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Un temporal
Ansilta Grizas
106 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2021
ISBN: 978-987-1768-71-4

 
 
     
   
     
 

En una de las fotos de tapa de este libro vemos a un hombre de perfil, sentado a una mesa bien dispuesta, con mantel y arreglo floral. Nada extraordinario si no fuera porque esa mesa no está en una sala sino en medio de un bosque del que –sin embargo– lo separa una pared. ¿Una pared en medio de un bosque? Pues sí… Y entonces, ese hombre ahí, ¿es adentro o afuera que está?

Ese hombre a la intemperie sufre una enfermedad degenerativa y es el protagonista de esta novela. Ansilta, su hija, es quien nos lleva a ver, es la que intenta nombrar. Ella es quien trata de contar –mientras sus propios hijos crecen– el modo en que su padre, que aún no ha desaparecido físicamente, la ha dejado huérfana antes de tiempo.

“Pero acá estamos y el dique ya se rompió y el agua ya nos tapó y apagó el fuego prendido y se llevó las mesas redondas y las canciones y te dejó ahí, nos dejó aquí, dejándonos llevar por el agua con un hilo de voz y aguantando”, dice Ansilta cuando lo que se apaga es la memoria de su padre. Y por eso escribe: para conjurar recuerdos, como si temiese que en los olvidos de su padre pudiera desvanecerse ella también. Escribe y al hacerlo traspasa, nos conduce de manera conmovedora a través de esa experiencia que es el dolor. Escribe como si las palabras pudiesen contener el mundo. Y, acaso, a veces lo hagan.

Romina Paula

Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

Me acuerdo de esa noche de agosto que discutimos y lo colorada que me quedó la palma de la mano de tanto golpear la mesa, y la angustia. Hacía frío y estábamos junto a la estufa a leña de la casa de mi mamá. Nunca me habías hablado así. No recuerdo que me hayas insultado, no es tu estilo, eras hiriente y levantabas la voz de esa manera que de chica me daba miedo. Pero esa noche fue diferente, discutíamos sobre temas mayores y estábamos los dos obstinados en conseguir lo que queríamos, yo seguramente me puse roja y la vena entre la ceja y el ojo se me puso más oscura que lo normal y te grité también como vos a mí. Pero vos estabas preocupado, eso era. Estabas preocupado porque sabías que lo que te decía, tarde o temprano, iba a suceder, y no podías enfrentarte a todo eso. No todavía.

 

Ese día habíamos pasado la tarde en tu casa con unos amigos tuyos que yo no conocía. Hablaban de unas pinturas que una había llevado para mostrarte y que vos le dieras tu opinión y comían medialunas y tortas, como un domingo normal entre amigos. Y de un momento a otro estábamos en el auto de uno de ellos camino al hospital, esa misma guardia de siempre, en el medio del campo. Se te había aflojado todo, la presión por el piso, no te podías sostener. Yo, a esa altura, tampoco podía con tus casi cien kilos. De esa guardia nos mandaron a otro hospital céntrico, parecía que te morías todo desparramado en el asiento de atrás del auto de ese señor, y el capot que golpeaba porque tu silla no dejaba cerrarlo bien y el apuro y la desconfianza porque no sabíamos qué hacer, más que moverte de un lugar a otro.

Y tu cara, me acuerdo de tu cara en esos momentos, que no era la tuya sino una expresión lejana, que estabas atado a esos cuatro puntos que indicaba el tensiómetro pero no te daban los números, cuatro no era suficiente, y el olor del pis que inundaba todo el Peugeot. Yo te agarraba la mano, y con la otra me sostenía la panza de siete meses de embarazo y buscaba en mi bufanda algún olor más amable que me sacara de esa náusea, y de ese estado.

Con esa panza no entrás, me dijeron en la puerta de la guardia del otro hospital al que llegamos y te vi irte para adentro por la ventana redonda de una puerta rebatible.

