Editorial
Autores
Blog!

Contacto
Librerías

 

Diarios del capitán
Hipólito Parrilla
Rafael Spregelburd
136 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2018
ISBN: 978-987-1768-51-6

       
       
             
           
           
 

"Había que filmar una película, una desbordada de acción y de ternura y de sábados, es decir, una tierna de sábados de súper acción, y es probable que yo, el actor que debía interpretar al chambón del capitán Parrilla, sintiera que tal vez la pluma pudiese acudir en mi rescate cuando las cosas se me hicieran tan turbias que no supiera ya qué dar de mí.

Así que me aferré a ella como a un salvavidas, como al estribo que me mantuvo provisoriamente en esa mula retobada, me aferré como a menudo al chiquero portátil, ese tractor vacilante que se deslizaba sobre el barro formoseño y que en su corcoveo cobró la vida de algunos audaces mal asidos, me pegué a la escritura porque probablemente el dolor era tan grande como la risa y si uno no da cuenta de ello sólo queda la vaga sensación de un dolor mal formulado. Hacer Parrilla duele de mil formas diversas, mas no me quejo: los actores buscamos el dolor tanto como las personas el placer o los directores de fotografía un cielo sin nubes movedizas. Así que empecé a escribir los Diarios para no dejar escapar ninguna impresión. Yo fui feliz en esos días. Todos lo fuimos."

R.S.

 

Contratapa
                 
 
           
               
                   
Fragmento

Miércoles 20 de mayo de 2015 /
Día 6: Siesta de noche

Es hoy el día más extraño, más largo y más desdibujado que toda esta aventura haya querido dar a luz. Pues la jornada, tal como logro relatarla, no acaba de empezar nunca jamás. ¿Es día o noche esta neblina que encierra los secretos del estero? Nos hemos acomodado en las hamacas, la mía a un codo de distancia de aquella en la que duerme Carayá, que de un tiempo a esta parte se me ha hecho –sin que pueda yo explicar por qué– el más confiable. Les he dado instrucciones de dormir y no he verificado si es la hora. Tal vez la mano herida de una herida de la que ni médico ni yo podríamos saber nada esté enviando febriles pulsos a mi mente, pero el deseo de dormir es tan punzante como otrora el de Rita, o como para Gaspar Toledo el de café, o como para el Baqueano el de inyecciones, o como para Querosén el de porongo coronado de bombilla. Sólo pretendo dormir y que en el sueño lidien las ideas encontradas, para que gane por fin la que se sostenga en su propia contundencia y de allí forjar la nueva orden a la tropa. ¿Qué se han pensado, que por ser capitán sé más que los demás sobre el destino o sobre cómo doblegarlo? Del destino nadie sabe nada, salvo los oráculos y el tiempo. Y si bien mis órdenes han sido hasta el momento tal vez contradictorias, al menos podré aducir en mi defensa que han sido obedecidas sólo en ráfagas. Hace tiempo que no veo la canoa ni los bueyes y no sé si se han ido con los desertores o con los hombres que mandamos a traerlos, o si simplemente los dejamos en otra parte durante este circular estéril en el lodo. También se me hace difícil reconocer mi propia carga. Repaso las hamacas en la pútrida arboleda; los hatos de ropas, colchas y odres de agua deberían haber llevado nombres, pues ahora los veo adjudicados a cualquiera y es un milagro que mi espada sea aún mi propia espada. Es como si una fuerza viva, inadmisible, nos despertrechara por las noches y nos reacomodara como rastis con el alba. Lo mismo pasa con las lanzas, la ropa, con la piel y los calzones. Estamos colgados en hamacas pretenciosas como si fuéramos la suma de un revoltijo de otra noche; las cosas están todas, pero lo que es de uno está en el otro, por no hablar de los rocines, que a veces están y a veces el viento se los lleva.

He soñado levemente que cabalgaba en elefante. O en algo parecido. Una bestia enorme de andar intermitente que nos llevara en su grupa de a puñados: ora viajo con cinco, ora con quince, y la bestia se desliza por el lodo igual que un antiguo dinosaurio. Supongo que debo explicar qué es un dinosaurio, puesto que no es común en esta época que muchos sepan de qué hablo: existieron mucho antes que nosotros pero aún no se estila hablar de ellos. Son como grandes caballos con corazas de quelonios; vuelan algunos. He visto sus dibujos fantasiosos en las reproducciones de los libros de zoología a los que Padre era sin duda tan afecto, pero es sabido que la zoología es –como ciencia– algo imprecisa y que a veces completa con imágenes lo que debería haber sido certeza y adn. Pues en el sueño me mecía yo en este quelonio chato y obstinado y resbalaba hacia mi hamaca, ora hacia ella y ora de regreso otra vez a un sitio seco, que en el sueño significaba mi santuario y que en la vida real no he hallado nunca. El sitio seco era un decir: mojado estaba, al igual que el resto del paisaje, pero en él las letrinas ofrecían la privacidad que niega impertérrito el pantano y a veces la comida caliente saciaba el apetito como una caricia que –digámoslo– nos diera como una cachetada alguna amante despechada envilecida. Pero en las circunstancias dadas, sólo a un loco, a un quisquilloso o a un vegano se le ocurriría no agradecer el alimento. Era, además, alimento dado en sueños, porque no engordaba nada
nuestra tripa y al despertar en las hamacas volvíamos a tener
hambre de harinas y garbanzos, café y chocolatada, danones
y risotos. ¡Qué desgracia, comer como chanchos en el sueño
y pasar hambre de vuelta en la jornada! Pues así se quiso ordenar mi pesadilla: he dormitado –en suma– todo el día.
Creí escuchar en sueños un crujido de briznas y de pasos
mezclado con las voces de mis hombres. ¿Es Vicuña Porto
quien habla, es Zama acaso? El primero lo amenaza con dulzura:
"Si no te mueves, vivirás", y yo, a quien no va dirigida
la instrucción, me quedo quieto pues vivir quiero. Después,
siempre en el sueño, he sentido que una nube de langostas
opacaba la luz nocturna de la luna, eran sombras de cierta intermitencia, y más ruido de briznas y pisadas. ¿Qué sería
aquello, que sólo cobra forma en los sueños y que al abrir los
ojos seguramente será nada? Permanezco dormido y puede
que con algunos grados de fiebre en la cabeza. Es esta mano,
picada por un bicho. No importa: si aumento mi pulso y mi
temperatura, el calor de la carne hervirá al organismo mal introducido por natura en mi torrente y el bicherío muerto será recogido por una red en los riñones, para salir de mí en el primer orín de la mañana. Eso es si logro desatar estos pantalones que vienen adheridos a un chaleco, y este a un cinto, del cual cuelgan mis botas: repaso en silencio el orden de las cosas para ver si deduzco cómo empezar primero a desvestirme.Pero como en un grabado de Escher, mi ropaje está atado de sí mismo y es como si me lo hubiera dado un brujo o un cretino para dejarme amortajado sin escape, al menos mientras dure la aventura. Cuando por fin dé con la cabeza de Vicuña, cortaré sin más las telas a mi antojo y recuperaré mis miembros uno por uno y en el orden que yo quiera, empezando probablemente por el viril miembro, acorralado. Que no es bueno que el hombre se someta a la camisa y sí en cambio que esta le obedezca.

