Editorial
Autores
Blog!

Contacto
Librerías

  Doscientos canguros
Diego Muzzio
232 páginas; 20x13 cm.
Entropía, 2019
ISBN: 978-987-1768-53-0
 
+ Diego Muzzio en Entropía
     
   
     
 

Este libro de Diego Muzzio está colmado de tramas memorables, de ensamblajes semánticos que revelan una imaginación pródiga, ya sea que relaten la invasión de cientos de conejos a un aeropuerto, la agonía delirante de una vieja actriz porno o la partida de ajedrez entre un adolescente obeso y Bobby Fischer en un bar de la avenida Corrientes. Si sus obras anteriores se asentaban sobre tradiciones y géneros más identificables, Doscientos canguros encuentra al autor de Mockba y Las esferas invisibles lanzado al hallazgo de las grietas que quiebran el fluir cotidiano de forma impredecible y fatal.

No es casual que en cada historia intervenga, algunas veces de manera oblicua y otras de forma directa, la figura real o imaginaria de un animal: ballenas, leones, caballos, tortugas, escorpiones... Y es que cada uno de estos siete cuentos apunta a algo que está más allá del lenguaje, a un núcleo oscuro, a una ansiedad que no puede ser nombrada pero funciona como motor narrativo y vital: la inminencia de la muerte, la ternura, la desesperación, la resistencia.

Contratapa

 

 

 

 

 

 

 

 

     
   

(De "Los discípulos de Buda")

I

Ayer, en Islandia, murió Robert James Fischer. Tenía sesenta y cuatro años. El deceso, según informaron los médicos, fue causado por una insuficiencia renal. Padecía también de demencia senil. Imaginé al viejo Bobby tendido en la cama, en una pulcra habitación islandesa, y afuera los techos y campanarios nevados de Reikiavik, y a lo lejos el mar helado y gris. Me pregunté si Víctor estaría enterado. Pensé que tal vez debía llamar a la doctora Zambrano, sólo para asegurarme de que todo iba bien.

Apagué la radio, tomé dos tazas de café y, a pesar de que aún era temprano, agarré el teléfono con la intención de llamar a la clínica; sin embargo, un segundo antes de que pudiera marcar el número, el aparato que sostenía en la mano emitió un agudo chillido, como un pequeño animal desperezándose, un animal en apariencia inofensivo.

–¿Te enteraste de la noticia? –preguntó Víctor, sin saludar.

Asentí. Hubo un momento de silencio. Durante un instante pude ver a mi hermano sentado en el borde de la cama, el tubo del teléfono pegado a la oreja izquierda, el cráneo calvo sembrado de gotas de sudor, su torso desnudo y blanco, los rollos de grasa cayendo sobre sus piernas.

Víctor se rio entre dientes.

–¿Sabés por qué se murió? –inquirió.

–Estaba enfermo...

–Eso es lo que quieren hacerles creer a los imbéciles como vos. ¿Querés saber de verdad por qué murió?

–No, pero me imagino que me lo vas a decir igual –susurré.

–Lo maté yo. Estaba acorralado: en cinco movimientos era jaque mate.

 

Cualquiera que viva o haya vivido en Buenos Aires sabe que enero es un mes maldito, y que lo mejor que puede hacer uno es huir de la ciudad o encerrarse en algún lugar con un aire acondicionado funcionando al máximo y un freezer que fabrique ingentes cantidades de hielo. Mi profesión –soy profesor de Historia, divorciado dos veces, sin hijos– no me permitía ni vacaciones a orillas del mar, ni aire acondicionado: no me quedaba otro remedio que conformarme con los cubitos de hielo y esperar a que el verano de ese año en particular nos diera algunos instantes de respiro.

Cuando salí a la calle, a las diez de la mañana, hacía un calor pegajoso, infame. El día perfecto para manejar setenta kilómetros en un viejo Renault 12 hecho una ruina, pasar la tarde en una clínica para dementes, y volver a la ciudad antes de la caída de la noche, otros setenta kilómetros, porque los faros del coche no funcionaban. El auto estaba estacionado lejos de la sombra que ofrecían los pocos árboles de la cuadra, bajo el rayo del sol, y antes de sentarme al volante y arrancar tuve que abrir puertas y ventanas, y esperar a que saliera el calor acumulado.

Manejé hacia el norte y salí a la Panamericana.

Estaba claro que la muerte de Fischer y la recaída de Víctor no eran una coincidencia. Pero debía haber algo más. De haber estado vivo, no habría dudado un segundo en sospechar de mi padre. De nuestro padre.

Víctor y su vampiro.

Víctor y su verdugo.

Pero mi padre estaba muerto, de manera que aquella reincidencia de Víctor en el ajedrez, acompañada de la crisis, debía responder a otro motivo.

Fragmento
     
   

Autor

 

   
                     

Diego Muzzio (Buenos Aires, 1969). Ha publicado, entre otros, los siguiente títulos: Mockba (cuentos); Las esferas invisibles (nouvelles); El hueso del ojo, Sheol Sheol, Gabatha, Hieronymus Bosch, Tratado sobre la ejecución de los animales, El sistema defensivo de los muertos (poesía); La asombrosa sombra del pez limón, Un tren hacia Ya casi es Navidad, Galería universal de malhechores, El faro del capitán Blum y La guerra de los chefs (cuentos infantiles)..

   

Reseñas

 

 

Entrevistas