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La felicidad es un lugar común
Mariana Skiadaressis
140 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2018
ISBN: 978-987-1768-47-9

 
 
     
   
     
 

La treintañera recién divorciada que protagoniza esta novela ha quedado despierta después de tener sexo con su escritor favorito, un hombre mucho mayor que ella, una especie de prócer literario que ahora ronca a sus espaldas. Desvelada, encuentra un libro tirado al costado de la cama (no un libro escrito por su amante, sino uno leído por él). Entre sus páginas encuentra la pregunta que funda esta inusual aventura: “¿Podemos imaginarnos a un gran escritor de la literatura universal, un Tolstoi, un Balzac, un Mallarmé, un Dickens poniendo la vista un segundo sobre las páginas de la mejor literatura argentina sin apartar la cara de inmediato abofeteado por un intenso olorexcrementicio?”. En esta notable primera obra de Mariana Skiadaressis, asistimos a una admirable variación sobre los avatares de un mundillo literario en los márgenes del resto del mundo. Puede que alguien se salve. Pero creo que no. En todo caso, la protagonista tendrá su aventura ahí adentro, una aventura muy parecida a una educación sentimental o, más precisamente, a una reeducación sentimental. 

Félix Bruzzone

Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

Salimos de la casa y caminamos hasta la avenida principal, que es un boulevard. El centro son cuatro cuadras iluminadas por unos faroles bastante particulares: un grotesco pie de cemento coronado por un globo de vidrio blanco.

–El alumbrado público de la calle central también es obra de Salamone.

–Con razón son tan raros –no digo que son espantosos para no herir la sensibilidad de mi compañero.

Damos unas vueltas para decidir dónde comer. La gente nos mira con curiosidad, como deben mirar a todos los forasteros. Elegimos el lugar que nos resulta menos feo. Es un restaurante que parece una casa. Serán unas diez mesas para cuatro, con manteles blancos que reflejan la luz de los tubos fluorescentes que iluminan desde el techo. En el fondo hay una barra de madera, cuya base está tapizada en capitoné con cuerina marrón. Hay cuatro bancos altos, dos de los cuales están ocupados por una pareja mayor que comparte un trago de color rojo. Los cuadros que adornan las paredes dan la sensación de no estar terminados, como si les faltaran pinceladas.

Nos sentamos junto a la ventana. Desde adentro puede leerse, aunque al revés, El Melody. Una clave de sol y una corchea bailan cerca del nombre. Se acerca un mozo que nos invita dos copitas diminutas con lemoncello, nos da la bienvenida y nos entrega un menú a cada uno. Yo bebo de un trago y el clon me imita.

–Los cuadros parecen pintados por alguien que tuvo una temporada pictórica interrumpida por la desgracia –Vitto asiente.


–Los hizo el hijo del dueño –susurra y la sonrisita irónica que me encanta se dibuja en su rostro.

Hacemos el pedido y enseguida nos traen el vino y una panera. La comida tarda bastante y casi terminamos la bebida antes de que llegue. Cuando sirven los platos, apuro lo que queda de la botella y le pido al mozo otra igual.

La carne es muy buena, debe ser fresca, ya que Pringles es un pueblo rodeado de campos. Si mi madre fuera comensal de esta mesa diría que fueron a matar a la vaca, por eso tardaron tanto. Vitto disfruta del banquete hasta que de pronto le cambia la cara. Abre los ojos bien grandes y toma con fuerza mi antebrazo:

–Nos persiguen los aparatos de represión estatal.

–Amor, no pasa nada, por qué decís eso –trato de tranquilizarlo.

–¿Ves el señor que está detrás de la barra? Es de los servicios secretos.

–¿Qué te hace pensar eso? Además no creo que hayamos cometido ningún crimen contra el Estado –bebo un trago de mi copa.

–Nos persiguen los aparatos de represión estatal –repite.

Tomo su cara con mis manos y acaricio sus mejillas con los pulgares.

–Vitto, te juro que estamos bien, quedate tranquilo, en serio. Ya pasó de moda el Estado represivo, es de otra época. Ahora hay que tenerles miedo a los poderes financieros.

–Nos persiguen los aparatos de represión estatal.

–Ey, Vitto, hablame de Salamone, ¿cómo sabías que los faroles de la avenida son obra de él también?

–Nos persiguen los aparatos de represión estatal.

Fragmento
     
   

Autora

 

Foto de solapa:
Jessica Waizbrot
 
                     

Mariana Skiadaressis nació en Buenos Aires en 1978. Es escritora y publicó cuentos en antologías de narrativa breve. La felicidad es un lugar común es su primera novela.


   

Reseñas

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(Nicolás Mavrakis)

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Mundo con libros
(Francisco Marín)

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(Rocío Cortina)

 

 

[Paco]

Lo que ellas quieren

Por Nicolás Mavrakis

Es inevitable imaginar una conversación entre la protagonista de Una vida en presente y la protagonista de La felicidad es un lugar común. Pero reunidas en algún punto de Buenos Aires, la ciudad que por momentos describen entre problemas y ansiedades sintonizadas casi al unísono, María Guevara y M.S., dos mujeres perfectamente contemporáneas, no conversarían sobre hombres, como si la escena se escapara de alguna sitcom de los años 90, sino sobre lo que las une con mayor rigurosidad: el trato directo y decidido, anímico pero también carnal, con la flaqueza de los hombres.

El triste rumiar de la “deconstrucción masculina”

Cada una a su manera, a veces “como si la formalidad de escuchar lo linda que soy convirtiera mi indiferencia en algún sentimiento relativo al amor”, como dice la protagonista de Una vida en presente, y a veces con la nostalgia de “uno de esos besos que enamoran e indican el comienzo de algo”, como dice la protagonista de La felicidad es un lugar común, esa conversación —¿en un bar no demasiado moderno y con las imágenes mudas de Christine Lagarde en algún televisor?— sería el anverso drástico del triste rumiar de la “deconstrucción masculina” que se consume en el vacío de las redes sociales. Oídas incluso fragmentariamente, María Guevara y M.S. podrían delimitar así el tono de una época muy distinta a los años 90, en la que las conversaciones sobre el amor, el sexo y los hijos ya no logran encuadrarse tan rápido en un esquema donde cuanto más construido está algo —incluida la masculinidad—, más se presenta como armónico y natural, “por lo que la autenticidad se convierte en el fetiche reaccionario por excelencia y en el Santo Grial de la mala literatura”, como dice Tom McCarthy.