Si no te mueves, vivirás. Tal el susurro que me invita a no moverme. Tampoco Zama se mueve; ni él, ni nadie. ¿Qué sueño extraño es este, donde la luna pava calienta como el sol, donde las moscas se niegan a dormirse? ¿Qué sueño, qué noche americana, que termina de nuevo en el saurópodo deslizándose escabroso por el lodo para devolverme a ese santuario con letrinas en el que carezco de noción, de yo o de aire? Pues he dormido todo el día, toda la noche, mientras –sospecho– las acciones decisivas se ubicaban seguramente en otro lado. ¿Seré víctima mañana de alguna de estas acciones que me ignoran? ¿Habré de padecer sus efectos como siempre? ¿Qué habrá pasado? No puedo sino esperar hasta mañana para saberlo y para así referirlo a esta libreta. Arriesgo tres hipótesis: la primera es que han bajado seres de luz de otro planeta, unos sueiros que han pasado entre nosotros como ondas de agua, sin tocarnos pero hiriendo nuestros flancos, sin llevarse la carne pero soplando ligeramente los cabellos, sin envenenarnos pero sembrando la duda con cosquillas.

La segunda es que no ha pasado nada. El viento. La ventolina de la noche, confundida, bochornosa, el hálito letal de torvas emulsiones del pantano.

La tercera es descabellada pero en tren de hacer hipótesis la planteo: que un grupo entero de una tribu vecina, pero aun así distante, se ha disfrazado de otra tribu, o de esa misma
tribu pero antes; guiados por el fulgor de sus ancestros se
han revolcado en las cenizas de sus muertos, y así, grises, cenicientos, han querido atravesarse entre nosotros. Es una
idea loca, lo sé, sin asidero. ¿Por qué tal cosa? ¿Por qué cruzar sus líneas con las nuestras, cuando nuestros destinos no se tocan? ¿Por qué entretejer los dedos de una mano con los
de otra que nunca se han unido en rezo? ¿Es esta también
una advertencia, amistosa pero firme, para que sepamos
unos y otros lo que somos? ¿Qué es este pantano, entonces?
¿Es fuente de sabiduría y desengaño? Pues yo sé bien quién
soy, yo soy Parrilla, y persigo en la foto formal de un asesino una misión mayor que ya he aclarado: el fantasma de mi padre me declara la guerra y para seguir viviendo entre los vivos debo pasar por encima de su sombra y arrancarme estas
telarañas de la cara, este malhumor del que todos se hacen
mofa, estos nubarrones que algunos ilusos podrían confundir
con apetito de poder y autoridad. Debo echar luz sobre
esa sombra, ya que sólo así me verá el mundo; sólo así reparará Rita en mis encantos, que le son por ahora inadvertidos.

Así es que he dormido y he dejado que las cosas se preparen
solas, por allí, en cada rinconcillo, para que en el
próximo embate pueda yo verlas y desenvainar la espada y
darles fin.

O eso, o me ha caído mal algo en el guisado.

     

Autor

 

 

Fotografía:
Mauricio Cáceres
(Teatro Nacional Cervantes)

   

Rafael Spregelburd (Buenos Aires, 1970) es dramaturgo, director, actor, cineasta, guionista, docente y traductor. Cuenta con más de treinta obras estrenadas, entre las que se destacan la Heptalogía de Hieronymus Bosch, Remanente de inviernoCuadro de asfixiaBizarraLúcidoAcassuso
Bloqueo, Buenos AiresApátrida y Spam, con las que ha ganado un centenar de premios nacionales e internacionales –entre ellos el Tirso de Molina, el Ubu, el Casa de las Américas, el ACE, el Trinidad Guevara y el María Guerrero–. Se formó en dramaturgia y dirección con Ricardo Bartis, Mauricio Kartun y José Sanchis Sinisterra; fundó la compañía El Patrón Vázquez, y ha trabajado como autor comisionado y como director para importantes teatros del mundo.

 
 

Reseñas

 

Entrevistas