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  5
Sergio Chejfec

177 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2019
ISBN: 978-987-1768-58-5
 
     
   
     
 

"Este libro resulta de un deseo simple e incumplido. Durante bastante tiempo quise volver a un relato escrito en los 90, en condiciones que me parecieron únicas. Pero cuanto más porfiaba el deseo de reescritura, más se perfilaba la historia como documento de trances particulares. El relato se exhibía como prueba, la experiencia como anomalía. De este modo el original adquirió una condición mentalmente definitiva y se cristalizó en su singular circunstancia.

Entonces decidí tomar Cinco como lo que había sido en un principio: una historia devocional, en parte ofrendada a unos pocos y admirados títulos. A la pregunta improbable acerca de lo que se puede hacer a partir de una ficción, añadí una respuesta: proponer una explicación. Una explicación que no explique sino que subraye los puntos de una historia inconclusa, a la manera de un bordado incompleto. Un relato no menos ficticio, pero instalado en esa zona oculta, o movediza, que es la intervención explicativa.

De ahí el deslizamiento de Cinco a 5. El número busca indicar aquello apenas aludido por medio de las letras. No se trata de la búsqueda de lo cierto, sino de una confianza en la explicación como modesta y atenta disposición comunicativa; o sea, como forma paralela a la ficción –en ocasiones muda–."

Sergio Chejfec

Contratapa
     
   

La Residencia entregaba a los invitados pases de acceso a la biblioteca local, al Acuario, a algún otro lugar público, y también un abono multiuso para el transporte urbano –todavía conservo el pequeño tarjetero de plástico amarillo–. De modo que el escritor de turno podía convertirse muy fácilmente en una presencia fantasmal y a la vez frecuente en el ancho territorio de las cercanías. Me subía, por ejemplo, a cualquier autobús que recorría las localidades del lugar, y al mostrar el pase se me hacía claro que no solamente el conductor, obvio, sabía quién era este viajero, sino que los otros pasajeros también se enteraban. Luego giraban en sus asientos para mirarme, como si al comprender que yo no consistía en una mera entidad abstracta mencionada en los boletines municipales, sino en un cuerpo cierto, quisieran saber un poco más sobre mí, observándome. 

Un día normal podía incluir, para descanso de la concentración literaria, si puedo llamarla así, un paseo prolongado. Viajaba hasta alguna cabecera alejada y luego volvía en el mismo autobús. En general, sólo el chofer y yo llegábamos al final del recorrido, pocas veces alguien más. Debía esperar unos cuarenta minutos hasta la próxima partida, lapso que se imponía como una experiencia de tiempo disponible bastante física, porque las opciones de actividad se reducían a muy pocas cosas, prácticamente a una sola, como vengo diciendo, o a lo sumo dos, el andar a pie y la contemplación, ambas acciones enlazadas. Me alejaba de la caseta de cabecera a través de unas calles solitarias, cuyas casas parecían cerradas a perpetuidad aun cuando fuera evidente que estaban habitadas. Era la condición del extrarradio, una forma de lo urbano, pensaba, que parecía más secreta por el solo hecho de ser indistinta.

El chofer, por su parte, se dirigía a la caseta apenas dejaba el autobús. Allí lo esperaba el anfitrión –o inspector–, cuyo trabajo consistía en la vigilancia sosegada e inmóvil, aun más pasiva de lo que sería la rutina pensativa de un farero. Para ese «anfitrión» del refugio de cada cabecera existía un nombre particular cuyo equivalente laboral o gremial en castellano u otro idioma nunca encontré, y que tampoco sé hasta el día de hoy si correspondía a un uso local o extendido. De modo que lo llamo anfitrión, aunque también se le podría decir «inspector», como sugerí recién. La caseta del anfitrión era un módulo de materiales galvanizados y plásticos, un tanto más grande que una cabina de vigilancia; el cuerpo blanco por fuera y con ventanas apenas redondeadas, paneles de acrílico transparente semejantes a parabrisas. Seguramente una cabina así concebida para observar no sólo la llegada o salida de los autobuses sino también para verificar las condiciones generales en que se producían.

Apenas ingresaba al refugio, el chofer se ponía a explicarle algo al anfitrión y luego no dejaban de hablar en ningún momento. El anfitrión tomaba notas, como si cada palabra del chofer tuviera que ser transcripta. Yo tenía la impresión de que reiniciaban una conversación suspendida en la vuelta anterior. Como efecto de la sonoridad de los materiales con que estaban construidas las casetas, desde una gran distancia escuchaba la vibración de las voces –aunque no entendiera lo que decían–.