Ni víctimas ni mártires

Discutir si es la flaqueza de los hombres lo que rige la entereza de las mujeres es menos relevante que el hecho de que, por su lado, las protagonistas de Una vida en presente y La felicidad es un lugar comúnsaben lo que quieren y saben cómo lograrlo (y lo que quieren, por supuesto, es vengarse del destrato masculino). Con esta ventaja epistemológica en su favor, María Guevara y M.S. se desprenden rápido de ese lastre casi omnívoro según el cual las voces femeninas, para narrarnos el complicado universo de las relaciones interpersonales adultas, tienen que presentarse con mayor o menor frontalidad como las tristes víctimas del ocaso otoñal de sus propias ensoñaciones infantiles, o —y esto es casi siempre peor— como las palmarias descubridoras del hecho de que los hombres, dispuestos a experimentar un considerable gusto por el sexo inmediato con una mujer, son capaces de decir cosas que no siempre son verdaderas, como por ejemplo, que están enamorados.

En una época donde deseo y goce son términos tan intercambiables como malentendidos en el campo de batalla de la guerra de los sexos, que Paula Puebla y Mariana Skiadaressis hayan optado por construir sus novelas a partir de heroínas en lugar de mártires tiene que agradecerse. A partir de ahí, sus historias se separan para volver a unirse solo al final, bajo una idea semejante pero expresada de dos formas distintas: aunque a veces a M.S. le gustaría “poder acompañarte, sin hablar, estar ahí y verte trabajar”, como le dice al escritor cincuentón y de codos resecos del que se enamora, “cuando uno no está solo, incluso las cosas más simples demoran el doble”, dice María Guevara.

(...)

La guerra de los clones

Para M.S., La felicidad es un lugar común avanza a través de una venganza distinta. Marcelo Kaminsky, un escritor argentino gordo, pecoso, cincuentón y con un talento acotado a los pasillos de la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires, no está dispuesto a convertirse en su novio. “Enseguida te aburrirías y me dejarías por uno más joven”, le dice Kaminsky, “casado con la literatura” aunque M.S. se haya acostado con él y se haya enamorado con la excusa de una monografía (“Marcelo Kaminsky, una estética de la proliferación”). La solución para esta divergencia es simple: hasta que el verdadero Kaminsky comprenda las necesidades afectivas y sexuales de una mujer joven y recién separada “que recupera el tiempo perdido con amigos y trata de mantenerse socialmente activa, disfrutando de la liviandad a la que accedí después del divorcio”, M.S. va a conformarse con un clon.

En términos estrictamente novelescos, el clon es un guiño airano mediante el cual la venganza contra esta indolencia sentimental de Kaminsky avanza en tono humorístico. Pero, ¿por qué no leerlo también como la involuntaria caricatura coyuntural de la “deconstrucción masculina”? Desde ya, el sexismo es como el racismo: todos sentimos el impulso, pero esperamos que en nuestros padres el impulso haya sido más fuerte, y que en nuestros hijos llegue a ser más débil. El cambio es lento y requiere del tiempo de generaciones para asentarse. Y por eso, apurados y falseados por la instantaneidad de la clonación, los duplicados de Kaminsky se reducen a versiones cada vez más simples y brutales del original.

Simpleza y masculinidad

Dócil y contento, útil como una almohada perfecta y, sobre todo, predispuesto sin mayores resistencias a cualquiera de los caprichos de M.S. —incluida una mudanza a Pringles, donde intentarán una vida juntos—, el clon de Kaminsky solo se viste con un jogging “y encima coge mejor”, le cuenta M.S. a uno de sus amigos. Esta última mejoría, sin embargo, es tan enérgica como fugaz: si el Kaminsky original tiende a “jadear” y “acabar cuando empiezo a disfrutar”, dice M.S., su clon, en cambio, “embiste con fuerza” y apenas un instante antes del orgasmo “se detiene” y “me da vuelta, me abofetea, luego me agarra la mandíbula fuerte con su mano enorme mientras se masturba y eyacula en mis tetas”. A M.S. le gusta, pero eso no impide que el clon de Kaminsky, a pesar de las promesas, empiece a ensimismarse y perder el entusiasmo.

“No sé qué es el amor para un clon, pero entiendo que él elige quedarse conmigo y ser cariñoso, lo cual me parece reciprocidad suficiente como para sentirme correspondida, incluso aunque nunca pueda formular la frase te amo”, dice M.S. Y aunque tiene algunos intentos torpes de escribir, “la simpleza y la masculinidad” del falso Kaminsky terminan apoltronadas durante la mayor parte del día frente al televisor o en la cama, tomando té y sonriendo “con la mueca de un descerebrado”. M.S. no va a tardar en devolver el clon deconstruido a su fuente ni a descubrir quiénes son los hombres al verdadero alcance de sus expectativas.

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[Perfil]

Buscando el amor y otros tópicos

Por Mariano Buscaglia

La felicidad es un lugar común es una novela con diferentes estratos que funcionan en una rara lucha de contradicciones y que, finalmente, encajan en la estructura total del libro.

La novela de Skiadaressis hace un análisis inteligente, y con buenas cuotas de humor, sobre el genio literario y el sentido del amor, para hablar de aquello que nos eleva de lo pedestre y cotidiano que tiene la vida en su día a día. La narradora sostiene que “…nada que sea considerado literatura puede ser un lugar común”. Esa será la llave para salir del pozo anímico en el que se encuentra su existencia.

La protagonista de la novela, una estudiante avanzada de Letras de treinta y pocos años, se contacta con un escritor consagrado, Marcelo Kaminsky, porque decide escribir una monografía sobre su obra y necesita completar algunos huecos bibliográficos. El disparador es una foto del escritor en la solapa de un libro, donde el autor aún era joven y pintón, la protagonista confiesa que esa foto “la calentó”. El contacto termina en una encamada y en un enamoramiento fervoroso por parte de la mujer. La diferencia de edad y el hecho de que el escritor sea un eyaculador precoz, no estropea la pasión que le despierta a la estudiante. Según sostiene: “Yo necesitaba a alguien a quien admirar”. Cuando el escritor le consulta por qué decidió escribir sobre él, la chica le responde que no fue sobre él, sino sobre su literatura. Lo que le atrae de su obra es la variedad de voces que imposibilitan encasillarlo en un estilo, para la protagonista “la genialidad no tiene ninguna apariencia”. Por eso, cuando lo visita, revisa los rincones de la casa, abre la heladera para ver “de qué se alimentan los genios”. Hay una búsqueda desesperada por encontrar una fórmula que pueda aplicarse o describirse. Y ahí reside el quid que aúna al amor con la genialidad, dos sustantivos que son difíciles de definir sin desinflarlos de su poderío semántico, sin recurrir al cliché, o sea, al lugar común. Y si bien la protagonista da la impresión de ser un personaje superado, con rasgos de esnobismo, en lo profundo anhela cosas sencillas en las que siempre fracasa: formar una pareja estable y tener una vida apacible. “Quiero estar con alguien para siempre porque uno no se pone en pareja para separarse…” o en esa frase trillada: “De eso se trata la vida, ¿no? Nacer, reproducirse y morir”.

