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  Estación Saturno
Fernanda García Lao
148 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2026
ISBN: 978-987-1768-93-6
   
     
   
     
 

Dos hermanos, una mujer y un hombre, viajan por la ruta. Había un tercer hermano, pero acaba de morir y les ha dejado un gato. Pero ahora el gato escapa. ¿O fue secuestrado? Como sea, urge encontrarlo. Y esa pesquisa llevará a los dos protagonistas de esta novela hasta un hotel regenteado por dos jóvenes chinas donde el universo comienza a plegarse sobre sí, la realidad se deforma y el erotismo se manifiesta de modos inesperados; un no-lugar, un no-tiempo, donde el misterio cósmico se aviene a presentarse como inteligencia extraterrestre de cotillón, como tragedia y farsa en una misma y única versión. 

«García Lao regresa con Estación Saturno a los mundos donde absurdo y fantástico convergen y conforman la geografía de lo extraño. Siempre sensorial, el microcosmos de la novela está poblado por personajes al margen, dos en duelo por la muerte y el resto en duelo por la vida. Lao, más ballardiana que nunca, feroz en la crítica implícita, se vale de lo inexplicable para mostrar el vacío existencial, la vía escapista del sexo, la opresión de la soledad colectiva, cierta cobardía atávica, el peso de los silencios y las heridas que provoca la más sacrosanta de las instituciones: la familia. Afilada en la prosa, rotunda en el fraseo, poética en lo inquietante, psicofónica en la fragmentación y política en los estratos sobre los que crece la novela, la autora vuelve a contagiar un desasosiego atravesado por el humor y por una profunda angustia metafísica sólo mitigada por el atisbo final de, tal vez, nuevas (y más sanas) formas de relación.» 

Gema Monlleó

Contratapa
     
   

Hotel Tianqì

Lo intermitente

La hermana gruñe mientras avanza con las balizas encendidas hacia el hotel. Junto a la construcción hay un estacionamiento semitechado de caña de bambú que el agua curvó. Debajo, una camioneta, muy similar a la que perseguían, y un auto viejo, como el de ellos. La hermana ocupa el espacio libre entre los dos.

El hermano desciende como si huyera de un incendio. Le arde la garganta, tiene sed. Contra la noche, la luz intermitente de la flecha, que vista de espaldas ha perdido parte de su forma y sólo muestra la punta, el mundo parece un triángulo oscuro o fulgurante, según el intervalo.

El hermano encuentra cerrada la puerta principal, toca timbre. La hermana revisa la camioneta estacionada buscando rastros del gato. Una lluvia recién nacida la hace desistir. Corre hasta la entrada del hotel. Después de un par de minutos, una mujer abre, los saluda con una inclinación, los invita a pasar. Sobre la ropa lleva escrito su nombre, Chi.

 

Lo desnudo

Pueden pasar si gustan, pienso que el suelo está mojado. A la hermana el vestíbulo le resulta tan interesante como el modo de hablar de la anfitriona. La lluvia nos arruinó el día, le dice. Seguimos esperando que el tiempo nos permita, responde Chi. ¿Hay bar? La pregunta del hermano queda en el aire sin respuesta.

Una fuente en el centro del espacio, con un Buda rojo rodeado de nenúfares falsos, los obliga a un recorrido giratorio para pasar. La mujer les pide con un gesto que se descalcen, luego señala un estante de bambú donde ubicar los zapatos. El hermano resopla, la hermana lo codea. Ambos obedecen y ubican su calzado en los espacios vacíos. Los de ella chorrean, las pantys también. Afortunadamente, Chi les ofrece unos escarpines de papel.

Con un gesto sencillo solicita que la sigan. Los hermanos obedecen. Deseos modestos se realizarán con cierto retraso, les dice con voz casi inaudible. Los salvajes y extravagantes ciertamente no lo harán.

El sonido de la lluvia no ingresa al Ti?nqì. Sólo se perciben los pasos de los recién llegados sobre las alfombras. Los de su anfitriona no, es tan sutil que parece no existir. Algunos susurros se cuelan por las paredes corredizas a ambos lados, mientras atraviesan el salón principal. La hermana para la oreja esperando alguna señal del gato o de la rubia.

