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Pasaje al acto
Virginia Cosin
122 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2019
ISBN: 978-987-1768-55-4

+Virginia Cosin en Entropía
     
   
     
 

La protagonista de esta novela está temporalmente internada en un psiquiátrico. De los múltiples ojos que la observan, durante ese tiempo medicalizado y suspendido entre cuatro paredes, los más filosos son los suyos. Mientras repasa su incapacidad para actuar relee de principio a fin Madame Bovary hasta establecer con el personaje de Flaubert una relación que va más allá de cierta inclinación por la fantasía y la muerte.

Entre las imágenes que dibujan su encierro, una de ellas es la de la excavación. Como un preso en una cárcel de máxima seguridad, que raspa el piso duro con una cuchara. Pero adónde lleva ese pozo, ese cavar dentro de su cabeza, o qué es lo que hay del otro lado del túnel, es lo que intentará descubrir durante este viaje inmóvil.

Con la luz blanquecina de los interrogatorios, Virginia Cosin retrata la angustia de una mujer. Y lo hace con un lenguaje frondoso, sugestivo, vital, en el que las preguntas no tienen una respuesta única ni simple. Cruel y transparente, su escrutinio expone –con todo el poder de la razón– debilidades y contradicciones, hasta dejar a la protagonista de esta novela cubierta apenas por una campana de cristal.

Mercedes Halfon




Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

Me hacen escribir una lista con las cosas que considero básicas para permanecer una temporada en la clínica de recuperación. Así la llaman. Preferiría que la llamaran “el psiquiátrico”, o “el loquero”, o mejor aun, “el frenopático”, como en esa novela que leí hace un siglo, en alguna de mis otras vidas. Le entrego el papel más tarde a una mujer. No están permitidos dispositivos electrónicos como celulares, laptops o tablets. Hago una lista en la que incluyo ropa, efectos personales para la higiene como shampoo, crema de enjuague y crema para la cara, varios libros, cuadernos y lapiceras. 

Antes me hicieron llenar una ficha y me llevaron por unos pasillos hasta la zona de las habitaciones. El piso es de baldosas cremita, las paredes están sucias. Pasamos por una sala de estar, o un comedor, con sillas y mesas de plástico, un televisor prendido y olor a sopa de verduras mezclado con desinfectante.

La habitación tiene cuatro camas. Colchones delgados como láminas. Mesa de luz: no. Estantes o placard o algo para guardar mis cosas: no. De todos modos no llevo nada. Sólo lo puesto. En la habitación, ocupando una de las camitas, una chica tirada mira el techo. Me saluda y me pregunta si soy nueva. Le digo que sí, pero que pienso irme esa misma noche, al día siguiente a más tardar. La chica se da vuelta hacia la pared contra la que se apoya la cama y se queda así un rato. Después vuelve a girar y me mira. Habla como un oráculo:

–Armate de paciencia, si no acá te volvés loca. Ya no sé ni cómo me llamo, todos me dicen O.

Pienso en la ventaja de los buenos modales.

O. hace un pequeño relato, como si lo supiera de memoria, como si lo hubiera dicho muchas veces a muchas chicas nuevas, a muchas compañeras de cuarto que llegan y se van. Me cuenta cómo abandonó al hijo, que quedó al cuidado de sus padres, para irse del país a trabajar de lo que fuera, de camarera, de bailarina, de maquilladora de televisión, lejos, lejos, y cómo se drogó, con cocaína, ácido, heroína, todo lo que pudo, hasta que un día se encontró viviendo en la calle, y cómo sus padres la buscaron y la encontraron y que desde hace ya unos años esta es su casa, el asilo, así lo llama ella, y que se quedaría para siempre ahí, que no quiere irse nunca. Después hace un largo silencio y vuelve a darse vuelta.

No sé dónde poner las manos. Los pies. Tengo ganas de comerme las extremidades. De tragarme a mí misma.

Con la cara contra la pared, O. habla otra vez, pero no es su voz, sino la voz de alguien de otro mundo, otro tiempo, hablando por O. y por mí y por todos a la vez: Últimamente, pero no sé por qué, he perdido la alegría, he abandonado todo hábito de ejercicio y en efecto mi disposición ha estado tan afectada que esta estupenda fábrica que es la tierra me parece un promontorio inútil.

Al principio O. me cae bien, pero más que nada me da pena. Tanta pena que me da vergüenza estar acá. Porque tengo trabajo y algunos amigos y no tuve que abandonar a ningún hijo: cuando mi marido me dijo que quería tener uno conmigo, yo dije no, no quiero, no quiero tener hijos, o no sé, o no ahora.

Siempre había querido una familia, pero cuando pude tenerla quise desarmarla, como un reloj, para saber de qué manera funcionaba. Cuando intenté rearmarla, no conseguí que volviera a hacer tic-tac.


 

Fragmento
     
   

Autora

 

Foto de solapa:
(por Adolfo Rozenfeld)
 
                     

Virginia Cosin nació en Caracas, Venezuela, en 1973 pero vive en Argentina desde los cinco años. Publicó la novela Partida de nacimiento (2011) y cuentos en varias antologías. Además, coordina talleres de lectura y escritura en el Sportivo literario, escribe sobre cine y literatura en distintos medios nacionales y es la directora editorial de la revista digital Atletas.


   

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