La novela se divide en dos partes bien marcadas: la primera es el contacto y el fracaso amoroso con el escritor; y la segunda tiene un matiz bien fantástico y simbólico que podría leerse como el “que hubiese pasado si…” Es significativo, en esta etapa, que en el momento en que debe camuflar su identidad con un seudónimo recurre al de Madame Bovary.

Y lo que sigue es una fuga a Coronel Pringles, guiño consciente a César Aira, y la puesta a prueba de los deseos de la estudiante y su consiguiente desilusión que le permitirá encontrar el significado que hasta entonces yacía soterrado. El genio, con sus múltiples e inasibles estilos, se vuelve indefinible y, justamente por ello, deja atrás cualquier rasgo de mediocridad. Su ausencia de identidad y su multiplicidad de caras lo vuelve superior a cualquier imitador: “las múltiples voces que le da Kaminsky a sus libros, como si se tratara de muchos escritores”. Y, al final, la búsqueda del amor, de una pareja estable, que coge bien y que es cariñosa resulta en un fracaso, porque eso no es el amor, sino un ideal. “Lo amoroso es una proyección fantasiosa sobre otro desconocido” parafrasea a Lacan. En Pringles, en esa geografía contaminada por el fantástico de Aira y por las ostentaciones arquitectónicas y esotéricas de Salamone, es donde la protagonista recupera el sentido.

Da la impresión de que es en el uso consciente del lugar común donde, a veces, personalidades complejas alcanzan esa rara (y muy escasa) sensación que algunos llaman felicidad.

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[Mundo con libros]

La felicidad en la era de la reproductibilidad técnica

Por Francisco Marín

Marcelo Kaminsky es un escritor argentino de prestigio moderado que a lo largo de toda su obra desarrolló las ideas de la multiplicación y la variación; M.S. es una estudiante de Letras de unos treinta años que, tras un divorcio, se propone finalizar la carrera y recuperar el tiempo perdido con amigos entre música electrónica y cocaína. La protagonista se obsesiona con la obra de Kaminsky al estudiarlo para realizar una monografía y se propone (y consigue) conocerlo y cogérselo. En el curso de la breve relación que entablan, M.S. descubre que su escritor favorito consiguió, sea por magia o por ciencia, romper los límites que separan a un autor de su obra. Frente al eminente fin de la relación, la joven espía al escritor y descubre en su casa un escuadrón de clones escritores. M.S. secuestra un Kaminsky de imitación para cumplir su sueño de ser la esposa de un escritor consagrado. Ilusionada con su juguete nuevo, la protagonista escapa de la capital hacia Pringles en busca de algo parecido a la felicidad.

¿Es la variada obra de Kaminsky fruto de la producción de múltiples escritores o son sus dobles una intrusión del universo literario en el “mundo real”? ¿Cuánto se parecen el amor y la admiración? ¿La monotonía y predictibilidad de la vida en los pueblos se parece en algo a la felicidad de convivir con la genialidad? En el transcurso de la novela se plantean tocan cuestiones como el lugar de la literatura argentina en el plano mundial, la monogamia, la adultez, la academia, el sexo, la arquitectura y la lógica rosquera dentro de los círculos literarios locales.

Skiadaressis parece describir su propio estilo cuando se refiere a la obra de Kaminsky, de quien afirma que “tiene un efecto de realidad tan potente que me hace sentir una espía en la vida del tipo”. Este realismo casi transparente de la narración arrastra al lector como a un ciego por la historia de M.S. para meterlo de prepo y sin ningún tipo de advertencia en un mundo absurdo en el que se ríe tanto de los ideales de éxito de una generación criada entre fracasos como de la sacralización de la figura del autor. Skiadaressis corta cabezas a lo loco y no parece inmutarse ni un poco.

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[La Agenda BA]

El acceso al poder

Por Quintín

Esta es una novela construida con gran astucia, lo que le permite ser realista y fantástica, así como relato de aprendizaje, novela en clave, descripción del mundo literario y hasta un acto de venganza. Se puede ser lector, se puede estudiar literatura, se la puede enseñar, se puede escribir, se puede publicar. Pero en la vida de todo aspirante a las letras suele haber un punto de particular intensidad, que convierte un interés adolescente en una vocación y hasta en un destino. En La felicidad es un lugar común, ese punto es la relación carnal con un escritor.

M.S. (las iniciales coinciden con las de la autora) es una mujer contemporánea y se encarga de declararlo en el primer párrafo: “Hoy domingo tengo que estudiar y no resulta fácil porque la resaca y la boca entumecida por la merca no me dejan concentrar”. La frase es seca, hasta un poco dura, y un ejemplo de la prosa descarnada, directa y sin adornos de Skiadaressis, cuyo tono varía muy poco cuando describe un coito o un viaje en ómnibus. A poco de leer queda establecido que la protagonista es joven, divorciada, estudiante de Letras y que, al investigar para una monografía sobre la obra de un escritor llamado Marcelo Kaminsky, se enamora de él. Sobre el final del libro, resume el principio de la historia de este modo: “Su cara me recuerda la solapa de aquel libro que conseguí en la librería de usados. Esa foto me calentó un poco y al mirarla decidí que debía conocerlo y cogérmelo. En realidad, ya me había calentado su literatura.”

En las primeras páginas hay una escena donde la protagonista va a una librería para conseguir los libros de Kaminsky. Allí se encuentra con “Roberto Niebla, un escritor conocido por su literatura y temido por la asesina acidez de sus comentarios”. No hay duda de que está hablando de Rodolfo Fogwill (la librería, además, es la de Francisco Garamona, cuando quedaba en la calle Gascón). Establecida esta conexión que Skiadaressis no se preocupa en ocultar, es inevitable preguntarse por la identidad de Kaminsky, el objeto de deseo de M.S. Para averiguarla basta googlear una frase característica del personaje (“Soy un escritor cómico por aberración de la forma”), para encontrarse con que se trata de una declaración de Daniel Guebel. Si Skiadaressis tuvo con Guebel el romance que cuenta la novela, si ella lo sedujo y él no quiso pasar de un trato distante mientras que ella se enamoraba, si finalmente ella logró despegarse de su obsesión son detalles que no sabremos, pero hacia allí apuntan las pistas.