Pero ahí tampoco había cama, y la guardia estaba colapsada y nos mandaron a buscar otro lugar que te recibiera un domingo a la noche.

 

Finalmente, y después de que desde la tercera guardia nos mandaran a la casa con la excusa de que no te estabas, exactamente, muriendo, terminamos en la mesa redonda frente a la estufa en la casa de mi mamá. Y yo te quería hacer entender que ya no podíamos seguir así, que no podías vivir solo en tu casa en el campo sin ayuda cerca, que había que dar el siguiente paso pronto. Y cuando decía eso era cuando más te enfurecías y ahora parecía que el tensiómetro se iba a ir para el otro lado, y todo rojo me gritabas que qué mierda sabía yo si vivía en la loma del culo y no estaba ahí todos los días. Ahí pegabas donde sabías que dolía, y no era justo.

 

No te dabas cuenta de que estábamos todos atrás tuyo apuntalando las paredes y que la fantasía de la casa del campo que te construiste no la podías sostener más.

Justamente vos, que habías dedicado tu vida profesional a sostener edificios viejos, a poner vigas de refuerzo en paredes que se venían abajo: “conviene restaurar y nunca derribar”, decías. Vos que no podías ver que ya no había sistema de contención que funcionara en esa casa, que había que cambiar la estrategia, el modo de habitar.

 

Mi hermano dice que siempre fuiste un egoísta, que cómo te ibas a dar cuenta de algo así. Yo no sé si es egoísmo o simplemente que es difícil verse en la caída. Asumirte necesitado. Que ya ni el culo te podés limpiar solo, te grité hiriente y me miraste con veneno. Es que te encerrabas en vos y no podías ver los esfuerzos del ejército que tenías alrededor.

Habíamos empezado a hablar en términos de plan de contingencia y logística de emergencia, y carteles con teléfonos a los que llamar en caso de. Nos costaba la organización mientras vos te retobabas y no aceptabas cambios de ningún tipo.

Y, a la hora de resolver, todo se nos complicaba y hasta lo más simple se nos hacía difícil porque no podíamos, éramos medio una masa amorfa tomando decisiones al paso sobre lo que sucedía y nada cambiaba. Todo era tapar agujeros, atar con alambre, como siempre fuiste vos. Te costaba tanto arreglar las cosas bien, desde la raíz. Un parche tras otro. Una estaca al lado de la otra. Acá sí había que tirar todo y reconstruir. Empezar de nuevo, adaptarnos a esto que nos estaba pasando, que te estaba pasando a vos en tu cuerpo y en tu vida diaria.
Supongo que no sabías cómo seguir, que te era difícil ver la que se venía. Y para nosotros todo era una porquería y tampoco queríamos ese lugar. Nadie quiere ser el hijo que contiene a un padre enfermo.

 

Pero esa noche no te lo pude hacer entender y nos peleamos y nos gritamos y te mandé al carajo con toda la fuerza que me salió de adentro y me fui. Me volví acá, a la loma del culo donde vos decís que vivo y no te saludé y lloré, como siempre, en el avión y no nos hablamos hasta varios días después que vos me llamaste y pude saber que era mi hermano que te estaba poniendo el teléfono al oído y te decía que me pidieras perdón, y sí, más vale que nos perdonamos y todo siguió igual por mucho tiempo. Hasta que un día el dique se quebró y la pared se vino abajo y ya sabíamos cuál era el plan y por supuesto que estuvo todo mejor cuando aceptaste otro modo de habitar, con ayuda, controlado todo el día por gente que sabe, no por nosotros, que siempre hicimos lo que pudimos, pero que estábamos cansados, muy cansados.

 

Fragmento
     
   

Autora

 

Foto de solapa:
Catalina Bartolomé
 
                     

Ansilta Grizas (San Juan, 1987) es licenciada en Artes Visuales. Como fotógrafa publicó Diario de navegación, obra surgida del trabajo que realizó, en 2012, durante una residencia para artistas en la Antártida. Un temporal es su primera novela.