Una tarde tuve la impresión de que me señalaban. Todavía faltaban cinco minutos para la salida del autobús, acababa de terminar mi paseo por el barrio desierto. Observaba con atención las ventanas de la cabina, que con su forma oblonga parecían antiguas pantallas de televisión a través de las cuales una imagen a medias plausible se traducía en una visión acaso real. Obvio, me pareció asistir a la escena de un drama: el anfitrión apuntó en mi dirección con la mano, alzando un poco la voz y mirando algo recién anotado en la planilla; a ello el chofer respondió cabeceando hacia mí, como si dijera así que yo carecía de la menor importancia. Habrán pensado que los vidrios los protegían, seguramente no les importaba ser observados, aunque creyeran que eran ellos quienes observaban a través de esas ventanas, de las que –por otra parte– resultaba muy difícil apartar la mirada. Enseguida pensé que si había algún cansancio o apatía en sus gestos, se dirigía a los escritores residentes, parásitos literarios del transporte urbano que polinizaban su ocio a lo ancho de la geografía local.

Los entornos de las cabeceras eran por lo general bastante parecidos, pero dependiendo del clima mis preferidas eran las más aisladas, ubicadas en confines apenas poblados, zonas bajas y secas, con poca vegetación y una permanente luz apagada. Los bajos ribereños tampoco estaban muy lejos, el río se intuía aun cuando no alcanzara a verse. Me internaba en esos terrenos de nadie y advertía que los suelos eran de una suavidad más delicada que la arena. En algunas partes se oscurecían cuando la humedad subterránea buscaba la superficie, dibujando aureolas de tamaño variable, de un marrón intenso en el centro y paulatinamente más tenues hacia los perímetros. Al pisar esas manchas podía percibir una blandura creciente hacia el interior, hasta que los pies tendían a enterrarse, se sentían apretados o incluso engullidos por el terreno, y la lucha entre atracción y miedo a quedar atrapado, o a hundirme directamente, que ganaba el miedo, me hacía retroceder al borde seco y observar la zona oscura con inquietud, fascinación, recelo; y con un poco de vergüenza aun cuando nadie fuera a verme, porque sentía que mi reacción había sido exagerada, propia de un citadino. Suponía también que la salinidad del suelo debía ser alta, aunque me extrañaba que la superficie, mirada en lontananza, careciera de destellos plateados, aun en los días luminosos, como suele ocurrir.

Este abandono semisilvestre mechado de sencillos peligros podía hacerme olvidar el tiempo y distraerme más que las caminatas por los barrios periféricos de la ciudad. La ventaja adicional era que el espacio abierto me permitía escuchar el motor del autobús cuando se encendía; eso significaba que se preparaba para salir –y acaso de ese modo, pensaba, anunciaba al escritor invitado que debía volver a la cabecera para emprender el regreso–.

En efecto, eran tantas las coincidencias y sincronizaciones, siempre pautadas, nunca superpuestas, y tan vacío de gente era casi todo, que me preguntaba si aquel pequeño mundo no estaría montado en sus distintos aspectos y en su controlada complejidad para servir de escenografía a los escritores invitados. Sabía que difícilmente podría resultar cierto, obvio; y sin embargo imaginar la pregunta significaba introducirme en una lógica, aunque ficticia, que me brindaba la ilusión de su posibilidad. Era consciente de que todo podía parecer muy extraño, me refiero a mi pensamiento. Porque, por ejemplo, si una madrugada recibía un llamado del director de la Residencia, con toda la autoridad que también le daba ser un poeta oriundo de la ciudad, alertándome de que probablemente dormían en el departamento los fantasmas de antiguos invitados, o almas perennes del lugar, yo no habría tomado para nada en serio sus advertencias y me habrían parecido descabelladas; pero sí inclinaba de buena gana mi inteligencia, mucha o poca, a considerar si todo ese organismo urbano de miles de personas, con calles, mercado, astilleros, tiendas de vinos, autobuses y playas, no sería una puesta en escena para sostener la ficción o poesía de los invitados. Quiero decir, la poesía o ficción escrita –mal o bien– por cada uno de ellos, y la ficción o poesía de la propia anécdota de su experiencia local.


 

Fragmento
     
   

Autor

 

Foto de solapa:
Raúl Goycoolea
 
                     

Sergio Chejfec nació en 1956, en Buenos Aires. Desde 1990 reside en el extranjero. Ha publicado novelas, cuentos, poesía y ensayos. Entre sus títulos: Teoría del ascensor (2017), Últimas noticias de la escritura (2015); Modo linterna (2013); Mis dos mundos (2008); Baroni: un viaje (2007); Boca de lobo (2000); El llamado de la especie(1997); Cinco (1996); Moral (1990).

 


   

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