De todos modos, Skiadaressis toma sus precauciones. La primera es el giro fantástico del relato a partir de que M.S., acechando la casa de Kaminsky, descubre que el escritor tiene varios clones, lo que explicaría el hecho de que sus libros “tienen estilos muy distintos entre sí, como si hubieran sido escritos por personas diferentes. Esto creo yo, tiene que ver con correrse de la fijeza del estilo y así lograr un borramiento de la imagen de autor único como figura de prestigio. Un día, secuestra a uno de los clones que, aunque un poco ido, resulta ser un mejor amante y un compañero más cariñoso que el original, aunque sin todo su talento. M.S. y el clon parten para establecerse en un pueblo, donde las cosas no marchan del todo bien, porque el clon empieza a funcionar de modo deficiente y actúa como un autista. Más que una deriva fantástica del relato, la historia del clon es más bien una alusión al hecho de que Kaminsky no lograría ser un personaje íntegro en ninguna de sus variantes, aun cuando se lo propusiera. Dicho de otro modo, no es que M.S. no lo atraiga lo suficiente como para formar una pareja con ella, sino que es incapaz de hacerlo con cualquier mujer.

Pero las precauciones de Skiadaressis no se agotan en la excursión fantástica. El libro abre con una cita que corresponde al Fragmento de un discurso amoroso de Barthes: "Basta que, en un relámpago, vea al otro bajo la especie de un objeto inerte, como disecado, para que traslade mi deseo, de ese objeto anulado, a mi deseo mismo; es mi deseo lo que deseo, y el ser amado no es más que su agente”, casi una explicación del descubrimiento de la fotografía en la solapa. El recurso a Barthes (y después a Lacan: “Lo amoroso es una proyección fantasiosa sobre un otro desconocido”) sirve al propósito de aclarar que el relato de la vida de M.S. como groupie tiene la dignidad que le presta la teoría y que ella la conoce. Porque Kaminsky es menos un amante ocasional y una pareja fallida que el camino hacia la literatura. M.S terminará hablando de Proust y diciendo: “En este pueblo me siento capaz de recuperar el tiempo perdido: voy a terminar la monografía y continuar la carrera a distancia. Hasta me animo a retomar la escritura de ficción”. El pueblo en el que termina la novela, que resulta una especie de puesta en abismo de la propia narración, es Coronel Pringles, el lugar donde nació César Aira (a quien no se nombra). Es una manera inconfundible de ubicar La felicidad es un lugar común en el centro de la literatura argentina, al menos del mundo de la carrera de Letras. M. S. empieza siendo estudiante y cholula. En Pringles se demostrará profesora y se propondrá ser escritora. Y hasta el propio título alude a esa inmersión en el mundo literario auténtico: “La felicidad es un lugar común, y nada que sea considerado literatura puede ser un lugar común.”

El rito de pasaje por la cama de Kaminsky será el comienzo de una evolución que le permitirá a M.S. obtener las claves para atravesar el espejo. Después de descripciones detalladas de mails, conversaciones, actos sexuales, separaciones y despedidas, M.S. comenta: “Estoy acostada con el cuerpo en decadencia de una persona en las puertas de la vejez”. Unas cuantas páginas antes, cuando se sentía optimista con la relación, había escrito: “Aprovecho para decirle que a mí sí me pasa de todo con él, que sus libros operaron en mí un salto intelectual, una comprensión mayor del arte y la vida, una capacidad de disfrutar de la literatura que nunca imaginé”. Si el libro tiene algo de venganza, tiene más de agradecimiento. Al final, liberada de la infatuación amorosa, M.S. ha dejado de ser una estudiante y también una exégeta: ya no necesita escribirle mails a Kaminsky que digan cosas como “Estuve pensando y creo que tu obra demanda ser interpretada para volverse legible. Esta exigencia la convierte en vanguardista”. Ha dejado de ser parte de la periferia de la literatura para ser una practicante por derecho propio.

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[Perfil]

Dos novelas de género

Por Martín Kohan

Ya sabemos con qué clase de tretas intenta recuperar terreno el machismo. Insiste con la pretensión de que a las mujeres las percibamos siempre frágiles, débiles, inermes, pasivas; siempre un poco a merced de los varones, precisadas de asistencia. La lectura de las novelas de Mariana Skiadaressis (La felicidad es un lugar común) y Paula Puebla (Una vida en presente) se resuelve, por el contrario, en este sentido, como una notable afirmación de género. En ellas las mujeres seducen activamente, tomando la iniciativa; si hace falta, insisten y hasta persiguen; dominan a menudo las situaciones, seguras de que pueden hacerlo; se hacen fuertes en el terreno sexual, en vez de pisarlo con el tembloroso amedrentamiento de quien ronda un amenazante campo minado. No declaman su poder, no les hace falta; se limitan a ejercerlo, porque es poder de veras.

Ni Skiadaressis ni Paula Puebla idealizan a sus narradoras: se permiten mostrarlas incluso crueles, implacables hasta la discriminación con los hombres viejos o endebles; capaces de humillación cuando quieren deshacerse de alguien. Otras veces, en cambio, sufren. Pues no caen en estereotipos, no son siempre de una misma forma: a veces sufren. Sufren cuando se enamoran y ese amor no es recíproco. Es así con los amores no correspondidos: duelen mientras duran. Pretender ponerse a salvo, por afuera o por encima, blindándose al padecimiento sentimental, es muy propio del machismo. Nada que ver, por lo tanto, con estas dos formidables novelas.

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[Bazar americano]

¿Qué pasa en Pringles, chica bovarista?

