Mamá se quedó en Bali. Murió allá. O durante el viaje de vuelta en el avión, no lo sé. Insistí con que se colocara el cinturón de seguridad, le expliqué que estábamos por despegar, que si bien la azafata había hecho una excepción y nos había permitido amablemente que ella realizara el trayecto en bikini, lo de atarse el cinturón era obligatorio, que en cualquier momento iba a venir a retarnos.
Pero no.
No se lo puso.
Y entonces mentí que me enojaba: le grité que no fuera testaruda, que no hiciera las cosas más difíciles. Aunque no creo que me haya escuchado. Sospecho que a esa altura no dormía debido al cansancio que le había producido el largo día de playa, que ya estaba muerta.
Me percaté de ello cuando estábamos aterrizando.
Y para serte del todo sincera, hermano, recién me di cuenta de que estaba muerta cuando se cayó de la silla.
La enterramos mañana a la tarde.
A las cinco.
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No es para que me trates así, Miguel Ángel. Ni estoy loca como mamá ni soy una tonta. Te avisé de la muerte en cuanto tuve algo de tiempo. Debí hacer un montón de trámites urgentes. No tenés idea de la cantidad de papeles que una tiene que firmar cuando se muere alguien: dejar constancia en la obra social, contratar una cochería, resolver dónde se hará el velatorio, encontrar un sitio libre en el cementerio, más alguna otra cosa que ahora mismo se me escapa. Y aunque te duela, lo cierto es que tampoco ibas a venir al entierro si te escribía el correo un par de horas antes. Veinte años atrás, un buen día, decidiste que este país era una mierda, que no tenía arreglo y te fuiste a vivir a Barcelona.
¿Cuánto hace que no venís?
Y si no viniste a visitarla cuando todavía vivía, ¿para qué vendrías cuando ya está muerta? Por favor, querido, no le agregues lágrimas a mi llanto.
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En medio del kilo de insultos que enviaste en tu último correo, me da la impresión de que aparece entre líneas, algo escondido, cierto interés en saber cómo estaba mamá, cómo sobrellevó todos esos años en los que jamás se te pasó por la cabeza venir a visitarnos: reconocé al menos que con esas ganas impostergables de conocer Europa que tenías, siempre preferiste irte de vacaciones a cualquier otro lado.
Ahora lo que me va a sobrar es tiempo.
Así que.
A partir de mañana voy a contarte con lujo de detalles aquello que me pedís de una manera tan tímida. Hoy no. Anoche casi no dormí y hace apenas un rato volví caminando del cementerio, alquilar un coche largo y negro con chofer para la vuelta me salía demasiado caro.
Muy triste todo.
Pocos en el velorio y nadie en el entierro. La despedí yo sola, rodeada de los señores de la cochería que sin entusiasmo cargaban el cajón.
Tristísimo.
Estoy muy cansada. Espero que no te arrepientas del velado pedido que me hiciste.
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