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  Serpientes y escaleras
Jennifer Croft

188 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2021
ISBN: 978-987-1768-69-1
   
     
   
     
 

«“Es un verdadero milagro que cualquier persona viva siquiera un minuto”, dice Jennifer Croft, que es –entre otras cosas– traductora. Jennifer Croft escribe Serpientes y escaleras en castellano. Y después, en inglés, escribe otra novela que se llama Homesick. Son dos obras distintas, independientes, pero también, en cierto modo, gemelas: singularidades surgidas del mismo parto. Nacidas en el momento en que la traductora Jennifer Croft le abre paso a la escritora Jennifer Croft y también a la fotógrafa Jennifer Croft.

En este libro Jennifer Croft escribe a Amy, una niña genio de Oklahoma que intenta sobreponerse al hecho de que la vida ha decidido llenarla de gracia mientras que sobre su hermana Zoe, apenas menor, recae un compendio de desgracias. Amy deja de ir a la escuela por la salud de su hermana y empieza a estudiar ruso. Amy entra a la universidad a los quince. Amy viaja por el mundo y termina en Buenos Aires, escribiendo en español para su hermana: “Acabo de darme cuenta de que todos esos idiomas secretos, más todos los idiomas que estudié después –huí de casa para ir a aprenderlos, escondiendo mis orígenes, mi acento, mi identidad–, eran para decirte eso, algo que ya vivía adentro de los nombres que nos dieron”.

Serpientes y escaleras es una novela escrita con precisión, sin artificiosidad, con dolor y con amor. Jennifer Croft consigue darle a la palabra la contundencia de la fotografía, implacable, definitiva, eterna.»

Romina Paula

Contratapa
     
   

La mamá de Amy y Zoe las prepara para cualquier desastre que les pueda ocurrir

 

Les lee los titulares del diario en voz alta todas las mañanas mientras Amy y Zoe comen sus Cheerios. A veces les corta pedacitos de banana sobre los cereales, pero muchas veces se olvida y las bananas se ponen marrones y blandas y hay que guardarlas en el freezer para después hacer budín. Y en algún momento el freezer se llena de bananas marrones congeladas, y viene el papá y las tira a la basura.
Las chicas se quedan calladas mientras la mamá lee, pero jamás la escuchan. Lo único que les llama la atención es que todo el tiempo pasa algo en algún rinconcito del mundo. Parece, incluso, que al mundo le fuera cada vez peor. Más allá de los tornados, siempre hay algún terremoto, o atentado, o guerra, se derrumba una mina, o cae algún avión. Hay una epidemia de sida, aunque ninguna de las dos sabe qué significa sida. Sólo saben que hay que lavarse las manos.

En cambio, mientras la mamá está en la bañera, les lee Good Housekeeping. La mamá de Amy y Zoe no se ducha nunca porque dice que una vez vio una película en la que asesinaban a cuchilladas a una chica en la ducha y había mucha sangre. A la mamá de Amy y Zoe le gusta que la acompañen al baño y se sienten en el piso mientras está en la bañera.

A veces les cuenta historias, siempre las mismas. A todo el mundo le cuenta la del vecino loco que mató a sus papás y se trepó al árbol gigante que está en el jardín del fondo. El papá de Amy y Zoe estaba en Stillwater dando uno de sus talleres para docentes. Así que la mamá fue, agarró el rifle del papá y se preparó para hacer lo que tuviera que hacer. A Amy le dijo que se escondiera abajo de la cama y que se quedara ahí, pasara lo que pasara, y que no hiciera ningún tipo de ruido. Pase lo que pase, repite la mamá, y cada vez que cuenta la anécdota su voz se espesa ahí.
Zoe todavía era bebé, no tenía más de seis meses, así que la mamá tenía que llevarla en brazos. Aun siendo tan chica, Zoe debió de intuir que pasaba algo porque no paraba de llorar. Eso le hizo pensar a la mamá de Amy y Zoe en esas mujeres que habían sofocado a sus propios bebés durante el Holocausto para no ser descubiertas.

Amy y Zoe saben que el Holocausto fue cuando los judíos fueron tirados a un agujero grande en el bosque. Lo que no saben es quiénes fueron los judíos, pero la mamá dice que eso no importa, así que no preguntan más.

Entonces la mamá llevaba a Zoe en un brazo, llorando, y el rifle del papá en el otro. La policía ya lo tenía rodeado al vecino loco, así que mucho más para hacer no había. Eso lo supo por la tele, porque a pesar de que todo pasaba ahí, en el jardín del fondo, la mamá se dio cuenta de que tenía que mantenerse lejos de las ventanas por si entraba una bala. Porque el vecino loco no se rendía, gritaba y disparaba, hasta que le pegó un tiro a otro vecino que había llegado para ayudar a la policía.

Acá la mamá hace una pausa y levanta la vista.

Pero resulta que al otro vecino le gustaba masticar tabaco. Y aunque cueste creerlo, le dispararon justo cuando estaba masticando un poco. La bala le perforó la mejilla en un ángulo así (acá la mamá se apunta a la mejilla, el dedo índice como si fuera una pistola) pero en vez de seguir hasta la garganta y causarle la muerte, ¡se trabó en el tabaco!

A todo el mundo le encanta esta parte, siempre. Las chicas no entienden muy bien por qué, porque saben que el tabaco también te puede matar. Además muchas veces ven al otro vecino, sentado en su porche, escupiendo sus jugos negros en un balde, huesudo y deprimido, con esa cicatriz tan fea que le quedó desde aquel día.

La anécdota completa le da a Amy una mezcla de pánico y asco. No se acuerda de haber estado metida abajo de la cama, pero como escuchó la historia tantas veces se lo puede imaginar. Zoe que flota por la casa, en órbita, llorando, fuera de su alcance.

Al final el vecino loco se pegó un tiro y murió.

 

Fragmento
     
   

Autora

 

Foto de solapa:
Chris Offutt
 
                     

Jennifer Croft (Oklahoma, 1981) es escritora, crítica y traductora. Obtuvo el premio internacional Man Booker por la traducción al inglés de la novela Los errantes, de la premio Nobel polaca Olga Tokarczuk. También tradujo a varios autores argentinos contemporáneos, como Romina Paula, Pedro Mairal y Federico Falco. Es cofundadora de The Buenos Aires Review y ha escrito artículos para The New York Times, The Los Angeles Review of Books, The Paris Review, Granta, y otros medios. En 2019 publicó Homesick, una memoir con la que ganó el premio internacional William Saroyan en la categoría no ficción. Serpientes y escaleras es su primera obra escrita en castellano.

 


   

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