Por Anabel Tellechea

M.S., una chica porteña de unos treinta años, se propone recuperar el tiempo perdido a causa de la ruina de su matrimonio, derrumbado por una relación desgastada que revela la incompatibilidad con su pareja. A partir del divorcio reanuda su vida de soltera: reuniones con amigos, el reviente, los estudios de Letras en la facultad, nuevas aventuras amorosas y el día a día improvisado, desmarcado de la rutina. El regreso a la carrera se efectúa mediante las lecturas que debe cumplir como parte del plan de trabajo que ha presentado en el marco de un seminario, y entre toda la bibliografía está Bajo el mismo río del escritor Marcelo Kaminsky, novela que capta su atención y le genera entusiasmo. La lectura le provoca tal efecto de identificación que la cautiva hasta encontrar la línea crítica del trabajo de investigación, así como también le da ganas de volver a escribir narrativa, deseo frustrado por su experiencia estudiantil. Una vez esbozado el texto académico, M.S. le escribe un mail a Kaminsky y así comienza la relación que se despliega en La felicidad es un lugar común. El propósito del correo es claro y continúa la línea de su intuición crítica: “quiero ver si se siente identificado con algo de lo que propongo”. Luego de un breve intercambio de correos, la protagonista comienza a hacerse de las obras que le faltan gracias a las indicaciones y recomendaciones del escritor. Algunas las consigue en una librería de usados que pertenece a dos poetas, a la que va por recomendación de Kaminsky, y con las que le faltan M.S. prepara una lista y vuelve a escribirle. De su respuesta obtiene dos cosas: él se compromete a regalarle los ejemplares en libro que le sobran y fotocopiarle los otros, y le da su número de teléfono. Ella lo llama, arreglan un encuentro en la casa de Kaminsky, y para los siguientes encuentros ya serán amantes.

Esta novela se sitúa en la zona de la literatura que problematiza su vínculo con la vida, pero no porque participe de las escrituras del yo de corte autobiográfico. No me refiero a la vida de la mismísima Skiadaressis escritora y su puesta en texto, sino a que la relación entre literatura y vida es objeto de reflexión en la novela. Sobre este punto cobra una importancia clave que la protagonista, voz narrativa también, sea estudiante de Letras: resulta obvio que maneja ciertos conceptos críticos como la muerte del autor de Barthes, como cuando le retruca a Kaminsky que la monografía “No es sobre vos, es sobre tu literatura”. También es en el marco de dicha relación donde se juegan las acciones y decisiones más profundas de la protagonista. La intensidad de la implicación de M.S. en las lecturas es la verdadera energía para estudiar un domingo con “la resaca y la boca entumecida por la merca”. El hallazgo de la prosa de Kaminsky le posibilita, además de retomar sus estudios –interrumpidos varias veces hasta con cambios de carrera–, el abandono de “la figura intocable del escritor y de toda la literatura” que había alimentado su experiencia en Letras y algunas historias familiares sobre genios y locos en su genealogía: “Durante mucho tiempo intenté escribir para ver si manifestaba algún talento heredado, pero nunca sentí que mis producciones estuvieran a la altura de la literatura que me gustaba”. Las ganas de volver a escribir regresan, finalmente, con un cambio de concepción sobre la literatura.

Aquello que le llama poderosamente la atención de la novela de Kaminsky es lo que luego va a marcar el accionar de la protagonista: Bajo el mismo río produce un efecto de realidad “tan potente que me hace sentir una espía en la vida del tipo, como si estuviera mirando un reality show”. Y eso es exactamente lo que hará ella: pasa de ser la lectora que imagina, cautivada por la escritura (también desde la figura barthesiana la imaginamos levantando la vista del texto), a convertirse en agente de esas acciones yendo a espiar al escritor, infiltrándose en su casa y descubriendo el secreto que hará que la narración desborde el realismo hasta diluirlo con la aparición de los clones en la casa de Kaminsky.

El objeto crítico de M.S., la estética de la proliferación en la narrativa de Kaminsky y el corrimiento de la fijeza en el estilo, también resulta ser más que eso. Cada obra parece escrita por alguien diferente porque efectivamente es lo que sucede: ella descubre que el escritor vive con diez réplicas suyas que producen para él. Confirma su hipótesis sobre la variación estilística y concluye que Kaminsky borra la imagen de autor único como figura de prestigio, pero lo hace no desde la lectura crítica o el análisis textual sino a través de la experiencia. En sus palabras, lo que encuentra es “la prueba de que eso [la multiplicidad de voces en el texto como si se tratara de muchos escritores] es lo fundamental en su obra, porque es parte de su vida que se filtra sin remedio en sus escritos”.

El aura del original está liquidada, tanto para el autor como figura como para el escritor y su encanto. Otra vez sobreviene la decepción amorosa. El “verdadero” Kaminsky cada vez se aleja más de sus expectativas: no la complace sexualmente, tampoco acepta tener un noviazgo con ella y desaparece por varios días sin prestarle atención ni dar explicaciones. Uno de los clones, al que bautizó Vitto por Vittorio Gassman y Marcello Mastroianni, se convierte a sus ojos en una versión mejorada: “Este parece que me quiere y el viejo fóbico de Kaminsky me rechaza sistemáticamente”. Vitto tiene las virtudes del parecido, la sumisión a sus deseos y ser amo de casa, mejor amante, peor escritor.

Con Vitto se mudan a Coronel Pringles donde comienzan una nueva vida. Con él, obviamente, tiene el mismo problema que con Kaminsky: las ilusiones son muy grandes ?“Todo sea para empezar de cero con él, construir una vida juntos, juntos para siempre”? y los resultados, grises, modestos. A la creciente incomodidad de la protagonista se le suma el comportamiento (o deberíamos decir, funcionamiento) anómalo de Vitto, como escribir siempre la misma frase en una página de Word o desmayarse de cara al plato en un almuerzo social de pueblo. Luego de este último incidente, duerme de manera continua durante tres días en los que ella planea meticulosamente cómo devolverle al escritor su clon sin meterse en problemas.

Para comunicarse con Kaminsky crea una cuenta de correo electrónico alternativa. El objetivo es no ser descubierta como la secuestradora del clon, sí, pero la maniobra tiene valor agregado que devuelve la novela a la relación entre literatura y vida. M.S. firma su mail para el escritor arreglando la devolución de Vitto como “Emma”. Completada esta tarea, Mme. Bovary cierra la sesión y borra el historial de internet. Borra la insatisfacción como leitmotiv, la constante de que cada proyecto comenzado con ilusiones se encamine hacia la decepción. Antes de abandonar a Vitto, encuentra un nuevo interés romántico en la escuela donde ha empezado a trabajar. Se trata de Jorge, un profesor joven de Historia que tiene a su favor no compartir las características principales de sus intereses anteriores: ni escritor, ni judío. Pero el triunfo de M.S. no es haber encontrado su objeto de deseo, sino haber huido con éxito de las expectativas desmedidas, del tedio de los grandes lugares comunes: la gran ciudad, la academia como consagración, la escritura del genio, el gran amor.

