Editorial
Autores
Blog!

Contacto
Librerías

 

La felicidad es un lugar común
Mariana Skiadaressis
140 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2018
ISBN: 978-987-1768-47-9

 
 
     
   
     
 

La treintañera recién divorciada que protagoniza esta novela ha quedado despierta después de tener sexo con su escritor favorito, un hombre mucho mayor que ella, una especie de prócer literario que ahora ronca a sus espaldas. Desvelada, encuentra un libro tirado al costado de la cama (no un libro escrito por su amante, sino uno leído por él). Entre sus páginas encuentra la pregunta que funda esta inusual aventura: “¿Podemos imaginarnos a un gran escritor de la literatura universal, un Tolstoi, un Balzac, un Mallarmé, un Dickens poniendo la vista un segundo sobre las páginas de la mejor literatura argentina sin apartar la cara de inmediato abofeteado por un intenso olorexcrementicio?”. En esta notable primera obra de Mariana Skiadaressis, asistimos a una admirable variación sobre los avatares de un mundillo literario en los márgenes del resto del mundo. Puede que alguien se salve. Pero creo que no. En todo caso, la protagonista tendrá su aventura ahí adentro, una aventura muy parecida a una educación sentimental o, más precisamente, a una reeducación sentimental. 

Félix Bruzzone

Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

Salimos de la casa y caminamos hasta la avenida principal, que es un boulevard. El centro son cuatro cuadras iluminadas por unos faroles bastante particulares: un grotesco pie de cemento coronado por un globo de vidrio blanco.

–El alumbrado público de la calle central también es obra de Salamone.

–Con razón son tan raros –no digo que son espantosos para no herir la sensibilidad de mi compañero.

Damos unas vueltas para decidir dónde comer. La gente nos mira con curiosidad, como deben mirar a todos los forasteros. Elegimos el lugar que nos resulta menos feo. Es un restaurante que parece una casa. Serán unas diez mesas para cuatro, con manteles blancos que reflejan la luz de los tubos fluorescentes que iluminan desde el techo. En el fondo hay una barra de madera, cuya base está tapizada en capitoné con cuerina marrón. Hay cuatro bancos altos, dos de los cuales están ocupados por una pareja mayor que comparte un trago de color rojo. Los cuadros que adornan las paredes dan la sensación de no estar terminados, como si les faltaran pinceladas.

Nos sentamos junto a la ventana. Desde adentro puede leerse, aunque al revés, El Melody. Una clave de sol y una corchea bailan cerca del nombre. Se acerca un mozo que nos invita dos copitas diminutas con lemoncello, nos da la bienvenida y nos entrega un menú a cada uno. Yo bebo de un trago y el clon me imita.

–Los cuadros parecen pintados por alguien que tuvo una temporada pictórica interrumpida por la desgracia –Vitto asiente.


–Los hizo el hijo del dueño –susurra y la sonrisita irónica que me encanta se dibuja en su rostro.

Hacemos el pedido y enseguida nos traen el vino y una panera. La comida tarda bastante y casi terminamos la bebida antes de que llegue. Cuando sirven los platos, apuro lo que queda de la botella y le pido al mozo otra igual.

La carne es muy buena, debe ser fresca, ya que Pringles es un pueblo rodeado de campos. Si mi madre fuera comensal de esta mesa diría que fueron a matar a la vaca, por eso tardaron tanto. Vitto disfruta del banquete hasta que de pronto le cambia la cara. Abre los ojos bien grandes y toma con fuerza mi antebrazo:

–Nos persiguen los aparatos de represión estatal.

–Amor, no pasa nada, por qué decís eso –trato de tranquilizarlo.

–¿Ves el señor que está detrás de la barra? Es de los servicios secretos.

–¿Qué te hace pensar eso? Además no creo que hayamos cometido ningún crimen contra el Estado –bebo un trago de mi copa.

–Nos persiguen los aparatos de represión estatal –repite.

Tomo su cara con mis manos y acaricio sus mejillas con los pulgares.

–Vitto, te juro que estamos bien, quedate tranquilo, en serio. Ya pasó de moda el Estado represivo, es de otra época. Ahora hay que tenerles miedo a los poderes financieros.

–Nos persiguen los aparatos de represión estatal.

–Ey, Vitto, hablame de Salamone, ¿cómo sabías que los faroles de la avenida son obra de él también?

–Nos persiguen los aparatos de represión estatal.

Fragmento
     
   

Autora

 

Foto de solapa:
Jessica Waizbrot
 
                     

Mariana Skiadaressis nació en Buenos Aires en 1978. Es escritora y publicó cuentos en antologías de narrativa breve. La felicidad es un lugar común es su primera novela.