Al hermano le parece raro que un establecimiento tan poco convencional sea parada obligatoria impuesta por vialidad. Y desconfía del posible menú a disposición, no le gustan los sabores raros. Tiene sed, hambre. Pero se dice que una sopa la prepara cualquiera. La hermana espera que la situación se ordene para preguntarle a Chi, sin énfasis, si la camioneta estacionada frente al local pertenece a dos personas con un gato.

 

Lo húmedo y lo amargo

La hermana se siente sucia, la camisa lleva más tiempo del previsto sobre su piel. Atravesó diversos climas desde que salió de Saturno. No ha olvidado el olor de la tierra fresca del foso. El hedor de las gallinas llegaba hasta el cementerio que habían improvisado en el jardín de atrás, mezclándose con las flores. No puede percibir más que aves y excremento, en general, por eso se decantó por los tulipanes, para virar olfativamente hacia lo delicado. Mientras suben una escalera, al hermano se le presenta un olor como de muslos recién bañados. Jabón blanco sobre piel fresca. Nada comestible.

Chi los lleva hasta una salita casi vacía, a excepción de dos esteras con sendos almohadones. Una mesa baja en el centro y otra lateral donde hay una fila higiénica de condones, una lista de productos sexuales, horarios y precios. A la derecha, un perchero con dos batas de seda. Una más corta, con motivo de aves. La de hombre, oscura, con breves pinceladas que sugieren la forma combada del bambú. Un ventanuco mal cerrado, una estufa de hierro con una tetera humeante y dos cuencos encima.

Disculpe, hay un error. Somos hermanos, no amantes. Íbamos más allá del dique, pero el camino nos condujo hasta acá. El muro ahogado, dice Chi. ¿Qué? Agua salido del cauce trepa por la pared. Perdone, ¿podríamos tomar algo simple?, pregunta el hermano. La anfitriona sonríe con amabilidad. Enseguida se abre cocina, si gustan la espera y acomodarse usando hanfu en perchero. ¿Un kimono? Hanfu, para nosotras. Tenemos las palabras con otra forma y discreción.

Ambos se inclinan a modo de saludo, como dos muñecos, imitando a Chi, sin entender el asunto de la discreción. Ella cierra con cuidado la puerta, de izquierda a derecha. Los deja solos.

Esto es un despropósito, dice él. Estoy convencido de que caímos en una trampa del camino. Yo debería estar en casa, mañana tengo guardia a primera hora. Todos tenemos cosas que hacer. Por ahora, sacarnos la ropa mojada.

El hermano se quita el traje gris, empapado. La hermana gira levemente hacia el perchero y se desprende los botones de la camisa. Luego se pone el hanfu más largo, cuidando de tapar el corpiño. Usa ropa interior excitante. No quiere que el hermano lo note. Se mete en el bañito a ducharse, o algo así. Cuando regresa al cabo de un instante con cara de no haber encontrado más que unas mangueras junto al lavabo y un inodoro caliente, el hermano ha salido. Está nerviosa, tal vez debería intentar un orgasmo rápido con las mangueras. Pero teme que el hermano vuelva y la pesque.

Fragmento
     
   

Autora

 

Foto: Dunia Gras

 
                     

Fernanda García Lao (Mendoza, 1966) es narradora, poeta y directora escénica. Publicó las novelas Muerta de hambreLa perfecta otra cosaLa piel duraVagabundas, Fuera de la jaulaNación vacuna y Sulfuro; y los libros de cuentos Cómo usar un cuchilloEl tormento más puro Teoría del tacto. También es autora de las colecciones de poesía CarnívoraDolorosa, Autobiografía con objetos y (No) me acuerdo. Recibió la Beca Antorchas, ganó el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes y fue finalista en el Tigre Juan, el Cortázar y el Setenil. Sus textos fueron traducidos al francés, al portugués, al inglés, al sueco, al checo y al griego. 


   

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