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  Kamikaze
José María Brindisi
170 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2019
ISBN: 978-987-1768-56-1
 
+ José María Brindisi en Entropía
     
   
     
 

En Kamikaze el movimiento es doble: los relatos se expanden –la dispersión como ejercicio de la memoria− y al mismo tiempo buscan hondura. Lo intrínseco –el artificio de la rememoración biográfica− remite a la identidad de los protagonistas, a la comprensión de lo íntimo, pero también a asuntos menos privados. En estos cuentos, la pregunta personal desborda, funciona como carga de profundidad; la demanda, en todos los casos, resulta ontológica. Así, una anécdota paterna –un pormenor curioso− se despega de la particularidad para sondear en las raíces del suicidio de Hemingway. O una historia de amor –o del esmalte progresivo del desamor− conduce, como por accidente, a los escritos del padre del protagonista: cartas de kamikazes, las últimas palabras de los aviadores japoneses. Brindisi organiza con extraordinaria naturalidad –sus narradores parecen olvidados de la responsabilidad elocutiva− tramas ondulantes en las que cada coda, cada giro de la peripecia, esconde un hallazgo. Hay un vaivén en la escritura, un bamboleo, una forma subversiva de abordar el nudo del relato y de extraviarlo –la digresión como método− que permite que la intriga se mantenga hasta el final. Eso es: el texto se encuentra activado. Todos sus atributos están listos para detonar. Y como dice uno de los narradores del libro: “un arma es siempre un arma”.

Jorge Consiglio

Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

(De "El pescador")

Mi padre me relataba, una y otra vez, la muerte de Hemingway. Lo hacía con todo detalle: las horas previas, la escopeta mal o bien cargada, el trago medio vacío o medio lleno, la mirada perdida o a punto de cerrarse. Me lo contaba como si en algún punto lo disfrutara, o tuviese la capacidad de revivirlo. Y juntos imaginábamos esa mañana, o esa noche, ese instante: el momento en que el disparo destroza y mancha y pervierte el rostro para siempre.

La primera vez que me habló de la muerte de Hemingway se interponía, entre nosotros, otra muerte: el abuelo se había ido, demasiado pronto para mí, sospecho que demasiado tarde para él. Éramos pocos, tal vez doce o quince personas, y hubo durante todo el entierro un silencio tan asfixiante que no puedo recordar que nadie haya dicho una sola frase. En cualquier caso, nosotros tampoco dijimos nada. Más tarde papá convenció a un par de amigos del abuelo para que nos acompañaran a tomar unas copas en su honor. Durante un rato nadie tuvo ganas de hablar. O simplemente no hablamos. Y entonces, para que el momento tuviese algún sentido, para que pudiera ser recordado por algo más que un viejo que empezaba a pudrirse y a ser olvidado, contó para su exigua platea cómo, de qué manera tan triste, se había muerto el mayor escritor del siglo XX.

Aunque después no estuve del todo de acuerdo con él (con su exabrupto), y pese a que entonces tenía la sospecha de que lo que más le gustaba a papá de Hemingway era su modo de vida, su modo de pensar, en última instancia sólo el mito, lo cierto es que comencé a leerlo a escondidas. No quería que él pensara que era uno de los suyos, y sin embargo ese episodio aislado, su muerte, me había vulnerado por completo. Claro que, tímidamente, la muerte de mi abuelo se le parecía bastante –un arma es siempre un arma–, pero eso no alcanzaba: había comenzado a deslumbrarme con las historias, con el modo en que se replegaban hacia adentro, y sí, al mismo tiempo, con el mundo que cristalizaban.

Siguió contándome infinidad de veces su muerte. Cada vez la revestía de más detalles, y por lo tanto yo advertía gradualmente lo familiarizado que estaba con la mentira. Simulaba no escucharlo pero lo escuchaba; de vez en cuando, incluso, esa imagen, o más bien esa secuencia, no me dejaba dormir. Así que cuando un día apareció con esa foto, yo creí que la había imaginado, que simplemente era parte de mis pesadillas. La foto lo mostraba rebosante de salud: la barba canosa y tupida, el pájaro muerto sobre la mesa, el trago medio vacío o a medio llenar, la sonrisa tenue que podía significar infinidad de cosas. Pero yo sabía lo que significaba.

La foto quedó sobre la mesa de la cocina un par de días. Cuando me cansé de observarla, o cuando sentí que debía hacer algo con ella, se me ocurrió mirar el reverso. Alguien había escrito el lugar y el año: Ketchum, Idaho, 1961. Entonces volví a darla vuelta, y otra vez, y otra. Entonces me pregunté cuánto faltaba, en qué rincón de ese pálido escenario estaba escondida la tragedia. Era exactamente igual a como lo imaginaba, como lo imaginaba en aquel momento. Exactamente igual a lo que no deseaba que fuera.

 

Fragmento
     
   

Autor

(Foto: Lucrecia Piatelli)

   
                     

José María Brindisi nació en Buenos Aires, en 1969. Publicó el libro de cuentos Permanece oro (1996) y las novelas Berlín (2001), Frenesí (2006), Placebo (2010) y La sombra de Rosas (2014). Participó de numerosas antologías en Argentina, México y España. Entre otros premios, ganó el del Fondo Nacional de las Artes y el de Casa del Escritor. Colabora regularmente como crítico en distintos medios nacionales y es director de la revista El Ansia.

   

Reseñas

 

Entrevistas

 

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