   

Reseñas

Paco
(Nicolás Mavrakis)

Entrevistas

Medium
(Nicolás Mavrakis)

 

 

[Paco]

Lo que ellas quieren

Por Nicolás Mavrakis

Es inevitable imaginar una conversación entre la protagonista de Una vida en presente y la protagonista de La felicidad es un lugar común. Pero reunidas en algún punto de Buenos Aires, la ciudad que por momentos describen entre problemas y ansiedades sintonizadas casi al unísono, María Guevara y M.S., dos mujeres perfectamente contemporáneas, no conversarían sobre hombres, como si la escena se escapara de alguna sitcom de los años 90, sino sobre lo que las une con mayor rigurosidad: el trato directo y decidido, anímico pero también carnal, con la flaqueza de los hombres.

El triste rumiar de la “deconstrucción masculina”

Cada una a su manera, a veces “como si la formalidad de escuchar lo linda que soy convirtiera mi indiferencia en algún sentimiento relativo al amor”, como dice la protagonista de Una vida en presente, y a veces con la nostalgia de “uno de esos besos que enamoran e indican el comienzo de algo”, como dice la protagonista de La felicidad es un lugar común, esa conversación —¿en un bar no demasiado moderno y con las imágenes mudas de Christine Lagarde en algún televisor?— sería el anverso drástico del triste rumiar de la “deconstrucción masculina” que se consume en el vacío de las redes sociales. Oídas incluso fragmentariamente, María Guevara y M.S. podrían delimitar así el tono de una época muy distinta a los años 90, en la que las conversaciones sobre el amor, el sexo y los hijos ya no logran encuadrarse tan rápido en un esquema donde cuanto más construido está algo —incluida la masculinidad—, más se presenta como armónico y natural, “por lo que la autenticidad se convierte en el fetiche reaccionario por excelencia y en el Santo Grial de la mala literatura”, como dice Tom McCarthy.

Ni víctimas ni mártires

Discutir si es la flaqueza de los hombres lo que rige la entereza de las mujeres es menos relevante que el hecho de que, por su lado, las protagonistas de Una vida en presente y La felicidad es un lugar comúnsaben lo que quieren y saben cómo lograrlo (y lo que quieren, por supuesto, es vengarse del destrato masculino). Con esta ventaja epistemológica en su favor, María Guevara y M.S. se desprenden rápido de ese lastre casi omnívoro según el cual las voces femeninas, para narrarnos el complicado universo de las relaciones interpersonales adultas, tienen que presentarse con mayor o menor frontalidad como las tristes víctimas del ocaso otoñal de sus propias ensoñaciones infantiles, o —y esto es casi siempre peor— como las palmarias descubridoras del hecho de que los hombres, dispuestos a experimentar un considerable gusto por el sexo inmediato con una mujer, son capaces de decir cosas que no siempre son verdaderas, como por ejemplo, que están enamorados.

En una época donde deseo y goce son términos tan intercambiables como malentendidos en el campo de batalla de la guerra de los sexos, que Paula Puebla y Mariana Skiadaressis hayan optado por construir sus novelas a partir de heroínas en lugar de mártires tiene que agradecerse. A partir de ahí, sus historias se separan para volver a unirse solo al final, bajo una idea semejante pero expresada de dos formas distintas: aunque a veces a M.S. le gustaría “poder acompañarte, sin hablar, estar ahí y verte trabajar”, como le dice al escritor cincuentón y de codos resecos del que se enamora, “cuando uno no está solo, incluso las cosas más simples demoran el doble”, dice María Guevara.

(...)

La guerra de los clones

Para M.S., La felicidad es un lugar común avanza a través de una venganza distinta. Marcelo Kaminsky, un escritor argentino gordo, pecoso, cincuentón y con un talento acotado a los pasillos de la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires, no está dispuesto a convertirse en su novio. “Enseguida te aburrirías y me dejarías por uno más joven”, le dice Kaminsky, “casado con la literatura” aunque M.S. se haya acostado con él y se haya enamorado con la excusa de una monografía (“Marcelo Kaminsky, una estética de la proliferación”). La solución para esta divergencia es simple: hasta que el verdadero Kaminsky comprenda las necesidades afectivas y sexuales de una mujer joven y recién separada “que recupera el tiempo perdido con amigos y trata de mantenerse socialmente activa, disfrutando de la liviandad a la que accedí después del divorcio”, M.S. va a conformarse con un clon.

