infancia en Berlín" de Walter Benjamin, lo leía constantemente y en un momento empecé a poner fragmentos. Ahí hay una pasaje que dice: "Así, no era lo que se avecinaba lo que pesaba tan terriblemente sobre uno, tampoco la despedida del pasado, sino lo que todavía continuaba, lo que duraba; lo que todavía se armaba, incluso en esta primera etapa del viaje". Eso está en el libro, porque me parecía que expresaba muy bien este estado.

-T: "Que la poesía pueda estar hecha de cualquier cosa no quiere decir que cualquier cosa pueda ser poesía". ¿El registro poético del diario es su marca distintiva?

-M.H: No sé si hay un registro poético, o en todo caso no es algo que haya sido buscado o que haya estado en el centro de mis preocupaciones cuando lo escribía. Supongo que como escribo poesía y la leo y la pienso casi todo el tiempo, esas cosas se pueden colar. En todo caso, es lindo pensar que no hay nada tan estático en los géneros, que la escritura es algo que se domina a medias, que se filtran cosas impensadas y que siempre vuelven lecturas que dicen algo de los textos que quien escribe no los había pensado.

-T: El libro, el diario de un viaje, se publica ahora que estamos encerrados, que las fronteras se reforzaron y que viajar se convirtió en un recuerdo o un anhelo. ¿Eso cambia la lectura y la recepción?

-M.H: La cuarentena me permitió leer más que nunca. Leí más que en todo el año pasado y el anterior junto, en estos seis meses. Entre todo eso que leí está "Mirarse de frente" de Vivian Gornick, donde ella habla sobre caminar por la ciudad. Lo hace en un ensayito que se llama "Vivir sola" en el que defiende ese lugar tan complejo que es resistir la propia soledad y no salir a buscar pareja, amigos o lo que sea que nos disipe esa aspereza de la mañana o esa melancolía de la noche estando sola. Me resultó muy revelador, justamente en medio de la pandemia, en el que la idea de los paseos, de ver el mundo, de encontrarse en medio de una multitud está cancelada. Obviamente caminar es hermoso y viajar también lo es, pero ese ensayo me permitió pensar en qué otras maneras se pueden encontrar para convivir con una misma. Algo nuevo se me apareció con esa lectura, algo que estaba en el libro y a la vez no, que se sumó por leerse en este contexto. Creo que eso pasa siempre con la literatura, los textos están vivos, de algún modo inacabados, siempre van tomando nuevas formas en la lectura y eso es algo que nadie puede predecir.