Solo después de la experiencia de estos acontecimientos M.S. podrá lograr en Pringles los objetivos que se propuso al principio de la novela. Ahora sí “En este pueblo me siento capaz de recuperar el tiempo perdido: voy a continuar la monografía y la carrera a distancia. Hasta me animo a retomar la escritura de ficción”. La felicidad es un lugar común es una novela cuya narración se expande menos a partir de las cosas que pasan que de las transformaciones en la subjetividad del yo que narra. Un yo que a fin de cuentas no le debe a Kaminsky una aventura amorosa sino la transformación del modo en que concibe la literatura y así, finalmente, de su vida.

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[Revista Invisibles]

La figura en el tapiz

Por Germán Lerzo

La trama de dos novelas recientemente publicadas tienen en su centro un mito, un misterio y un acertijo que las narradoras de estas historias quieren descubrir. En La felicidad es un lugar común, primera novela de Mariana Skiadaressis, una estudiante de Letras analiza la obra de un escritor contemporáneo argentino e intenta escribir una monografía sobre los procedimientos creativos allí presentes. En La luz negra, segunda novela de María Gainza, una joven iniciada en el mercado del arte decide investigar la vida de una falsificadora de pinturas que borró los rastros de su existencia y actividad pasadas. Lo que se narra es la búsqueda de información que le permita escribir su biografía: documentar la vida de una artista que gravitó en la vanguardia local a fines de 1960, y tuvo el recaudo de dejar pocas huellas tras su paso por el mundo.

Las escritoras argentinas Skiadaressis y Gainza han elaborado dos novelas cuyas protagonistas son mujeres que quieren escribir mientras se enfrentan a los desafíos que esta práctica supone. En sus ficciones el comienzo de la escritura se posterga cuando pesa sobre ellas el cotejo con vidas y obras que las preceden.  

La intriga de uno y otro relato depende del avance en el conocimiento de los secretos que buscan revelar sus protagonistas. El combustible de la progresión narrativa es la adquisición y el ejercicio de nuevos saberes que en un caso se acumulan y en otro se dispersan. El proceso de aprendizaje está plagado de obstáculos. La transición del no saber nada hasta dotarse de los frágiles instrumentos que les permitirán definir, aunque más no sea borrosamente, como piezas de un rompecabezas, como la figura en un tapiz, aquella imagen general del cuadro que persiguen y que revelará el sentido total de la obra de un artista, es la fábula que Skiadaressis y Gainza cuentan con pareja intensidad, pero con desenlaces distintos.

La obra narrativa de Marcelo Kaminsky es el objeto de estudio de la protagonista de La felicidad es un lugar común, quien se presenta en la ficción con las iniciales M.S., idénticas a las de su autora. Tras la búsqueda sin éxito de dos novelas del escritor, se pone en contacto con él para obtener los ejemplares y hablar sobre su obra. Eso le permite establecer una relación que pasa rápidamente de lo cortés a lo afectivo, y del afecto a la obsesión. En ese trato desigual entre ella y el escritor, entre una admiradora y su autor preferido, se establece un vínculo donde el que decide la forma y el momento en que debe llevarse a cabo es quien terminará en desventaja. Las tretas de la débil resultan más eficaces que la estrategia basada en el cálculo y la especulación del macho poderoso. Así, la joven estudiante descubre un día el secreto del procedimiento narrativo por el cual todos los libros del autor parecen que “hubieran sido escritos por personas diferentes”. Ese secreto que el gran escritor guarda celosamente en su casa para elaborar las ficciones que publica y con las que se ha ganado su prestigio, es aquello que la protagonista decide robarse y luego alejarse con la pieza fundamental de esa “máquina” narrativa.

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En ambas ficciones se pone en discusión el valor de las obras de arte que gozan del estatuto de lo auténtico, cuando las copias falsificadas disputan y adquieren el mismo valor de cambio que el original. Así se cuestionan las formas de consagración y legitimación del arte en general, de la pintura y de la literatura en particular. Es decir, del poder del mercado y de la manipulación de los mecanismos que otorgan prestigio a  determinado artista.

En La luz negra, leemos:

¿Una buena falsificación no puede dar tanto placer como un original? ¿En un punto no es lo falso más verdadero que lo auténtico? ¿Y en el fondo no es el mercado el verdadero escándalo? (…) A veces me pregunto si la falsificación no es la única gran obra del siglo XX.

 Y en La felicidad es un lugar común, dice la narradora:

Hace poco leí un cuento suyo [de Marcelo Kaminsky] que salió en un suplemento cultural, y uno de los personajes, que era artista, coleccionaba su caca en frasquitos a los que rotulaba con la frase “mierda de artista”: esa era su obra. O sea, el arte –en este caso la escritura- es cualquier mierda que haya hecho una persona con tal de que alguien autorizado la legitime como arte o la publique.

Como ya mencionamos, la protagonista de La felicidad… suerte de versión femenina del mito de Prometeo, le roba el fuego sagrado de la ficción al dios de la literatura local, para educarlo y moldearlo en función de sus necesidades. Así, la máquina de producir literatura se transforma en una máquina de producir afecto. Investigando el sentido de la obra de Kaminsky, la protagonista descubre el sentido de su propia vida: la búsqueda del amor a cualquier precio que la llevará de una ciudad a otra, de un hombre a otro, en su alocada aventura para alcanzar la felicidad.

La protagonista de La luz negra hace un movimiento semejante al de La felicidad… Cuando cree saber todo sobre la obra de la Negra, decide investigar el secreto de su vida “para completar ciertas zonas del cuadro”. Su tarea no es la de quien intenta recuperar el pasado sino de recrearlo, y en ese gesto el pasado se vuelve un drama, una alucinación o una alucinación dramática: “Había algo patético en mi búsqueda, ahora me doy cuenta. Quizá fuera el Sehnsucht lo que me empujaba, esa palabra alemana que significa anhelo por alguna cosa intangible. C. S. Lewis la describió como la búsqueda inconsolable de algo que no sabemos qué es.” Esa idea trae el eco de la definición lacaniana del amor que cita la protagonista de La felicidad…: “Amar es dar lo que no se tiene a quien no es.” En las novelas de Skiadaressis y Gainza, entre el amor, la vida y el arte, sus protagonistas se mezclan con el mundo en busca de aquello que se escapa. Se narra aquello que se busca y no se tiene; se vive para aprender que no siempre hay un punto de llegada.

