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Invierno de impacto
Bob Chow
163 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2019
ISBN: 978-987-1768-54-7

 
 
     
   
     
 

Recién separado, con dos hijos que prefieren evitarlo, un hermano con problemas psiquiátricos y varios libros de ciencia ficción que han vendido unos cuantos ejemplares pero no logran seducir a los productores cinematográficos, a Alexander “Lee” Tremols todavía le falta atravesar lo peor: la imprevista muerte de su madre, la eximia pianista y compositora Virginie Katu.

Será precisamente a partir de esta pérdida que la vida del esquivo protagonista comenzará a desplegarse en un juego de cajas chinas, de tramas dentro de tramas: una epifanía hallada en un manuscrito de Borges, un congreso de literatura en Lisboa, una ambigua temporada en una casa tunecina junto a las ruinas de la antigua Cartago. Y de fondo, como motivo recurrente, uno de los interrogantes fundamentales de la ficción científica actual: ¿qué pruebas tiene la humanidad de que no vive en un universo simulado? O, como dice “Lee” Tremols, en un mundo concebido por “un dios infantil, avergonzado de una ejecución deficiente”.

El resultado de esta premisa es Invierno de impacto, una urdimbre caleidoscópica en la que Bob Chow vuelve a desplegar su prosa corrosiva para crear un mundo inestable y fascinante.




Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

En las buenas épocas se podía encontrar Porsches y Jaguars estacionados frente a la casa de Virginie Katu. Este verano, la luz estroboscópica de dos patrulleros rebotaba sobre una ambulancia Mercedes Benz del siglo pasado. Dos policías en la calle dejaron de mirar sus celulares para estrecharle la mano y darle el pésame a Lee. Un médico, testigos y más policías con caras de esperar al dentista envolvían la puerta principal de la casa como una ristra de ajos. A Lee se le antojó que un túnel lleno de policías podía ser una excelente representación de la muerte. Un olor muy particular emanaba de la casa de su madre. Habían logrado destrabar la cerradura con una radiografía, pero Charles, el hermano psicótico de Lee, había vuelto a cerrar la puerta y se negaba a abrir. 

–Charles –dijo Lee, apoyando la cabeza contra el alma de la puerta.

Charles abrió ni bien escuchó la voz de su hermano. Vestía sólo un pantalón de jogging gris ceniza y tenía puesta una sola chancleta. Sus ojos, muy abiertos, redondos como los de un oso de felpa, casi no parpadeaban. El calor dentro de la casa era selvático. Lee abrazó a su hermano. 

–¿Qué pasó? 

En el tiempo en que Charles balbuceaba una respuesta desopilante, el médico forense caminó sin rodeos hacia la fuente del olor, actor repulsivo de la mañana. Los testigos se quedaron en el vestíbulo como candelabros, queriendo estar en otra parte, tapándose las narices –no por el polen–, mirando las paredes cubiertas de plantas, objetos de arte y libros, en ese orden. Lee siguió al médico. Un charco negro se había arrellanado frente a la puerta del baño. Lee vio los pies descalzos de su madre cubiertos de moscas. El cuerpo desnudo de Virginie se hallaba decúbito dorsal, como dicen los forenses, con las piernas abiertas como una marioneta. La compositora aún no había cumplido los cincuenta años, y tampoco aparentaba cuarenta, pero no había manera de embellecer esta parte de la historia, su cuerpo de maniquí había sido reemplazado por el de una foca. Pasivo ante los fenómenos ambientales, el cadáver estaba hinchado y había adquirido un rebrillo verde sobrenatural. 

El zumbido de moscas, una musicalización nada compleja, y las voces solapadas de los policías eran todo lo que había para escuchar en esa casa. La madre de Lee había sido una compositora genial pero no había nada, absolutamente nada genial en su muerte. 

–Tres o cuatro días –dijo el médico forense, con su cara sin rasgos, difícil de retratar. Desapareció de la escena como un insecto que sale de una baldosa.

Lee intentó entrar al baño, donde “no se veían signos de violencia”, aunque el cuerpo-esponja de su madre lo impedía desde esos silenciosos tres o cuatro días. El abismal olor de la muerte, que Lee pasaría a reconocer en todos los rincones de la ciudad, era apenas un dato folclórico. El cuerpo de su esbelta, delicada y vegetariana madre yacía, como un muñeco inflable, sobre la alfombra de sus propias heces y líquidos en descomposición. Si Virginie Katu había sido una santa, ese cadáver no se parecía en nada al perfumado e imperturbable, y con la eterna apariencia de haber muerto apenas unas horas atrás, que dejan los santones asiáticos para la posteridad. “Putrefacto” era el adjetivo al que, en estos casos, recurrían los especialistas. La chancleta desparejada de su hermano apareció detrás del inodoro, como si la hubiera arrastrado una fuerza mayor, por ejemplo un implacable tsunami. Lee, sin pisar la escena –se sintió tentado porque la policía se lo había prohibido expresamente–, estiró el cuello para ver el rostro de su madre famosa, encajado como la pieza de un rompecabezas entre la pileta del baño y la bañadera. Apenas alcanzó a ver bien sus labios y le siguieron pareciendo hermosos. Le hubiese costado toda una vida digerir que la última mueca de su madre hubiera sido de irritación, horror o tristeza.

Fragmento
     
   

Autor

 

Foto de solapa:
Gisela González
 
                     

Bob Chow (Buenos Aires, 1963) es escritor y músico. Ha publicado las novelas El momento de debilidad (2014), El Águila ha llegado (2016), La máquina de rezar (2016), Todos contra todos y cada uno contra sí mismo (2016), Chocar el mono (2017) y cuentos en Mañana será diferente (2018).


   

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