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  Castillos
Santiago Craig

194 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2020
ISBN: 978-987-1768-60-8
   
     
   
     
 

«¿Qué es más siniestro? ¿Descubrir que el compositor de “Ob-La-Di, Ob-La-Da” canta la ominosa “Helter Skelter” o que el compositor de “Helter Skelter” cante la ingenua y previsible “Ob-La-Di, Ob-La-Da”?

En su viaje a la costa uruguaya, Julián y Elvira encuentran pequeñas y esporádicas cosas fuera de lugar: toboganes y hamacas a cinco metros de la ruta, personas que bajan a la playa cuando una tormenta bíblica está a punto de caer... Pero ¿cómo puede saber un turista cuál es la medida de lo extraño cuando visita un lugar que nunca deja de ser familiar? Esos leves desplazamientos parecen ser parte de una marea lenta e irremontable que conduce a los protagonistas de Castillos a un paisaje incierto, donde es posible vislumbrar la sombra creciente de una amenaza.  ¿O acaso no se tiñe así el aire cuando la generosidad se practica en demasía, y la lentitud para resolver burocráticamente un percance de las vacaciones se torna exasperante? Sin embargo, ¿cómo no abandonarse a esas derivas cuando lo frustrante de una vida se compensa por la seguridad que da una rutina? ¿De veras la prudencia da siempre buenos consejos? ¿Cuál canción es la que finalmente suena? 

Dueño de una prosa tan límpida como poética, pródiga en pequeñas epifanías, Santiago Craig ha escrito una novela atrapante, de las que no se dejan así nomás sobre la mesita de luz.»

Luis Sagasti

Contratapa
     
   

6

Julián fumaba a veces. Era un espacio personal, más que un vicio, era una forma de estar solo. Fumaba los cigarrillos de a uno y no los terminaba. Fumaba para que el tiempo pasara distinto. Fumaba en las pausas. Abajo de una fila de árboles lánguidos, al lado de una tranquera, después de almorzar un sándwich y un café a las apuradas en un parador, Julián fumaba. 

Aunque eran las tres de la tarde, el parador estaba lleno de gente. Elvira se había quedado en una mesa al lado de la ventana, aprovechando el wi-fi. Sacaba fotos, mandaba mensajes. Julián estaba ahí afuera con los chicos. ¿A quién se le podía ocurrir poner esos toboganes y trepadores a cinco metros de la ruta? Los uruguayos eran raros. Los chicos jugaban afuera y los padres comían adentro. Era la dinámica habitual, pero a él no lo dejaba tranquilo. A él le costaba salir de esa tensión constante, dejar de masticarse las muelas. Desde hacía siete años, desde que era padre: no podía. Veía nacer el fuego en el cielo siempre, un hongo atómico, el paisaje arrasado, como en esa escena de Terminator. Los cráneos quemados, los nenes muertos en la arena y las hamacas todavía moviéndose. Todo era riesgo en el mundo de los padres: una paloma que le engordaba en el estómago, empollando terror encima de su vejiga. Una paloma que murmuraba “nunca más”, como el cuervo, pero desde adentro, con ese susurro mundano y estúpido de las palomas. Con ese idioma ensimismado. Así era el miedo de Julián. 

Julián abría la boca y dejaba que el humo saliera solo, sin impulso. Además de sus hijos había otros nenes en la plaza. Dos hermanitos rubios que se perseguían tirándose puñados de arena; una preadolescente que se balanceaba lúgubre en una hamaca mirándose las zapatillas dibujadas con marcador, un grupo heterogéneo de chicos con edades entre los cinco y los ocho años desperdigados como monitos de circo en los trepadores. Parecía un cuadro sin terminar, pinceladas sueltas. Julián iba separando los colores de sus hijos de todos los otros. Uno azul y negro, la otra rosa y violeta. Saltaban sus hijos entre los hijos de otra gente desconocida y se iban dibujando líneas: los chicos eran la luz que circulaba entre los pigmentos. Había uno, además, apartado, vestido con el equipo de Nacional, con los botines desatados, que lo miraba desde el borde opuesto de la plaza. Parado y quieto, con una pala verde de plástico en la mano, lo miraba fijo. Entre todos los colores, Julián debía ser, abajo de la sombra, mayormente gris, celeste. El chico era anaranjado. Su pelo, su piel parecían cubiertos por una capa leve de polvo de ladrillo. Julián lo miró un rato y lo saludó. El chico no respondió. No dijo hola ni sacudió la mano, le señaló, con la pala, algo arriba de los árboles. Algo entre las ramas o en el cielo; algo específico. Julián miró, trató de encontrar, buscó riéndose, forzando la complicidad, pero no vio nada. El chico agitaba la pala y, con el cuello y la cabeza, insistía. Julián se acercó porque quiso saber, porque era un chico y él era un adulto, un desconocido que, por deber, por costumbre, tenía que acercarse a un nene que le quería decir algo, que tal vez, podría ser, lo necesitara. El chico siguió callado siempre. Mirando al cielo y nunca a él. Los ojos del chico, Julián los vio claros y brillantes: eran amarillos. Caramelos redondos de limón o de miel. Le preguntó varias veces qué miraba en el cielo, qué trataba de decirle, qué necesitaba. Pero el chico no se movió del silencio. Con los ojos llenos de luz, el cuello tenso, siguió señalando algo que no eran ni ese cielo, ni esas nubes, ni ese sol brumoso; algo que cayó blando y húmedo al suelo: un pájaro muerto. Una paloma. 