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En ambas novelas la curiosidad y la decepción se vuelven el motor principal de la narración. Y la antigua premisa vanguardista de unir el arte con la vida adquiere el contorno de una epifanía, de una evocación que se disuelve ante la inminencia del roce. Como si estas ficciones del presente suscribieran de algún modo a la idea de que narrar es contar aquello que no sabemos sobre algo o alguien que nunca está. 

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[El País Digital]

Reeducación sentimental

Por Tatiana Raicevic

La felicidad es un lugar común es la primera novela de Mariana Skiadaressis. Publicada por editorial Entropía, narra la vida de una treintañera recién divorciada que decide volver a la facultad para terminar la carrera de Letras. El disparador es la preparación de una monografía final para un seminario de licenciatura que parece desencadenar una serie de obsesiones que la protagonista trata de sortear. Un sólido y divertido relato cargado de guiños y parodias a distintos personajes que habitan el “submundo” Puan.


Como bien resaltó Félix Bruzzone en la contratapa del texto, el tránsito de la protagonista se parece mucho a una “reeducación sentimental”.  La joven, que  ya en los primeros renglones confiesa que desde su separación trata de mantenerse “socialmente activa” para “recuperar el tiempo perdido”, encuentra en la obra de un escritor cincuentón de “módica fama” pero muy prolífico, su corpus de novelas ideal para escribir algo “decente” y decide iniciar un diálogo vía mail para solicitarle colaboración para conseguir sus libros agotados. “Debe ser vanidoso y seguramente reciba con agrado los mails de los estudiantes que trabajan sobre sus textos”, dice sobre su nuevo objeto de deseo.

El intercambio de mails resulta en la invitación a conocerse personalmente y en el inicio de una particular relación amorosa, que derivará en una “aventura” que, aunque no elimina el registro realista, sí lo desdibuja bastante.  

La felicidad es un lugar común es una novela que no solo retrata, con una mirada no exenta de ironía, un poco del mundillo literario argento y las dificultades del proceso de escritura, sino que  narra la obsesión, las inseguridades, la huida, el fracaso, la ilusión, todo entremezclado en la historia de una mujer que quiere vivir su historia de amor “cueste lo que cueste”.

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[Medium]

"Me gusta poder tejer mundos"

Por Nicolás Mavrakis

¿Qué cosas te inspiran y te dan ganas de escribir?

Es al revés, nunca tengo ganas de escribir, pero resulta una imposición en mi cabeza para la elaboración de ideas y por la necesidad de ser apreciada. Todos necesitamos un cachito de valoración externa para sostenernos. Algunas personas la encuentran en sus trabajos remunerados, otros teniendo hijos, otros –como yo– en la escritura. Me inspiran los pequeños detalles o las pequeñas anécdotas. Puede ser un lugar de la infancia, una situación familiar, una historia contada por otro y hasta un objeto. En esas cosas de pronto encuentro tres o cuatro conexiones que me sirven para tejer un mundo, sea el de un cuento o el de una novela.

¿Tus amigos te leen y comentan lo que escribís?

Sí. Todo lo que escribo lo muestro cuando siento que llegué a una forma aceptable o que ya se vislumbra lo que quiero contar. Siempre les paso mis textos a unos tres amigos que me hacen devoluciones para enriquecer la idea que tengo entre manos. Gracias a ellos logré terminar mi primera novela.

¿Qué es lo que más te gusta de escribir?

Me gusta poder tejer mundos, hacer que las conexiones que yo veo entre las cosas cobren valor. La literatura es una forma de darle sentido a la absurdidad de la existencia, porque estructura sus materiales haciendo parecer que los acontecimientos que narra son reales y cierran. Son solo palabras, pero todas juntitas nos hacen sentir menos solos.

¿Qué es lo que menos te gusta?

Que no se puede vivir de la literatura, al menos en Argentina.

¿Qué estás leyendo ahora?

Terminé recién varias novelas juntas: El hijo judío, de Daniel Guebel, La ilusión de los mamíferos de Julián López y Enero de Sara Gallardo. Tienen en común un clima de soledad y angustia, visto desde la perspectiva de un niño, de un hombre y de una mujer joven. Todas lograron generarme empatía. A su vez, hace mucho que estoy leyendo un libro que tengo que mechar con otros por lo denso, pero que es realmente fascinante: Leñador, de Mike Wilson, editado por Fiordo Editorial. En una pregunta anterior hablaba de que la literatura teje mundos, este libro es una especia de tapiz infinito.

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[Polvo]

"¿Qué hacemos con la idea del amor y toda esa mierda que nos venden?"

Por Rocío Cortina

De adolescente, lo que más le gustaba era leer. Por eso se licenció en Letras, aunque antes tuvo dudas con Filosofía. Fue su padre quien la instó a decidir: “Por favor, licenciatura en diversidades no, estudiá Letras entonces”, le dijo. Pasó por talleres literarios —entre ellos el de Diego Paszkowski, adonde también asistieron autores hoy consagrados como Samanta Schweblin, Sonia Budassi y Hernán Vanoli— y escribió cuentos cortos y textos que nunca terminaban de convencerla.

En 2018, finalmente Mariana Skiadaressis (Buenos Aires, 1978) publicó su primera novela, La felicidad es un lugar común (editorial Entropía). La historia está protagonizada por M.S., una estudiante de Letras que produce una monografía sobre la obra del escritor Marcelo Kaminsky y en el devenir de la investigación tiene una aventura amorosa con él.

“Estudiar Letras no te hace escritor, te da mucho bagaje porque leés como un cerdo pero te genera muchos prejuicios también”, advierte la autora. Y confiesa además que los años de armado de esta novela fueron los más inestables de su vida: “En ese tiempo tuve un hijo, me separé, me volví a juntar, me mudé y terminé el libro cuando mi hijo tenía dos años”. De esas y otras vicisitudes del oficio de escribir charlamos con Mariana en su casa de Palermo, mientras su gata Coca husmeaba entre nosotras.

¿Cuánto tiempo te llevó terminar el libro, en total? ¿Cómo fue el proceso?

Me costó cuatro años armarla, desde que se me ocurrió la idea hasta que pude darle forma de novela. Fue cero parejo el proceso. Tuve una idea que me parecía que podía funcionar. Un amigo de mi adolescencia, Julián Urman, escritor también, me ayudó a darle forma. Al principio tenía dos historias en paralelo: la del escritor Kaminsky y el divorcio de la narradora. Julián me aconsejó que las fusionara. Trabajé en la trama y en el final, y cuando tuve todo más o menos claro empecé a tallerear con Carlos Busqued. Ahí le dimos al texto un par de sopapos interesantes y empezó a salir.