En términos estrictamente novelescos, el clon es un guiño airano mediante el cual la venganza contra esta indolencia sentimental de Kaminsky avanza en tono humorístico. Pero, ¿por qué no leerlo también como la involuntaria caricatura coyuntural de la “deconstrucción masculina”? Desde ya, el sexismo es como el racismo: todos sentimos el impulso, pero esperamos que en nuestros padres el impulso haya sido más fuerte, y que en nuestros hijos llegue a ser más débil. El cambio es lento y requiere del tiempo de generaciones para asentarse. Y por eso, apurados y falseados por la instantaneidad de la clonación, los duplicados de Kaminsky se reducen a versiones cada vez más simples y brutales del original.

simpleza y masculinidad

Dócil y contento, útil como una almohada perfecta y, sobre todo, predispuesto sin mayores resistencias a cualquiera de los caprichos de M.S. —incluida una mudanza a Pringles, donde intentarán una vida juntos—, el clon de Kaminsky solo se viste con un jogging “y encima coge mejor”, le cuenta M.S. a uno de sus amigos. Esta última mejoría, sin embargo, es tan enérgica como fugaz: si el Kaminsky original tiende a “jadear” y “acabar cuando empiezo a disfrutar”, dice M.S., su clon, en cambio, “embiste con fuerza” y apenas un instante antes del orgasmo “se detiene” y “me da vuelta, me abofetea, luego me agarra la mandíbula fuerte con su mano enorme mientras se masturba y eyacula en mis tetas”. A M.S. le gusta, pero eso no impide que el clon de Kaminsky, a pesar de las promesas, empiece a ensimismarse y perder el entusiasmo.

“No sé qué es el amor para un clon, pero entiendo que él elige quedarse conmigo y ser cariñoso, lo cual me parece reciprocidad suficiente como para sentirme correspondida, incluso aunque nunca pueda formular la frase te amo”, dice M.S. Y aunque tiene algunos intentos torpes de escribir, “la simpleza y la masculinidad” del falso Kaminsky terminan apoltronadas durante la mayor parte del día frente al televisor o en la cama, tomando té y sonriendo “con la mueca de un descerebrado”. M.S. no va a tardar en devolver el clon deconstruido a su fuente ni a descubrir quiénes son los hombres al verdadero alcance de sus expectativas.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------

[Paco]

Lo que ellas quieren

Por Nicolás Mavrakis

¿Qué cosas te inspiran y te dan ganas de escribir?

Es al revés, nunca tengo ganas de escribir, pero resulta una imposición en mi cabeza para la elaboración de ideas y por la necesidad de ser apreciada. Todos necesitamos un cachito de valoración externa para sostenernos. Algunas personas la encuentran en sus trabajos remunerados, otros teniendo hijos, otros –como yo– en la escritura. Me inspiran los pequeños detalles o las pequeñas anécdotas. Puede ser un lugar de la infancia, una situación familiar, una historia contada por otro y hasta un objeto. En esas cosas de pronto encuentro tres o cuatro conexiones que me sirven para tejer un mundo, sea el de un cuento o el de una novela.

¿Tus amigos te leen y comentan lo que escribís?

Sí. Todo lo que escribo lo muestro cuando siento que llegué a una forma aceptable o que ya se vislumbra lo que quiero contar. Siempre les paso mis textos a unos tres amigos que me hacen devoluciones para enriquecer la idea que tengo entre manos. Gracias a ellos logré terminar mi primera novela.

¿Qué es lo que más te gusta de escribir?

Me gusta poder tejer mundos, hacer que las conexiones que yo veo entre las cosas cobren valor. La literatura es una forma de darle sentido a la absurdidad de la existencia, porque estructura sus materiales haciendo parecer que los acontecimientos que narra son reales y cierran. Son solo palabras, pero todas juntitas nos hacen sentir menos solos.

¿Qué es lo que menos te gusta?

Que no se puede vivir de la literatura, al menos en Argentina.

¿Qué estás leyendo ahora?

Terminé recién varias novelas juntas: El hijo judío, de Daniel Guebel, La ilusión de los mamíferos de Julián López y Enero de Sara Gallardo. Tienen en común un clima de soledad y angustia, visto desde la perspectiva de un niño, de un hombre y de una mujer joven. Todas lograron generarme empatía. A su vez, hace mucho que estoy leyendo un libro que tengo que mechar con otros por lo denso, pero que es realmente fascinante: Leñador, de Mike Wilson, editado por Fiordo Editorial. En una pregunta anterior hablaba de que la literatura teje mundos, este libro es una especia de tapiz infinito.