Julián se asustó. Asumió, avergonzado, una enfermedad, algo raro y peligroso en el chico y en el pájaro. Tuvo miedo del contagio. Envuelto en ese susto, avergonzado, se apuró a buscar a Sofía y a Camilo, los agarró de la mano, los arrastró protestando. Les gritó. 

Vamos con mamá. 

Vamos a la ruta. 

Les pidió que no fueran caprichosos, que no se quejaran, que le hicieran caso. 

Vamos al auto. 

Vamos al mar. 

Nos vamos. 

Desde afuera, del otro lado del vidrio, le hizo señas a Elvira para que saliera rápido. Elvira lo notó agitado todavía. Le preguntó si estaba todo bien, si le pasaba algo. Julián iba a contarle lo del chico anaranjado de los ojos amarillos, lo de su palita verde señalándole la caída del pájaro muerto, lo del susto que siempre le daban los parques, los nenes sueltos, las autopistas, lo del fuego quemando las hamacas durante el fin del mundo, pero le dijo otra cosa. Porque todo eso no era verdad, ya había pasado, no importaba. Le dijo que, si no se apuraban, los iba a agarrar la noche a mitad de camino. 


 

Fragmento
     
   

Autor

 

Foto de solapa:
Julián Shebar
 
                     

Santiago Craig (Buenos Aires, 1978). Publicó el poemario Los juegos (2012) y los libros de relatos El enemigo (2010), Las tormentas (2017), finalista del Premio hispanoamericano de cuento Gabriel García Márquez, mención en el Premio Nacional de Letras y mención especial en el Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz) y 27 maneras de enamorarse (2018).

 


   

Reseñas

Entrevistas

Télam
(Emilia Racciatti)


[Télam]

"Si uno mira mucho tiempo algo, casi nada se salva de ser raro"

Por Emilia Racciatti

En "Castillos", su primera novela después de varios libros de cuentos, Santiago Craig presenta la historia de una familia ante la construcción de una rutina durante sus vacaciones en la costa uruguaya y que, a partir de lo incierto y lo impredecible, comienza a habitar un peligro que se instala como una nueva forma de relacionarse con sus vecinos y el lugar.

En un momento, el hijo más chico de este matrimonio le pregunta al padre qué son los detalles y éste le responde que "son lo que hace que una cosa sea distinta de otra. O no" y eso es lo que insiste en esta trama: la posibilidad de que esos días en la playa, lejos de la rutina laboral y familiar, se conviertan, a partir de detalles, en un punto de fuga que lo cambie todo.

Julián y Elvira viajan con sus dos hijos a Uruguay, habitan un modo de estar en familia en el que los momentos de soledad del otro son tan fundamentales como los propios, por eso los cuidan y se los marcan a sus hijos y con sus gestos, lecturas y desplazamientos dan forma a una novela que permite indagar en el misterio de los vínculos que nos constituyen.

Craig (Buenos Aires, 1978) es autor del poemario "Los juegos" y de los libros de cuentos "El enemigo", "Las tormentas" y "27 maneras de enamorarse" y en esta incursión en el género novela consolida su capacidad para construir universos ficcionales en los que los detalles crecen con la fuerza de lo irremediable para modificar la percepción de sus protagonistas.

A pocos días de la publicación del libro editado por Entropía, el escritor habló con Télam sobre la elaboración de la novela y los ejes temáticos que la conforman: "Me interesa mucho escribir acerca de eso que no termino de entender del todo. Lo que es a pesar de mi entendimiento, lo que está ahí, veo, quisiera decir, nombrar y no puedo. Darle vueltas a eso".

-Télam: ¿Cómo se gestó esta historia? Es tu primera novela ¿Cómo fue la decisión de salir del género cuento en el que venías trabajando?
-Santiago Craig: Las primeras ideas y apuntes para lo que iba a terminar siendo "Castillos" las anoté en la playa. Hay cosas que nos pasaron en unas vacaciones, hay otras que no. Anoté de las dos: lo que era, lo que podría haber sido. Y con esas notas fui empezando lo que creía que era un cuento. El cuento se hizo largo, se demoró en preguntas que se abrían y asumí que estaba escribiendo una novela. La idea inicial y "Castillos" tienen poco que ver. La novela está más armada con las cosas que no había anotado que con las que sí. Pasar del cuento a la novela fue algo que se dio así. A mí me gusta escribir cuentos, ahora también novelas. Yo escribo más bien lo que me sale y lo que me gusta. No siento que sea ni mejor, ni peor, ni más simple, ni más complejo escribir una novela. Lleva más tiempo y hay que tener la paciencia, el interés, las ganas de estar más ahí, en eso que vas contando. Pero el mecanismo con el que escribo los cuentos y las novelas es muy parecido.

