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Bajo lluvia,
relámpago o trueno
Fermín Eloy Acosta
194 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2019
ISBN: 978-987-1768-57-8

 
 
     
   
     
 

Más que una sombra terrible es una voz, o el eco de una voz, lo que resuena por la pampa y atraviesa la trama de Bajo lluvia, relámpago o trueno: la voz de una mujer que busca su destino final, la voz de una muerta que interpela, que indaga, que da órdenes. Una voz que empuja a Rudes, Elena y la narradora a recorrer, con el cajón a cuestas, la siempre imprecisa distancia hasta Villa Evangelina, el lugar donde la muerta pidió ser enterrada. 
 
La travesía de esas tres mujeres en la carreta de Pedernera –el hombre al que le falta un ojo– va dejando un surco en un tiempo, vagamente localizable en algún punto del siglo XIX, y en un espacio de contacto inmediato con una naturaleza que ya no existe: hierbas, flores, plantas, animales, cielos, horizontes. Un campo lleno de amenazas y de posibilidades, un campo que abre las puertas a la verdadera experiencia. 
 
Fermín Eloy Acosta construye, con un oído notable, una lengua extrañísima que funciona como punto de condensación de un universo a la vez fantástico y marginal. Una lengua que repone palabras en desuso y las hace circular con un lustre nuevo, con un brillo poético. Ahí, en esa lengua, en su modo de encabalgarse, reside la fuerza de este texto; es desde allí que brota ese sonido espectral que no para de acechar.

Hernán Ronsino

Ganadora del Premio del jurado novela Bienal Arte Joven Buenos Aires 2019. 
Jurado: Selva Almada, Félix Bruzzone, Editorial Entropía




Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

Sabíamos el tiempo que iba a venir por el celaje. Refucilos que se desparramaban a lo largo del cielo, nubarrones que decían tormenta. Pero aún no prendía del todo, andaba lejos, la veíamos centellear en los rincones del campo abierto mientras se levantaba el viento, corría entre la paja espigada. Como si anduviera junando el viaje, tomando fuerza acá y allá, nos siguiera el rastro. A esa altura llegamos a ver un grupo de pajarracos de alas cortas, picos ganchudos, planeaban cerca del piso mientras nos pasábamos el mate todavía tibio. ¿Será que llueve?, dijo Rudes. Nadie respondió nada. Elena me señaló un camino de hormigas que iban por el borde del cajón. El viento levantaba polvo entre el pedregullo. Habíamos cruzado ya dos, tres diligencias en marcha contraria, apuradas, supusimos, por volver al pueblo. Sin embargo se sentía como si merodeáramos por camino solitario. ¡Bah! ¡Nos tienen miedo que salimos al camino!, dijo Rudes. Quedamos en silencio.

Nos detuvimos de repente. Entre las ruedas del carro fue a perderse algo. Si tenía cabeza se la golpeó contra la madera. Retumbó. Después salió disparado, como un pájaro o perro viejo que cruzaba el camino, los caballos habían frenado juntos, como si hubieran visto un fantasma. Nos sacudimos, nuestros cuerpos, despabilados, preguntaron qué, cómo, por qué. Asomados, los cuatro vimos al bicho que volaba en el aire, sentimos el rechinar de las ruedas, el cuero tensado de las monturas de los caballos, el animal en el aire, histérico, peludo, hacía su aparición, caía al piso, una mancha punzó le brotó en pedazos sobre el pecho, como un kinetoscopio. Nos miramos. Nos quedamos inmóviles, el paisaje en nuestros ojos aún se mecía. Con el carro detenido, Pedernera bajó del pescante, a nosotras nos recorrió los cuerpos la brisa caliente de ese campo. Caminó despacio hasta agarrarlo. Nos hizo una señal con la mano, decía estense quietas. Casi que hicimos caso. El frío áspero de la mano de Elena se deslizó sobre la mía. El hombre tomó el perro por las patas, la cara desfigurada, parecía una liebre. Pelaje sucio, patas quebradas. ¿Hay que dispararle?, dijo Rudes desde su lugar, sentada en el pescante, levantó el arma de la falda, buscaba el lugar exacto donde empujar la vida para que saliera. Nosotras contuvimos la respiración, pensé en nuestros estómagos, estrechos como los de algunos animales. Largamos el aire. Pedernera revoleó el perro al lugar de donde había salido. Parecía decir la basura a la basura. El golpe en el suelo, despiadado, el sonido de las cosas que suenan por última vez. 


 

Fragmento
     
   

Autor

 

Foto de solapa:
Ana Acosta
 
                     

Fermín Eloy Acosta nació en Olavarría en 1990. Es escritor y guionista. Bajo lluvia, relámpago o trueno es su primera novela.


   

Reseñas

Presentación
(Julián López)

Entrevistas

 

 

 

[Texto leído en la presentación]

La escritura

Por Julián López

Un día deberíamos hablar de esta performance, la presentación de un libro, el evento literario como género. En tiempos en que los consejos para escritores lo dejan a uno perplejo no está de más preguntarse acerca de los límites de nuestras posibilidades, ¿de qué vamos hablar en un evento como este en el que estamos reunides? Podríamos decir que en una gran parte de la alegría de estas apariciones y eso es así, eso está bien, pero ante tanta oferta de literatura, mí me gusta pensar que podemos hablar simplemente de escritura. De esa acumulación de ansiedad y de angustia, de ese vislumbrar que abre y cierra el pecho alternativamente, que nos llena de una pasión radiante que muchas veces también es sombría cuando la mano empieza a gotear, insólita y sorprendente, cuando la mano empieza a destilar una historia, un modo de narrar lo que se ha visto, una perspectiva, lo que por fortuna y sobre todo por condena uno ha atestiguado.

Me gustaría contarles que creo que Bajo lluvia, relámpago o trueno de Fermín Eloy Acosta es un libro hermoso.

'Ahora suba al carro', la novela empieza así de determinante, así de master y de lasciva frente a su esclava. Ahora suba al carro dice a la lectura, rigurosa y sensual, métase usted acá, escuche.

Leer, leemos todes, escribir, escribimos todes, pero escuchar y mirar y decir prosodia, eso no es tan común, eso es lo que uno agradece, por lo que uno renueva sus votos maltrechos con la encarnación. Fermín Eloy Acosta escribió una novela que se dictó a sí mismo, que se musitó y se repitió y por la que fue y volvió como por las cuentas de un rosario devoto, así se escribe. La escritura de Acosta se percibe consciente de sí, laboriosa, naturalmente espléndida, autónoma de la fantasía de creer que es un medio para llegar a algo que se reduce la cintura de la autoimagen. Acá hay un fraseo insolente que juega a la idea de una tradición y propone un viaje entre cicuta, entre pájaros solitarios y perros que parecen liebres. Una carreta con cuatro mujeres entre mundos y un tuerto que atraviesa el paisaje polvoroso de la pampa, al comando de una muerta que instruye sobre cómo no oler, cómo observar todo lo que deber ser observado para que el viaje llegue a destino. Bajo lluvia, relámpago o trueno muestra que el destino de esa carreta es simplemente es el viaje, el despojo de todo lo demás. La escritura de Fermín, sus valerosas decisiones estéticas e ideológicas muestran con belleza laboriosa, con el encantamiento de una mirada fija y dulce, que el destino de una novela que se precie es la constelación de relaciones de lecturas que es sí misma, que el destino de esta excelente novela es, al fin, la escritura".