¿Cómo sobrevive el mismo proyecto al tiempo, a los cambios en tu vida como autora?

La reescribía todo el tiempo. Fue mucho trabajo sobre la misma historia. Pero la idea nunca cambió. Un poco de mi vida está en el libro. Mis dos temas son la literatura y lo amoroso. De eso no me puedo apartar, mi escritura es sobre eso. ¿Qué hacemos con la idea del amor que nos venden? ¿Qué hacemos con eso que una proyecta, con toda esa mierda? Esas cuestiones me atraviesan.

En la novela aparece un escritor clonado. ¿Fue solo un recurso eficaz para construir al personaje o te interesa algo en especial de la clonación humana?

Me interesa esa especie de anticipación histórica que hay en la ciencia ficción. Sí, de todos modos tiene que ser un recurso que funcione en la historia, por eso acá la clonación va con las características del personaje de este escritor con quien se involucra la protagonista.

Por otro lado, la protagonista de tu historia atraviesa experiencias en un mundillo literario dominado por hombres. Eso merece una lectura de género. Eso y que en su vida no están las típicas mujeres amigas ni confidentes, sólo está su madre, y más adelante aparece un círculo de mujeres cuando el personaje se muda a vivir a Pringles. ¿Creés que el mundo literario contemporáneo se asemeja a eso?

Sí, creo que el mundo literario es de hombres. Por circular por esos espacios tengo muchos amigos varones. Y me ha pasado de cruzarme con varones que antes de publicar la novela no me saludaban, y ahora sí. Antes no: porque era mujer y no había publicado nada. Tenés una novela y de pronto empezás a existir. Pero tampoco me siento más o mejor escritora por sacar una novela. En la presentación del libro, Sonia Budassi destacaba la idea de que en Pringles la protagonista encuentra su espacio de pertenencia y un grupo con otras mujeres.

En ese momento de la historia ella se va de la ciudad de Buenos Aires y se instala en Coronel Pringles. ¿Cómo funciona la huida del personaje? Lo pienso también en relación a la novela de Paula Puebla, Una vida en presente, donde la protagonista tiene una suerte de doble escape. También me recordó a Open Door, de Iosi Havilio, con la idea del interior como refugio. ¿De qué huyen las mujeres?

Hay un poco de ese “chau” adentro de todas las mujeres, supongo que a los hombres también les debe pasar con otras cosas, pero en el caso de la mujer es la cuestión de no aguantar más tu casa, tu pibe, tu vida, depilarte, estar flaca, ser divina, inteligente, producir textos maravillosos, tener éxito y un marido… es demasiado. Si te vas a otra parte no rendís cuentas a nadie, estás fuera de tu círculo, sos libre. Yo me voy a Ushuaia seguido porque tengo amigos ahí. Y siempre existe la mirada del otro, pero te importa menos, si salgo con bigotes a la montaña, te importa un carajo. Pero acá, caminás por Palermo y viene una vestida re copada, otra flaca y vos ya te sentís una mierda otra vez. El momento de la huida es perfecto. Es tirar todo a la mierda. Seguramente a mi personaje, viviendo en Pringles, al final le suceda que le moleste el chusmerío y el profesor que se quiere levantar le parezca un tarado. Se mueve por deseos: un deseo no existe, entonces vamos al otro, que es parecido. En esa mutación del deseo se libera de porquerías. El momento de dejar todo es liberador para cualquier mujer: dejar todo y ser una sola sin ataduras.

¿Qué pensás del vínculo del deseo y la escritura? ¿Cómo te funciona eso?

Sin deseo no hay escritura. Es un trabajo infernal. Si no lo deseás mucho es imposible de hacer. En Argentina nadie escribe por dinero. Quizás, si hubiese dinero en juego, habría menos escritores. La escritura tiene que salir de un lugar muy genuino. Claro que también está atado a la mirada del otro y al reconocimiento. Pero el escritor es quien escribe, quien tiene ese deseo inagotable. Leía hace poco los diarios de Cheever, a quien le pagaban por escribir cuentos y dice: “Estoy quebrado, tengo que escribir un cuento”. Y yo pensaba “estoy quebrada, sigo escribiendo porquerías”.

¿Qué estás leyendo y escribiendo ahora?

Estoy con la corrección de una novela, le estoy poniendo enduido por ahora. Y de lecturas, leo lo nuevo, lo que sale por editoriales independientes. Me gusta mucho el catálogo de Entropía, leí recientemente Dos Sherpas, de Sebastián Martínez Daniell, que me parece una bestialidad de libro. Es excelente. También me gusta lo que saca Fiordo, mezcla ensayos con ficción y tiene buenas traducciones. También compro lo que sale de Lucía Berlín. Estuve leyendo a Ariana Harwicz, a Paula Puebla… Me gusta saber dónde estoy parada hoy, porque una necesita escribir para ahora o para después, no para atrás. Ahora estoy con La Noche, de Al Alvarez.

Hablamos antes de los talleres literarios y de las lecturas de colegas. ¿Cuánto hay de trabajo solitario en la escritura y cuánto de trabajo con otros?

El trabajo solitario es el más importante porque da base a las ideas. Después corregís, lo ponés en común. Por ejemplo, la novela que terminé ahora se la di a Urman y a una amiga. Pero hasta que no tuve el punto final no la mostré. Se necesitan devoluciones, pero el trabajo individual es el más fuerte. Quien tiene que escribir soy yo.

¿Desde dónde empezás a construir a tus personajes?

Casi siempre desde una imagen real. Agarro una persona de la realidad y la hago actuar. Por ejemplo, una ex suegra.

¡Termina siendo hasta terapéutico! Se habla mucho de escritura terapéutica o catártica… ¿Qué pensás de esa idea?

Sea o no un libro terapéutico, el valor literario va por otro lado. Hay que ver el valor literario de algo que puede ser catártico. Es catártico para alguien que escribe, pero no siempre, sino no sería literario.

¿Qué le da valor literario a un texto?

Me gusta cuando el libro me habla y me hace sentir adentro. La última novela que leí y me partió al medio fue Dos Sherpas. Me generó algo increíble, en cuanto a lo estético y también en la trama. Sin embargo esta historia va de dos sherpas en el Himalaya… como persona no me interpela en mi realidad, pero sí en cuanto a la filosofía que transmite. La identificación no necesariamente es con el personaje. A veces reconocés que un libro está bien armado, bien escrito, tiene valor literario, pero te aburre. Cuando el libro te “chupa” es cuando tiene valor literario.

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