-T: La novela se divide en dos partes y en la primera, en la que comienza el viaje, hay una tensión entre cómo vivir en familia y estar solo. Pienso en el abuelo de Julián y sus caminatas, sus padres estando al sol o Elvira con su insomnio. Tanto Elvira como Julián cuidan esos momentos de soledad del otro y se lo marcan a sus hijos ¿Cómo se fue armando esa familia?
-S.C.: Sí, yo no creo que haya una forma de explicar ni cómo ni por qué la gente se ensambla, se relaciona, se mezcla, se une, se quiere o se detesta. Las relaciones entre las personas, en este caso dentro de una familia, me parecen algo muy brumoso, muy difícil de agarrar. Y a mí me interesa mucho escribir acerca de eso que no termino de entender del todo. Lo que es a pesar de mi entendimiento, lo que está ahí, veo, quisiera decir, nombrar y no puedo. Darle vueltas a eso.

Esta familia se formó con las distintas ideas incompletas que tengo acerca de lo que puede ser un hijo, una hija, una esposa, un padre. Pero más que nada, pensando en el hecho de que, una vez que esa unidad se da, hay un momento, a lo mejor, un rato, en el que esa unidad se coagula y es algo: esa gente que se juntó y se sentó a desayunar en una casa se vuelve, de repente, una cosa necesaria.

-T: "Castillos" retoma algo que está en tus cuentos también y es lo siniestro como aquello que puede construirse en lo cotidiano, pero en este caso además está la rutina desarmada y lo que eso puede disparar...
-S.C.: Yo veo lo siniestro, si se quiere, en todos lados. Lo extraño, digamos. Si uno mira mucho tiempo algo, casi nada se salva de ser raro. Y la rutina desarmada ayuda a ese gesto de poder mirarnos un rato largo los pies en la arena, ver que la arena tiene una determinada textura, que los pies tienen una forma arbitraria y particular, que estamos quietos, pero podemos, si queremos movernos, zambullirnos en el mar, levantar una piedra y partirnos la cabeza. Vuelvo bastante a las vacaciones como contexto, porque ayudan a que lo cotidiano pase más naturalmente a estar entre paréntesis. En esta novela es probable que lo que pudiera parecer más raro, sea lo que, al momento de escribirla, se me presentó como lo más natural.

-T: ¿Qué lecturas te acompañaron durante la escritura de la novela?
-S.C.: Estuve un año escribiendo la novela, tal vez un poco más. No recuerdo mucho qué leí. Sí, leí esas conversaciones entre Hitchock y Truffaut que aparecen en la novela, también leí a Karl Ove Knausgard, creo que, mientras escribía "Castillos" empecé a leer "Mi lucha" y me gustó muchísimo. También poesía, seguro, porque siempre leo poesía.

-T: La diferencia de clases atraviesa la historia: están en los veraneantes hasta en lo que se dice sobre "Castillos" y sus habitantes. De alguna manera esas diferencias están también en las formas de habitar ese lugar: desde las costumbres, el Carnaval, los trabajos...
-S.C.: Sí, no pensé tanto en una cuestión de clases sociales, sino más bien en modos de estar en el mismo espacio, de percibirlo, de pensarlo. Quiero decir: no pensé en nada de esto cuando escribía la novela. Los personajes eran lo que eran, no meditaba acerca de su condición que, sí, en algunos casos se acerca más al estereotipo, como los vecinos de las cabañas próximas o los policías. Las costumbres y los trabajos, en cambio, a lo mejor sí, fueron elecciones más conscientes. Pensaba en ritos, sobre todo, rituales más chicos: estirar una lona en la arena, clavar una sombrilla, abrir una novela liviana y otros más grandes: salir a cazar con escopetas, disfrazarse y emborracharse para el Carnaval.

-T: ¿En qué proyecto de ficción estás trabajando en este momento? Después de la novela, te dieron ganas de seguir con ese género o de volver al cuento?
-S.C.: La novela la terminé hace ya un año y medio o dos. Escribí, en este tiempo, dos libros de cuentos. Uno ganó el segundo premio del Fondo Nacional de las Artes y ahí está. El otro solo ahí está. Además, desde hace unos tres años o poco más, estoy escribiendo una novela más larga, tiene, por ahora, unas 400 páginas. La cuarentena me apartó un poco de ese texto y empecé otro que, por lo que creo, puede derivar en una novela corta. O en nada, claro. Lo cual tampoco estaría mal.

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